Posts by ‘Marianela Garcet’

LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS cap- VI

LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- VI
Creo que cuando alguien muere su alma regresa a la tierra, engalanada con algún nuevo disfraz  humano;otra madre le trae al mundo.
Con miembros más robustos y un cerebro más brillante  la vieja alma emprende de nuevo su camino.
 JOHN MASEFIELD

Una semana más tarde Pedro acudió a mi consulta por segunda vez. El dolor seguía ator­mentándole. La tristeza le impedía disfrutar de los placeres más simples y no le dejaba dormir. Me empezó a contar un extraño sueño que se le había repetido dos veces en la .última semana.
-Mientras soñaba, de repente se me apareció  una mujer mayor -me explicó.
-¿ La reconociste? -le pregunté.
-No -contestó rápidamente-. Tenía entre sesenta y setenta años. Llevaba un traje blanco precioso, pero no parecía feliz. En su cara se re­flejaba la angustia. Se acercó a mí y empezó a re­petir lo mismo una y otra vez.
-¿Qué te decía?
-«Dale la mano… dale la mano. Ya verás. Al­cánzala. Dale la mano.» Esto es lo que decía- me explicó Pedro.
-¿Que le dieras la mano a quién?
-No lo sé. Solamente decía: «Dale la mano.» -¿ Pasaba algo más en tu sueño?
-No. Pero recuerdo que llevaba una pluma blanca en la mano.
-¿Qué significa? -le pregunté.
-Tú eres el médico -me recordó.
Sí, pensé. Yo soy el médico. Sabía que los símbolos pueden representar casi cualquier cosa, dependiendo de las experiencias de la persona que sueña, de los arquetipos universales descri­tos por Carl Jung o de los famosos símbolos de Sigmund Freud. Sin embargo, este sueño no me parecía freudiano.
Debido a su comentario («Tú eres el médi­co») y a su implícita necesidad de respuesta con­testé con sinceridad:
-No estoy seguro. Podría significar muchas cosas distintas. La pluma blanca puede simboli­zar la paz, un estado espiritual y bastantes otras cosas. Tendremos que analizar el sueño -añadí, postergando la interpretación para el futuro.
-Volví a soñar lo mismo ayer por la noche- dijo Pedro.
-¿ y salía la misma mujer?
-La misma mujer, las mismas palabras y la misma pluma -me aclaró-. «Dale la mano… dale la mano. Alcánzala. Dale la mano.»
-Tal vez obtengamos una respuesta con las regresiones -le sugerí-. ¿ Estás preparado?
Pedro asintió y pusimos manos a la obra. Yo ya sabía que él era capaz de alcanzar un profun­do estado hipnótico, porque había examinado sus ojos previamente.
La capacidad de poner en blanco los ojos al mirar hacia arriba, como intentando verse la co­ronilla, y parpadear lentamente mientras los ojos siguen mirando hacia arriba está muy relaciona­da con la capacidad de llegar a un estado hipnóti­co profundo. Calculo la cantidad de blanco del ojo o esclerótica que asoma cuando la córnea lle­ga a su punto más alto. También examino cuánta parte blanca se ve a medida que los párpados se van cerrando. Cuanto más visible es la escleróti­ca, más profundo es el estado hipnótico al que la persona puede llegar.
Al examinar los ojos de Pedro advertí que lo único que podía verse era una pequeñísima parte del contorno inferior del iris, la parte coloreada del ojo. Mientras parpadeaba, el iris no cambiaba de posición. Pedro era capaz de alcanzar un pro­. fundo estado de trance.
Me sorprendí un poco al comprobar que le costaba relajarse. Como la prueba de la escleróti­ca era muy fiable para medir la capacidad física de relajarse intensamente y de llegar a estados hipnóticos profundos, me di cuenta de que su mente estaba interfiriendo en el proceso. Algu­nos pacientes que están acostumbrados a con­trolado todo, al principio se muestran reticentes a abandonarse.
-Simplemente relájate -le aconsejé-. No importa lo que te venga a la mente. No te preo­cupes si hoy no tienes ninguna experiencia. Es cuestión de práctica -añadí tratando de elimi­nar la tensión que sentía. Yo sabía que estaba de­sesperado por encontrar a su hermano.
Mientras yo hablaba, Pedro se iba apaciguan­do hasta que empezó a entrar en un estado de trance cada vez más profundo. Su respiración se calmó y se le aflojaron los músculos. Parecía que se hundía cada vez más en el sillón abatible. Sus ojos, bajo los párpados cerrados, empezaron a visualizar imágenes. Poco a poco, lo fui llevando hacia atrás en el tiempo.
-Para empezar, recuerda la última vez que comiste realmente bien. Utiliza todos tus senti­dos. Recuérdalo todo: quién estaba contigo, qué sentías -le indiqué.
Lo consiguió pero recordaba varias comidas en lugar de sólo una. Todavía estaba tratando de mantener el control.
-Intenta relajarte más -insistí-. La hipno­sis sólo es un estado de profunda concentración. No perderás el control. Siempre mandarás en la situación. Todas las hipnosis son autohipnosis- añadí.
Su respiración era cada vez más profunda. -No vas a perder el control-le repetí-. Si en algún momento te sientes inquieto mientras tienes un recuerdo o una experiencia, trata de flotar por encima de la escena y de distanciar­te de ella, como si vieras una película. También puedes abandonar por completo el recuerdo y trasladarte a cualquier otro sitio. Imagina una playa, tu casa u otro lugar en el que te sientas se­guro. Si estás muy intranquilo, incluso puedes abrir los ojos y despertarte, y habrás regresado aquí otra vez, si así lo deseas.
»Esto no es Star Trek -añadí-. No tienes que seguir ningún rumbo predeterminado. Se trata sólo de evocaciones, de simples recuerdos, es como si recordaras una buena comida. Tú mandas en la situación -le repetí.
_Finalmente se dejó llevar. Volvió a su infancia y en su rostro se dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
-Veo perros y caballos en la granja-dijo. Su familia tenía una hacienda no muy lejos de la ciudad a la que iban durante las vacaciones y los fines de semana.
Veía a toda su familia reunida. Su hermano es­taba vivo, rebosante de alegría y de vitalidad. Permanecí en silencio durante unos segundos y dejé que Pedro disfrutara de sus recuerdos de la niñez.
-¿ Estás preparado para retroceder todavía más? -le pregunté.
-Sí.
-Perfecto. Vamos a ver si puedes recordar algún acontecimiento de una vida pasada -dije.
Empecé la cuenta atrás de cinco a uno, y Pe­dro se visualizó atravesando la inmensa puerta del pasado, para entrar en otro espacio, en otro tiempo, en una vida anterior.
Nada más llegar al número uno advertí que parpadeaba con inquietud.
De repente, se asustó. Empezó a sollozar.
-Es horrible… espantoso! -dijo jadean­do-. Los han matado… están todos muertos.
Había restos de cadáveres esparcidos por to­das partes. Un incendio había destrozado todo el pueblo, con sus extrañas tiendas de campaña cir­culares. Sólo una de ellas estaba intacta, y se le­vantaba de un modo incongruente en la periferia de aquella matanza y destrucción. En aquel día soleado de invierno, el viento agitaba violenta­mente las banderas de colores y unas grandes plumas blancas hincadas en las tiendas.
Mataron a los caballos, las vacas y los bueyes. Al parecer, nadie había sobrevivido a aquella ma­sacre. Los «cobardes» del este eran los responsa­bles de la tragedia.
-Ni murallas ni jefes militares los protege­rán de mí -juró Pedro.
Ya llegaría la hora de la venganza, pero en ese momento se sentía desesperado, aturdido, deso­lado. .
Con los años he aprendido que la gente, en su primera regresión, suele evocar los aconteci­mientos más traumáticos de una vida anterior. Esto sucede porque las emociones ligadas al trauma quedan registradas en su psique con tan­ta fuerza que el alma las arrastra a futuras encarnaciones.
Yo quería saber más. ¿Qué había ocurrido an­tes de aquella horrible experiencia? ¿ Y qué ocu­rrió después?
-Intenta retroceder todavía más en esta vida -insistí-. Regresa a tiempos más felices. ¿ Re­cuerdas algo?
-Hay muchas viviendas… tiendas. Somos un pueblo poderoso -contestó-. Me siento feliz aquí.
Pedro describió un pueblo nómada de caza­dores y ganaderos. Sus padres eran los jefes y él era un corpulento y experto cazador y jinete.
-Los caballos son muy veloces. Son peque­ños y tienen grandes colas -dijo.
Estaba casado con la mujer más bella de su pueblo. Con ella había jugado .de pequeño y siempre la había deseado, desde que tuvo uso de razón. Podía haberse casado con la hija del jefe vecino, pero prefirió casarse por amor.
-¿Cuál es el nombre de esa región? -le pre­gunté.
-Creo que se llama Mongolia –contestó dubitativo.
Yo sabía que Mongolia probablemente se lla­maba de otro modo en los tiempos en que Pedro vivió allí. Además, hablaban una lengua muy di­ferente. Entonces, ¿ cómo era posible que Pedro conociera el nombre de Mongolia en aquel tiem­po? Como estaba recordando, su mente actual filtraba sus recuerdos.

El proceso es parecido al hecho de ver una película. La mente actual es absolutamente cons­ciente, observa y hace comentarios, compara a los personajes y temas de la película con los de su vida. El paciente es el espectador de la película, su crítico y su protagonista al mismo tiempo.
Puede emplear sus conocimientos de historial y geografía actuales para datar y localizar los luga­res y acontecimientos, y puede permanecer en un estado hipnótico profundo a lo largo de toda la película.
Pedro recordaba perfectamente la Mongolia que existió hace muchos siglos. Sin embargo, ha­blaba inglés y respondía a mis preguntas a medi­da que iba recordando.
-¿ Sabes cómo te llamas?
-No, no me acuerdo -dijo de nuevo titu­beante.
No recordó mucho más. Tenía un hijo, y su nacimiento fue una gran alegría no sólo para él y su mujer, sino también para sus padres y el resto de su pueblo. Los padres de su mujer habían muerto varios años antes de que se casaran, por lo que ella no sólo era una esposa para él sino también una hija para sus suegros.

Pedro estaba exhausto. No quería volver al pueblo devastado para enfrentarse una vez más a lo que quedaba de aquella vida hecha pedazos. Así que le desperté.
Cuando el recuerdo de una vida anterior es traumático y rebosa de emociones, puede ser muy útil regresar por segunda vez a aquel mo­mento, e incluso una tercera vez. En cada uno de los retornos la emoción negativa se va suavizan­do y el paciente recuerda con más precisión.
Puede emplear sus conocimientos de historia’ y geografía actuales para datar y localizar los luga­res y acontecimientos, y puede permanecer en un estado hipnótico profundo a lo largo de toda la película.
Pedro recordaba perfectamente la Mongolia que existió hace muchos siglos. Sin embargo, ha­blaba inglés y respondía a mis preguntas a medi­da que iba recordando.
-¿ Sabes cómo te llamas?
-No, no me acuerdo -dijo de nuevo titu­beante.

No recordó mucho más. Tenía un hijo, y su nacimiento fue una gran alegría no sólo para él y su mujer, sino también para sus padres y el resto de su pueblo. Los padres de su mujer habían muerto varios años antes de que se casaran, por lo que ella no sólo era una esposa para él sino también una hija para sus suegros.
Pedro estaba exhausto. No quería volver al pueblo devastado para enfrentarse una vez más a lo que quedaba de aquella vida hecha pedazos. Así que le desperté. .
Cuando el recuerdo de una vida anterior es traumático y rebosa de emociones, puede ser muy útil regresar por segunda vez a aquel mo­mento, e incluso una tercera vez. En cada uno de los retornos la emoción negativa se va suavizan­do y el paciente recuerda con más precisión.

También aprende más, ya que los bloqueos emo­cionales y las confusiones disminuyen. Yo sabía que Pedro tenía más cosas que aprender de aque­lla vida pasada.
Él pensaba quedarse aún dos o tres meses más para resolver sus asuntos personales de negocios en Miami.

Todavía teníamos mucho tiempo para investigar meticulosamente aquella vida que pa­só en Mongolia. También disponíamos de tiem­po para explorar otras vidas. Aún no habíamos encontrado a su hermano. Pero sí que había des­cubierto una serie de devastadoras pérdidas: su amada esposa, su hijo, sus padres y toda su co­munidad.

¿ Le estaba ayudando o lo apesadumbraba ca­da vez más? Sólo el tiempo podría decido.
En uno de mis seminarios una participante me explicó una historia maravillosa.
Desde que era pequeña, si dejaba su mano colgando a un lado de la cama, otra mano cogía la suya y le calmaba afectuosamente la angustia por muy intensa que fuera. A menudo, cuando sin darse cuenta suspendía la mano a un lado de la cama y se sorprendía al percibir que otra mano asía la suya, la retiraba de un modo reflejo y de esta forma se rompía la unión.

Siempre sabía cuándo alargar la mano para sentirse reconfortada. Evidentemente, no había nadie debajo de su cama.
Iba creciendo, y la mano permanecía a su la­do. Se casó, pero nunca le contó esta experiencia a su marido, porque pensaba que la consideraría muy infantil.

Cuando se quedó embarazada por primera vez, la mano desapareció. Echaba mucho de me­nos aquella compañía tan afectuosa y leal. Ya no tenía una mano que cogiera la suya de un modo tan tierno y reconfortante.

Nació su bebé, una hermosa niña. Poco des­pués de su nacimiento, una noche que estaban juntas en la cama, la niña cogió la mano de su madre. De repente, su mente y su cuerpo reco­nocieron aquel sentimiento tan familiar y pro­fundo. Su protector había vuelto.
Lloró de alegría y sintió una oleada de amor y una conexión que ella sabía que iba mucho más allá del ámbito físico.

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS cap- V-

LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS

 Y su dolor no remitía. Finalmente dio a luz a otro niño, y fue grande la alegría del padre, que exclamaba: «¡Un varón!»

Aquel día sólo él sintió ese júbilo.

La madre, postrada y abatida, estaba pálida y exánime… Lanzó de repente un grito de angustia, pensando en el ausente, no en el recién nacido…

«¡ Yace mi niño en la tumba y no estoy a su lado!»

Oye de nuevo la amada voz del difunto en boca del bebé que ahora tiene en sus brazos:

«Soy yo, ¡pero no lo digas!», susurra mirándola a los ojos.

VICTOR HUGO

Pedro era un joven mexicano extraordinaria­mente guapo, mucho más agradable de lo que me pareció en un primer momento. Tenía el ca­bello castaño y unos hermosos ojos azules que adquirían un tono verdoso según el día. Su en­canto y su facilidad de palabra ocultaban el dolor que sentía por la muerte de su hermano, que ha­bía perdido la vida diez meses antes en un trági­co accidente de coche en la ciudad de México.

Muchas de las personas que acuden a mi con­sulta sienten una profunda aflicción y necesitan entender el porqué de la muerte. En algunos ca­sos también vienen a visitarse porque desean volver a encontrarse con sus seres amados que han fallecido. Este encuentro puede tener lugar en una vida anterior y puede producirse durante el estado espiritual que hay entre una vida y otra. La reunión también puede celebrarse en un con­texto místico, más allá de los confines del cuerpo y la geografía físicos.

Tanto si los encuentros espirituales son reales como si no, el paciente experimenta intensamen­te el gran poder que poseen, y su vida cambia.

La precisión y el detalle con que se recuerdan las vidas pasadas no es un logro ‘voluntario. El paciente que evoca las imágenes no lo hace sim­plemente porque necesite hacerla o porque gra­cias a ellas vaya a sentirse mejor. Lo que recuerda es lo que ha ocurrido.

La precisión de los datos, la intensidad de las emociones que afloran, la resolución de los sín­tomas clínicos y el poder de transformar la vida que tienen los recuerdos, determinan la realidad. de lo que se recuerda.

Lo que más me llamó la atención del caso de Pedro fueron los diez meses que habían transcu­rrido desde la muerte de su hermano. En ese tiempo, normalmente una persona puede sobre­ponerse de un duro golpe. Aquella larga época de aflicción indicaba que en su caso había una desesperación subyacente más profunda.

Su tristeza no sólo se debía a la muerte de su hermano. En las sesiones posteriores averigüé que Pedro había perdido a seres queridos en mu­chas otras vidas pasadas y que era especialmente sensible a la pérdida de un ser amado. La repen­tina muerte de su hermano despertó en los reco­vecos más remotos de su inconsciente el recuer­do de otras pérdidas todavía más dolorosas y más trágicas que se habían producido milenios atrás.

Según algunas teorías psiquiátricas, cada vez que experimentamos una pérdida, se avivan sen­timientos reprimidos u olvidados y recuerdos de muertes pasadas. Nuestra aflicción es mayor de­bido al dolor acumulado de pérdidas anteriores.

En mis investigaciones sobre vidas pasadas fui descubriendo que hay que ampliar el escena­rio de estas pérdidas. No basta con regresar a nuestra infancia. Debemos incluir las pérdidas sufridas en tiempos más remotos, en vidas ante­riores. Algunas de nuestras pérdidas más trágicas y de nuestras mayores desgracias se produjeron con anterioridad a nuestro nacimiento.

Antes de seguir adelante tenía que reunir más datos sobre la historia de Pedro. Era necesario que conociera los hechos más importantes de su vida para encarar las futuras sesiones.

-Háblame de ti -le pedí-, de tu infancia, tu familia y todo lo que creas importante. Cuén­tame todo lo que creas que debo saber de ti.

Pedro suspiró profundamente y se arrellanó en el mullido sillón. Se aflojó el nudo de la cor­bata y se desabrochó el botón del cuello de la ca­misa. A juzgar por su lenguaje corporal, aquello no le iba a resultar fácil.

Provenía de una familia adinerada y política­mente influyente. Su padre era el propietario de una gran empresa y de varias fábricas. Vivían en una fastuosa casa de una zona residencial en las colinas de las afueras de la ciudad.

Pedro se había educado en los mejores colegios privados. Estudió inglés desde pequeño, y después de vivir en Miami varios años, lo habla­ba a la perfección. Era el menor de tres herma­nos. Se mostraba muy protector con su hermana a pesar de que ella le llevaba cuatro años. Su her­mano era dos años mayor que él y estaban muy unidos.

Su padre trabajaba mucho y normalmente no llegaba a casa hasta entrada la noche. Su madre, las niñeras y las criadas se ocupaban de la casa y del cuidado de los niños.

Pedro estudió empresariales en la universi­dad. Tuvo varias novias, pero no formalizó rela­ciones con ninguna de ellas. .

-Creo que a mi madre nunca le gustaron de­masiado las chicas que salían conmigo -me con­tó-. Siempre veía en ellas un defecto u otro y no cesaba de recordármelo.

En aquel momento Pedro empezó a mirar a su alrededor con un aire de incomodidad.

-¿ Qué te ocurre? -le pregunté.

Tragó saliva varias veces antes de empezar a  hablar.

-Durante el último año en la universidad tu­ve relaciones con una mujer mayor… -me dijo despacio-. Era mayor que yo… y estaba casada.

Pedro se calló.

-Está bien -respondí al cabo de unos mo­mentos, más que nada para llenar el silencio. Percibía su tensión y, a pesar de tantos años  de experiencia, aquel sentimiento seguía resul­tándome desagradable.

-¿ Lo sabía su marido? -le pregunté.

-No -contestó-, no sabía nada.

-Podría haber sido peor -señalé, diciendo una obviedad para intentar reconfortarle.

-Pero todavía no he acabado -añadió en un tono que presagiaba algo terrible.

Yo asentí con la cabeza para darle pie a que continuara.

-La dejé embarazada… y ella abortó. Mis pa­dres no saben nada de todo esto -dijo bajando la vista.

Años después, todavía se sentía culpable y avergonzado.

-Entiendo -dije-. ¿Me dejas que te expli­que lo que he aprendido sobre el aborto? .

Asintió con la cabeza. Él sabía que yo era es­pecialista en el campo de la hipnosis y de las vi­das pasadas.

-Una interrupción del embarazo o un abor­to natural suele estar relacionado con el pacto que se establece entre la madre y el alma que va a entrar en el bebé.  El cuerpo del bebé carecía de la salud suficiente para llevar a cabo su tarea en la vida que le esperaba -continué-, o aquel no era el momento oportuno para sus objetivos, o la situación externa había cambiado, en este caso debido a la desaparición del padre en el momen­to en que los planes del bebé o de la madre nece­sitaban la figura paterna. ¿ Comprendes?

-Sí -asintió, pero no parecía muy conven­cido.

Yo sabía que su estricta educación católica acentuaba su sentimiento de culpabilidad y su vergüenza. A veces nuestras creencias fijas son un obstáculo para la adquisición de nuevos conocimientos.

Volví a lo fundamental.

-Te hablaré sólo de mi propia experiencia como investigador y terapeuta -le expliqué-, y no de lo que he leído o de lo que otros me han contado. Se trata de la información que me transmiten mis pacientes cuando están profun­damente hipnotizados. A veces las palabras son suyas, y en otros casos por lo visto provienen de una fuente superior.

Pedro asintió de nuevo sin decir palabra. -Mis pacientes explican que el alma no entra en el cuerpo enseguida. Aproximadamente du­rante la concepción, el alma reserva el cuerpo. Entonces, ninguna otra alma puede disponer de ese cuerpo. El alma que ha reservado el cuerpo de un determinado bebé puede entrar y salir de él cuando lo desee. N o está confinada. Es algo parecido a estar en coma -añadí.

Pedro movía la cabeza en señal de haber en­tendido mis palabras. Seguía sin hablar, pero me escuchaba atentamente.

-Durante el embarazo, el alma se va uniendo gradualmente al cuerpo del bebé -continué-, pero la unión no es completa hasta que se acerca el nacimiento. Puede producirse un poco antes, durante el parto o nada más nacer.

Para ilustrar este concepto junté mis manos desde la base de las palmas y las separé formando un ángulo de noventa grados. Poco a poco las fui cerrando hasta que se unieron las dos palmas y los dedos simbolizando el gesto universal de la oración y mostrando el vínculo gradual que se produce entre el alma y el cuerpo.

-Un alma no puede ser nunca dañada ni tampoco se la puede matar -dije-. El alma es inmortal e indestructible. Siempre encontrará un camino de regreso si así ha sido dispuesto.

-¿ Qué quieres decir? -preguntó Pedro.

-Me he topado con casos en que la misma alma, después de un aborto, provocado o espon­táneo, regresa a los mismos padres en el siguien­te bebé que procrean.

-¡Increíble! -respondió Pedro.

Su rostro se iluminó, mientras su sentimiento de culpabilidad y su vergüenza se iban desvane­ciendo.

-Nunca se sabe -añadí.

Tras unos segundos de reflexión, Pedro suspi­ró y cruzó las piernas mientras se ajustaba los pantalones. Volvimos a la primera parte de la se­sión.

-¿ Qué pasó después de aquello? -le pre­gunté.

-Después de licenciarme volví a casa. Al principio trabajé en las fábricas de mi padre y aprendí cómo funcionaba el negocio. Más ade­lante vine a Miami para dirigir la sucursal de aquí y ocuparme de las exportaciones. Desde entonces vivo aquí -explicó.

-¿ Cómo va el negocio? -le pregunté. -Muy bien, pero tengo que dedicarle dema­siado tiempo.

-¿Eso es un gran problema?

-Perjudica mi vida amorosa -dijo Pedro esbozando una media sonrisa.

No bromeaba del todo. Tenía veintinueve años y sentía que se le estaba escapando el mo­mento de encontrar el amor, casarse y crear una familia. Se le estaba escapando y no había” nada en perspectiva.

-¿Te relacionas con mujeres actualmente? -Sí -contestó-, pero no hay nada especial.

No me enamoro… espero que me ocurra algún día -añadió con cierta preocupación en su voz-, Dentro de poco tendré que regresar a México y quedarme a vivir allí -dijo pensati­vo-, para ocuparme de los asuntos de mi hermano. Tal vez allá conozca a alguna mujer -añadió sin demasiada convicción.

Me pregunté si el hecho de que su madre siempre criticara a sus novias y la experiencia con aquella mujer casada que decidió abortar eran lo que bloqueaba psicológicamente a Pedro a la hora de establecer una relación amorosa. Pensé que lo mejor era dejar estas cuestiones pa­ra más tarde.

-¿Cómo está tu familia en México? -pre­gunté para aligerar el ambiente al tiempo que se­guía recogiendo información.

-Están bien. Mi padre tiene más de setenta años y mi hermano y yo… -Pedro se detuvo bruscamente, tragó saliva e hizo una profunda inspiración antes de proseguir-: En fin, ahora tengo más responsabilidad en el negocio -con­cluyó en voz baja-. Mi madre también está bien.

Hizo una pausa antes de rectificar lo que ha­bía dicho:

-Pero ninguno de los dos ha asumido la muerte de mi hermano. Les ha dejado destroza­dos. Han envejecido mucho.

-¿Y tu hermana?-

-Está muy triste, pero tiene a su marido y a sus hijos -me explicó.

Asentí con la cabeza en señal de haberle entendido: su hermana disponía de más recursos para combatir el dolor que él.

Pedro tenía una salud de hierro. Solamente sentía un dolor esporádico en el cuello y en el  hombro izquierdo. Esta molestia le incomodaba  desde hacía mucho tiempo, pero los médicos nunca le encontraron nada fuera de lo normal.

-Me he acostumbrado a vivir con ello –me dijo.

Al pensar en el tiempo que quedaba consulté el reloj y vi que ya habían pasado veinte minutos de la hora. Normalmente mi alarma interna no falla. «La dramática historia de Pedro debe de haberme absorbido por completo», me dije, sin saber que me esperaban dramas mucho más im­pactantes que no habían hecho más que empezar a revelarse.

Thich Nhat Hanh, un filósofo y monje bu­dista vietnamita, escribe sobre cómo disfrutar de una buena taza de té. Debemos estar completa­mente atentos al presente para disfrutar de una taza de té. Sólo siendo conscientes del presente nuestras manos sentirán el calor de la taza. Sólo en el presente aspiraremos el aroma del té, sabo­rearemos su dulzura, y llegaremos a apreciar su exquisitez. Si estamos obsesionados por el pasa­do o preocupados por el futuro, dejaremos esca­par la oportunidad de disfrutar de una buena ta­za de té. Cuando miremos el interior de la taza, su contenido ya habrá desaparecido.

Con la vida ocurre lo mismo. Si no vivimos plenamente el presente, en un abrir y cerrar de ojos la vida se nos habrá escapado. Habremos perdido sus sensaciones, su aroma, su exquisitez y su belleza, y sentiremos que ha transcurrido a toda velocidad.

El pasado ya ha pasado. Aprendamos de él y dejémoslo atrás. El futuro ni tan siquiera ha lle­gado. Hagamos planes para el futuro, pero no perdamos el tiempo preocupándonos por él. Preocuparse no sirve para nada. Cuando deje­mos de pensar en lo que ya ha ocurrido, cuando dejemos de preocupamos por lo que todavía no ha pasado, estaremos en el presente. Sólo enton­ces empezamos a experimentar la alegría de vivir.

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS -IV-

LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- IV-

“De modo que la idea de la reencarnación explica de forma muy reconfortante la rea­lidad, permitiendo con ello que el pensa­miento hindú venza aquellas dificultades que dejan paralizados a los pensadores eu­ropeos.” ALBERT SCHWEITZER

La primera vez que Elizabeth experimentó una regresión fue una semana después. No me costó provocarle un estado hipnótico mediante el rápido método de inducción cuyo objetivo es evitar los bloqueos y las barreras de la mente consciente.
La hipnosis es un estado de gran concentra­ción, pero el ego, la mente, tienen la capacidad de interferir en esta concentración con pensamien­tos perturbadores. Mediante la rápida técnica de inducción, logré que Elizabeth entrara en un es­tado de hipnosis profunda en un minuto.
Le había dado una cinta magnetofónica de re­lajación para que la escuchara durante la semana anterior al inicio de estas sesiones. La había gra­bado para ayudar a mis pacientes a practicar las técnicas de auto hipnosis. Me di cuenta de que cuanto más ensayaban en casa, más profundo era el estado al que llegaban en mi consulta. Esta cinta les ayuda a relajarse y muy a menudo tam­bién a dormirse.
Cuando llegó a casa, Elizabeth intentó escu­charla, pero no conseguía relajarse. Estaba de­masiado ansiosa. ¿ Y si pasaba algo? Ella tenía miedo, porque estaba sola y nadie podría ayu­darla.
Su mente la “protegía» dejando que la inunda­ran pensamientos cotidianos para distraer así su atención de la cinta de relajación. El nerviosismo y los pensamientos le impedían concentrarse.

Cuando me explicó lo que le había pasado, decidí llevar a la práctica otro método de hipno­sis más rápido con el fin de superar los obstácu­los y temores que bloqueaban su mente.
El método más utilizado para provocar un trance hipnótico se llama «relajación progresi­va». En primer lugar hay que conseguir que el paciente respire lentamente. A continuación el terapeuta le suscita un estado de relajación indi­cándole con suavidad que distienda los músculos poco a poco. Después le pide que intente visuali­zar imágenes agradables y relajantes. Mediante técnicas como la de contar hacia atrás, el tera­peuta ayuda al paciente a llegar a un estado de re­lajación todavía más profundo.

En ese momento, el paciente está en un trance hipnótico entre ligero y moderado, y el terapeu­ta puede intensificado si lo desea. El proceso en­tero dura unos quince minutos.
Sin embargo, durante este cuarto de hora, es posible que la mente del paciente piense, analice o delibere en lugar de dejarse llevar por la suges­tión. En ese caso, se interrumpe el proceso hip­nótico,

Los contables y otras personas cuyas profe­siones les obligan a pensar de un modo lógico, li­neal y muy racional, suelen dejar que su mente interrumpa el proceso. Aunque estaba convenci­do de que Elizabeth podía llegar a un estado de hipnosis profundo fuera cual fuera la técnica que usara, decidí emplear un método más rápido pa­ra asegurarme.
Le indiqué que se sentara inclinada hacia de­lante, que no apartara la vista de mis ojos y que hiciera presión con la palma de su mano derecha sobre la mía. Yo estaba de pie frente a ella.
A medida que la palma de su mano presiona­ba la mía, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, empecé a hablarle. Sus ojos no se apartaban de los míos.
De repente, sin avisarla, retiré la mano de de­bajo de la suya. Su cuerpo, entonces sin apoyo alguno, se tambaleó hacia delante. En aquel pre­ciso momento, le dije en voz muy alta: «¡Duér­mete!»
Su cuerpo se desplomó al instante sobre el respaldo del sillón. Entró en un profundo trance hipnótico. Mientras su mente se concentraba en no perder el equilibrio del cuerpo, la orden que acababa de darle pasó directamente y sin interfe­rencia alguna a su subconsciente. Elizabeth en­tró en un estado de «sueño» consciente equiva­lente a la hipnosis.
-Puedes recordado todo, cada experiencia que hayas vivido -le dije.
Ahora ya podíamos emprender el viaje hacia atrás. Quería asegurarme de cuál de sus sentidos predominaba en sus recuerdos y le pedí que pen­sara en la última vez que había comido bien. Le indiqué que empleara todos sus sentidos al re­cordar comida. Elizabeth recordó el olor, el sa­bor, la imagen y la sensación de que la comida estaba recién hecha, y de este modo comprobé que era capaz de evocar recuerdos vívidos. Al parecer, el sentido que predominaba en su caso era la vista.
Seguidamente hice que se trasladara a la infan­cia para ver si recuperaba algún recuerdo placen­tero de sus primeros años en Minnesota. Sonrió como una niña pequeña, llena de satisfacción.
-Estoy en la cocina con mi madre. Parece muy joven. Yo también lo soy. Soy pequeña. Tengo unos cinco años. Hacemos pasteles… y galletas. Es divertido. Mi madre se siente feliz. Lo veo todo, el delantal, su pelo recogido. Me encanta cómo huele aquí.
-Pasa a otra habitación y dime lo que ves -le sugerí.
Entró en el salón. Empezó a describir un gran mueble de madera oscura. El suelo estaba des­gastado. También vio un retrato de su madre. Era una foto enmarcada que estaba sobre una mesa de madera oscura situada junto a un amplio y cómodo sillón.
-Es mi madre -continuó Elizabeth-. Es guapa… y tan joven Lleva un collar de perlas.
Ella adora esas perlas. Sólo las lleva en ocasiones especiales. Su hermoso vestido blanco… su pelo oscuro… y sus ojos, tan brillantes y vivos.
-Bien -dije-. Me alegra que la recuerdes y que la veas con tanta nitidez.
El hecho de recordar una comida reciente o una escena de la infancia ayuda a consolidar la confianza del paciente en su capacidad para evo­car recuerdos. A Elizabeth, estos recuerdos le de­muestran que la hipnosis funciona y que no es un proceso peligroso, sino que puede ser incluso pla­centero. Los pacientes descubren que los recuer­dos que evocan suelen ser más vívidos y detalla­dos que los que surgen de la mente consciente.
Nada más abandonar el estado de trance, casi siempre recuerdan conscientemente lo que han evocado durante la hipnosis. Raras veces los pa­cientes experimentan un estado de trance de tal profundidad que después no recuerden nada. Aunque suelo grabar las sesiones de regresión pa­ra más seguridad y para poder recurrir a la cinta en caso necesario, la grabación sólo la utilizo yo. Los pacientes lo recuerdan todo perfectamente.
-Ahora vamos a ir todavía más lejos. No im­porta si lo que te viene a la mente es imaginación, fantasía, metáfora, símbolo, un recuerdo real o cualquier combinación posible entre estos ele­mentos -le dije-. Dedícate sólo a experimen­tar. Intenta que tu mente no juzgue, ni critique ni comente lo que experimentes. Simplemente ví­velo. Lo único que tienes que hacer es experi­mentar. Puedes criticado y analizado todo des­pués. Pero por el momento déjate llevar y vive la experiencia.
»Vamos a retroceder hasta el útero, hasta tu período uterino, justo antes de que nazcas. Sea lo que fuere lo que irrumpa en tu mente, es bueno. Déjate llevar por esta experiencia. Empecé a contar hacia atrás desde cinco hasta uno para que su estado hipnótico se hiciera más profundo.
Elizabeth se trasladó al útero materno. Sentía seguridad y calor, y el amor de su madre. De sus ojos cerrados brotaron dos lágrimas.
Recordó lo mucho que sus padres la querían, especialmente su madre. Eran lágrimas de felici­dad y nostalgia.
Evocó el amor con que se la recibió al nacer, y esto la hizo muy feliz.
La experiencia que vivió dentro del útero ma­terno no es una prueba fehaciente de que el re­cuerdo fuera preciso o completo. Pero las sensa­ciones y emociones que tuvo fueron tan intensas, poderosas y reales que hicieron que se sintiera mucho mejor. ­
En una ocasión, una de mis pacientes recordó bajo hipnosis que había nacido con una hermana gemela que murió en el parto. Sin embargo, mi paciente no lo había sabido hasta entonces por­que sus padres nunca se lo habían dicho. Cuan­do ella les explicó la experiencia que tuvo du­rante la hipnosis, su,: padres le confirmaron la exactitud de su recuerdo. Efectivamente, había tenido una hermana gemela.
Por lo general, no obstante, los recuerdos del útero materno son difíciles, de verificar.
-¿ Estás preparada para ir todavía más lejos? -le pregunté, con la esperanza de que no se hu­biera asustado demasiado después de haber sen­tido aquellas emociones tan intensas.
-Sí -me contestó tranquilamente-. Estoy preparada.
-Perfecto -dije-. Ahora vamos a ver si puedes evocar algún recuerdo anterior a tu naci­miento, ya sea en un estado místico o espiritual, en otra dimensión o en una vida pasada. Sea lo que sea lo que irrumpa en tu mente, es bueno. No emitas juicios. No te preocupes. Sólo déjate llevar y vive el momento.
Conseguí que empezara a imaginar cómo en­traba en un ascensor y apretaba el botón mientras yo iniciaba la cuenta hacia atrás de cinco a uno. El ascensor retrocedía en el tiempo y viajaba a través del espacio, y la puerta se abrió en el momento en que yo pronuncié el número uno. Le indiqué que saliera y que se enfrentara a la persona, escena o experiencia que la aguardaba al otro lado de la puerta. Pero no sucedió lo que yo esperaba.
-Está todo muy oscuro -dijo con voz ate­rrorizada-. Me he caído del barco. Hace mucho frío. Es horrible.
-Si empiezas a sentirte incómoda -dije in­terrumpiéndola-, flota por encima de la escena y contémplala como si se tratara de una película. Pero si no te sientes mal, quédate ahí. Observa lo que ocurre. Vive los acontecimientos.
La experiencia la aterrorizó y empezó a flotar por encima de la escena. Se veía a sí misma como un adolescente. Después de haberse caído de un barco en mitad de una noche tormentosa, se ha­bía ahogado en esas oscuras aguas. De repente, la respiración de Elizabeth se tranquilizó conside­rablemente, y pareció recuperarse. Se había sepa­rado del cuerpo.
-He salido de este cuerpo -dijo con bas­tante naturalidad.
Todo esto había ocurrido con gran rapidez. Antes de que pudiera examinar aquella vida, ella ya había abandonado el cuerpo. Le pedí que re­cordara lo que acababa de experimentar y que me dijera lo que podía ver y entender al respecto.
-¿ Qué estabas haciendo en el barco? -le pregunté, intentando retroceder en el tiempo aunque ya hubiera salido de aquel cuerpo.
-Iba de viaje con mi padre -dijo-. De re­pente, estalló una tormenta. El barco empezó a llenarse de agua y a tambalearse. Las olas eran enormes y salí despedido por la borda.
-¿Qué ocurrió con los demás pasajeros? -le pregunté.
-No lo sé -dijo-, las olas me arrastraron por el barco hasta que caí al agua. No sé qué les pasó a los demás.
-¿Qué edad tenías aproximadamente cuan­do sucedió esto?
-No lo sé, alrededor de doce o trece años. Era un adolescente -respondió.
No parecía muy deseosa de darme más deta­lles. Había abandonado aquella vida muy rápi­do, tanto la vida en sí como el hecho de recordarla en mi consulta. Ya no podíamos obtener más datos. Siendo así, la desperté.
Una semana más tarde Elizabeth estaba me’:’ nos deprimida a pesar de que no le había receta­do antidepresivos para aliviar los síntomas de la aflicción y la depresión.
-Me siento más ligera, más libre, y ya no es­toy tan inquieta en la oscuridad -me dijo.
Nunca le había gustado la oscuridad y trataba de no salir sola de noche. En su casa siempre ha­bía alguna luz encendida. Sin embargo, la sema­na anterior había notado una mejoría en este sín­toma. Yo no lo sabía, pero tampoco le gustaba nadar, porque le producía angustia. Me explicó que aquella semana se había pasado horas en la piscina y en el jacuzzi de la urbanización donde vivía.
Aunque eso no era lo que más la preocupaba, el progreso que había experimentado respecto a aquellos síntomas la reconfortó.
Muchos de nuestros temores se basan en el pasado, y no en el futuro. A menudo, lo que más miedo nos da son hechos que nos han ocurrido en la infancia o en una vida pasada. Como los he­mos olvidado o sólo los recordamos muy vaga­mente, tenemos miedo de que esos hechos trau­máticos tengan lugar en el futuro.
Aun así, Elizabeth se sentía triste porque sólo habíamos encontrado a su madre en un remoto recuerdo de la infancia. La búsqueda debía con­tinuar.
La historia de Elizabeth es fascinante. La de Pedro también. Pero sus casos no son los únicos. Muchos de mis pacientes padecen una profunda aflicción, miedos y fobias, y su vida amorosa es un fracaso. Muchos de ellos encuentran a su amor perdido en otro tiempo y otro lugar. Mu­chos otros consiguen aliviar su dolor recordan­do vidas pasadas y experimentando estados espi­rituales.
Algunas de las personas que se han sometido a la terapia de regresión son famosas. Otras son gente corriente con un pasado apasionante. Sus experiencias son un reflejo de los temas univer­sales expresados en el revelador viaje de Pedro y Elizabeth a medida que se aproximaban a la en­crucijada de sus destinos.
Todos seguimos el mismo camino.
En noviembre de 1992 viajé a Nueva York con el fin de someter a una terapia de regresión a Joan Rivers, para su programa de televisión. Ha­bíamos quedado en que grabaríamos la sesión en la habitación de un hotel unos días antes de que se retransmitiera el programa en directo. Joan llegó tarde porque el periodista de radio Ho­ward Stern, su invitado especial en el programa de aquel día, la había entretenido. Joan, que ve­nía del plató, no estaba demasiado relajada. To­davía llevaba el maquillaje que le habían hecho para el programa, iba enjoyada y lucía un jersey rojo muy bonito.

Antes de iniciar la sesión, me contó que últi­mamente estaba muy afligida por la muerte de su madre y de su marido. Se sentó en un sillón de felpa estampado de color beige. Estaba tensa. Las cámaras empezaron a grabar lo que iba ser una escena extraordinaria.
Joan se arrellanó en el sillón y dejó que su mentón reposara ligeramente sobre la palma de su mano. Su respiración se tranquilizó y entró en un estado de hipnosis profunda. «El trance que alcancé era muy intenso», afirmó más tarde. Iniciamos la regresión, el viaje hacia el pasa­do. Su primera parada se produjo a la edad de cuatro años. Recordaba un día muy agobiante en su casa porque su abuela había venido a visitar­les. Joan la veía con una claridad total.

-Llevo un vestido a cuadros, calcetines blan­cos y unas sandalias Mary Jane.

Continuamos indagando en un pasado más remoto. Era 1835 y Joan vivía en Inglaterra. Per­tenecía a la nobleza.
-Tengo el pelo muy oscuro. Soy alta y del­gada -dijo.
Tenía tres hijos.
-Veo con mucha claridad que uno de ellos es mi madre -añadió.
-¿Cómo sabes que es ella? -le pregunté.
-Simplemente lo sé. Es ella -contestó con firmeza.
No reconoció a su marido, al igual que ella al­to y delgado, como una persona presente en su vida actual.

-Lleva un sombrero de copa de piel de castor -dijo, concentrada-. Va bien vestido. Estamos paseando por un gran parque lleno de jardines.
Joan empezó a llorar y dijo que quería aban­donar aquella vida. Uno de sus hijos se estaba muriendo.
-¡Es ella! -dijo sollozando, refiriéndose a la hija a la que había reconocido como su madre en la vida actual-. ¡Qué desgracia! ¡Es terrible­mente triste! -añadió.
Nos adentramos todavía más en sus vidas pa­sadas hasta remontamos al siglo XVIII.
-Es el año mil setecientos y algo… Soy un hombre. Soy granjero -dijo sorprendida por el cambio de sexo.

Esta vida parecía más dichosa. -Soy muy buen granjero porque amo la tie­rra profundamente -explicó.
Joan, en su vida actual, adora trabajar en su jardín, la relaja y con esa actividad descansa de su estresante vida profesional en la televisión.

La desperté con suavidad. Su aflicción ya ha­bía empezado a aliviarse. Descubrió que su ama­da madre, que en 1835 fue su hija pequeña en In­glaterra, había sido una de sus almas gemelas a través de los siglos. Aunque ahora estaban otra vez separadas, Joan sabía que volverían a reunir­se, en otro tiempo y en otro lugar.
Elizabeth, que no sabía nada de la experiencia de Joan, vino a verme buscando una cura similar. ¿ Encontraría ella también a su querida madre?
Mientras tanto, en la misma consulta y en el mismo sillón, separado de Elizabeth por el insig­nificante lapso de tres días, otro drama se estaba desarrollando.

Pedro sufría mucho. Su vida era un valle de lágrimas, de secretos sin compartir y de deseos ocultos. El momento del encuentro más signifi­cativo de toda su vida se iba acercando, silencio­samente pero con rapidez. .
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Casos reales de Reencarnación

Publicado en portal nueva era
Febrero 1, 2010

En 1983 el psicólogo Peter Ramster, especialista en regresiones, produjo un impresionante documental para la televisión en el que cuatro mujeres de Sydney, que nunca habían salido de Australia, dieron detalles bajo hipnosis de sus vidas pasadas. Entonces, acompañado por cámaras de televisión y por testigos independientes, ellos fueron llevados al otro lado del mundo.

Una de las involucradas era Gwen MacDonald, una acérrima escéptica antes de su regresión. Ella recordó una vida en Somerset entre 1765-82. Muchos hechos de su vida en Somerset, que hubieran sido imposibles de sacar de un libro, fueron confirmados frente a testigos cuando ella fue llevada allí:

• Cuando fue llevada con una venda en los ojos al área en Somerset ella podía encontrar su camino perfectamente a pesar de que nunca había salido de Australia.
• Ella era capaz de señalar correctamente en tres direcciones la localización de las villas que ella conocía.
• Fue capaz de orientar al equipo de filmación mucho mejor que los mapas.
• Ella conocía la localización de una cascada y la posición donde habían estado las piedras para caminar. Los pobladores locales confirmaron que las piedras habían sido removidas hacía 40 años.
• Señaló una intersección donde ella afirmaba que habían existido cinco casas. Las pesquisas probaron que eso era correcto, que las casas habían sido derrumbadas hacía 30 años y que una de las casas había sido una ‘casa de sidra’ como ella afirmaba.
• Ella conocía correctamente los nombres que las villas tenían 200 años atrás, aun cuando en los mapas modernos éstas no existen o sus nombres han sido cambiados.
• Fue demostrado que las personas que ella afirmaba haber conocido habían existidofrac34;uno estaba listado en los registros del regimiento al cual ella afirmaba haber pertenecido.
• Ella conocía en detalle leyendas locales que fueron confirmadas por historiadores de Somerset.
• Usó correctamente oscuras y obsoletas palabras de la región oeste del país las cuales ya no estaban en uso, ni siquiera en los diccionarios, palabras como ‘tallet’ que significa desván.
• Ella sabía que los locales le llamaban ‘St. Michaels’ a Glastonbury Abbey —un hecho que sólo pudo probarse leyendo un oscuro libro de historia de hace 200 años no disponible en Australia.
• Fue capaz de describir correctamente la forma en espiral que un grupo de Druidas (sacerdotes celtas) subían Glastonbury Hill para su rito de primavera, un hecho desconocido para la mayoría de los historiadores.
• Ella sabía que había dos pirámides en los terrenos de Glastonbury Abbey las cuales habían desparecido desde hacía mucho tiempo.
• Correctamente describió en Sydney tallados que fueron encontrados en una oscura y vieja casa a 20 metros de una corriente, en medio de cinco casas casi a media milla de Glastonbury Abbey.
• Fue capaz de dibujar en detalle, en Sydney, el interior de una casa de Glastonbury Abbey lo cual se comprobó que era totalmente correcto.
• Ella describió una posada que se encontraba en el camino de la casa. Fue encontrada allí.
• Fue capaz de conducir al equipo directamente a la casa que es ahora un gallinero. Nadie sabía qué había en el suelo hasta que lo limpiaron. No obstante, en el suelo encontraron la piedra que ella había dibujado en Sydney.
• Los habitantes locales solían venir cada noche a preguntarle sobre historia localfrac34;ella sabía las respuestas a todas las preguntas que ellos hacían tales como el problema con el pantano local—donde se estaba perdiendo el ganado.

Cynthia Henderson, otro sujeto de Peter Ramster, recordó la vida durante la Revolución Francesa. Estando bajo trance ella:

• Habló en francés sin traza de acento.
• Comprendió y contestó preguntas en francés.
• Usó el dialecto de la época.
• Conocía los nombres de las calles, los cuales habían sido cambiados y sólo se podían descubrir en viejos mapas.

Peter Ramster tiene documentados muchos otros casos de regresión a vidas pasadas los cuales, en términos muy claros, constituyen evidencia técnica para la existencia de la postvida.

Tomado de: victorzammit.com

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS III

LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- III

¡Hace tanto tiempo! Y todavía sigo sien­do la misma Margaret. Lo único que envejecen son nuestras vidas. Donde estamos, los siglos sólo son como segundos, y después de vivir mil vidas, nuestros ojos empiezan a abrirse. EUGENE O’NEILL

Antes de iniciar el tratamiento de Catherine, nunca había oído hablar de la terapia de regre­sión a vidas pasadas. En la época en que yo estu­diaba, el programa de enseñanza no incluía esta materia, ni en la Facultad de Medicina de Yale ni en ninguna otra. Todavía recuerdo perfectamen­te la primera vez que apliqué este método. Había indicado a Catherine que retrocediera en el tiem­po con el objetivo de descubrir traumas de la infancia que tenía reprimidos ti olvidados, y que yo pensaba que eran los responsables de su an­siedad y su depresión.

Ella había llegado a un estado de hipnosis profunda que yo le había provocado hablándo­le con voz suave y relajante. Muy concentrada, atendía a mis instrucciones.
En la primera sesión de terapia realizada una semana antes habíamos practicado la hipnosis por primera vez. Catherine había recordado al­gunos traumas de su infancia con bastante deta­lle y emoción. Normalmente, en la terapia de re­gresión, si los traumas olvidados que se evocan van acompañados de emociones, un proceso que recibe el nombre de «catarsis», el paciente em­pieza a mejorar.

Pero los síntomas de Catherine seguían siendo graves y supuse que lo mejor era que continuara recordando episodios de su ni­ñez aún más reprimidos. De esta manera podría mejorar.
Conseguí que se trasladara a la edad de dos años, pero no fue capaz de recordar nada significativo.
-Regresa al punto en donde tus síntomas empiezan a manifestarse -le ordené claramente y con firmeza.

Me quedé atónito al oír su respuesta.
-Veo unas escaleras de peldaños blancos que conducen a un edificio, un edificio blanco con columnas, abierto. N o hay puerta de entrada. Llevo un vestido largo… y un saco de tela tosca. Tengo el pelo rubio y largo, y lo llevo trenzado.
Era una mujer joven llamada Aronda que vi­vió hace unos cuatro mil años. Murió inespera­damente en una inundación o un maremoto que arrasó su pueblo.

-Unas olas enormes arrancan los árboles. N o hay escape posible. Hace frío, el agua está helada. Tengo que salvar a mi bebé, pero no pue­do… sólo puedo apretado bien fuerte entre mis brazos. Me ahogo; el agua me asfixia. No pue­do respirar, no puedo tragar… agua salada. Me arrancan a mi hija de las manos.
Durante este trágico y emotivo recuerdo, Catherine jadeaba y tenía dificultad para respi­rar. De repente, su cuerpo se relajó por completo y empezó a respirar profunda y regularmente.
-Veo nubes… Mi hija está conmigo. Y tam­bién otras personas de mi pueblo. Veo a mi her­mano.

Estaba descansando. Aquella vida había ter­minado. Aunque ni ella ni yo creíamos en otras vidas, acabábamos de vivir intensamente una ex­periencia ancestral.
De un modo increíble, el miedo al ahogo y a la asfixia prácticamente desapareció de la vida de Catherine después de aquella sesión. Yo sabía que la fantasía y la imaginación no podían curar aquellos síntomas crónicos, tan profundamente arraigados. Pero la memori4 catártica sí.

A medida que pasaban las semanas, Catherine iba recordando más vidas anteriores. Sus sínto­mas desaparecieron. Se curó sin la ayuda de me­dicamentos. Juntos descubrimos el poder curati­vo de la terapia de regresión.

Debido a mi escepticismo y a mi rigurosa for­mación científica, me costó mucho aceptar la existencia de vidas pasadas. Dos factores aca­baron minando mi escepticismo: uno rápido y I muy emotivo, y otro gradual e intelectual. En una de las sesiones, Catherine acababa de I recordar que en una vida anterior había muerto víctima de una epidemia que había asolado la re­gión. Cuando todavía se hallaba en profundo es­tado de trance, consciente de que flotaba por en­cima de su cuerpo, fue atraída hacia un hermoso rayo de luz. Empezó a hablar:
-Me dicen que hay muchos dioses, porque Dios está en cada uno de nosotros.
Entonces empezó a revelarme detalles muy íntimos sobre la vida y la muerte de mi padre y de mi hijo pequeño. Ambos habían muerto años atrás, muy lejos de Miami. Catherine, que era ayudante de laboratorio del Mount Sinai Hospi­tal, no sabía absolutamente nada de ellos. Nadie podía haberle proporcionado todos aquellos da­tos. En ningún lugar podía haber conseguido to­da aquella información. La precisión de sus deta­lles fue impresionante.
Yo estaba sobresaltado y me estremecía a me­dida que ella iba revelando aquellas ocultas, se­cretas verdades.
-¿Quién está contigo? ¿Quién te está expli­cando todo esto? -le pregunté.
-Los Maestros -susurró-, me hablan los Espíritus Maestros. Me cuentan que he vivido ochenta y seis veces en un cuerpo físico.

En el transcurso de las sesiones restantes, Catherine transmitió muchos más mensajes que procedían de estos Maestros, unos mensajes her­mosos sobre la vida y la muerte, sobre cuestio­nes espirituales y sobre el cometido de nuestra vida en la tierra. ,
Mis ojos empezaban a abrirse al tiempo que mi escepticismo era cada vez menor.
Recuerdo que pensaba: «Puesto que Catherine no se equivoca respecto a mi padre y mi hijo, ¿po­dría entonces averiguar algo sobre las vidas pasa­das, la reencarnación y la inmortalidad del alma?»Creía que sí.
Los Maestros también hablaban de las vidas anteriores.

Elegimos el momento en que entramos en nuestro estado físico y el momento en que lo abandonamos. Sabemos cuándo hemos cum­plido la tarea que se nos encomendó realizar aquí en la tierra. Sabemos cuándo se nos aca­ba el tiempo y entonces aceptamos nuestra muerte. Pues sabemos qué esta vida que he­mos vivido ya no da más de sí. Cuando llegue el momento, cuando hayamos disfrutado del tiempo necesario para descansar y alimentar de energía nuestra alma, se nos permitirá es­coger nuestro regreso al estado físico. Aque­llos que dudan, que no están seguros de que­rer regresar aquí, es probable que pierdan la oportunidad que se les ha brindado, la opor­tunidad de cumplir con su deber cuando se hallan en estado físico.

Desde que viví esta experiencia con Catheri­ne, he sometido a la terapia de regresión a más de mil pacientes. Pocos, muy pocos, alcanzaron el nivel de los Maestros. Sin embargo, he observa­do una sorprendente mejoría clínica en la mayo­ría de estas personas. He visto cómo los pacien­tes recuerdan un nombre durante la evocación de una vida anterior reciente y después he en­contrado documentos que verifican la existencia de esa persona en el pasado, confirmando los de­talles de la rememoración. Algunos pacientes in­cluso han encontrado sus propias tumbas de vi­das anteriores.

Varios de mis pacientes han pronunciado al­gunas palabras en idiomas que nunca han apren­dido o incluso oído en su vida actual. También he examinado a algunos niños que hablan len­guas extranjeras que no han aprendido con ante­rioridad. A esta capacidad se la denomina «xeno­glosia» .

He leído artículos de otros científicos que trabajan con la terapia de regresión y que han llegado a conclusiones muy similares a las mías.
Tal como describo con detalle en mi segundo libro, A través del tiempo, este método es muy útil para pacientes de distintas patologías, espe­cialmente para aquellos que sufren trastornos emocionales y psicosomáticos.

La terapia de regresión es también muy prác­tica cuando se trata de identificar y eliminar los hábitos negativos recurrentes en un paciente, co­mo por ejemplo la drogadicción, el alcoholismo y los problemas en las relaciones.
Muchos de mis pacientes evocan hábitos, trau­mas y relaciones desequilibradas que no sólo se manifestaron en sus vidas pasadas, sino que si­guen apareciendo en su vida actual.

Pondré como ejemplo el caso de una paciente que al regresar a una de sus vidas anteriores re­cordó que tenía un marido agresivo y violento que ha aparecido de nuevo en el presente encar­nado en su padre. Una pareja muy conflictiva descubrió que se habían matado mutuamente en cuatro de sus vidas pasadas. Las historias y las pautas son interminables.
Cuando se ha identificado la pauta que se re­pite constantemente y se entienden los motivos de su manifestación, entonces puede romperse. No tiene sentido seguir sufriendo.

No es obligatorio que el terapeuta y el pa­ciente crean en la existencia de vidas anteriores para que la técnica y el proceso de la terapia de regresión funcionen. Pero si se intenta, es fre­cuente que se obtenga una mejoría.

Casi siempre se produce un crecimiento espi­ritual.

En una ocasión sometí a la terapia de regre­sión a un suramericano que recordaba haberse pasado una vida entera atormentado por los re­mordimientos, tras haber formado parte del equipo que colaboró en la elaboración y más tar­de en el lanzamiento de la bomba atómica en Hi­roshima con el objetivo de poner fin a la Segun­da Guerra Mundial. Actualmente es radiólogo en un importante hospital y utiliza la radiación y los avances tecnológicos para salvar vidas en lu­gar de exterminadas. En su vida actual este hom­bre es un ser sensible, bondadoso y solidario.

Éste es un ejemplo de cómo puede evolucio­nar el alma y transformarse aunque haya pasado por vidas deleznables. Lo más importante es aprender, no juzgarse. Él aprendió lecciones de su vida durante la Segunda Guerra Mundial y ha aplicado sus conocimientos y habilidades para ayudar a otras almas en su vida actual. El senti­miento de culpabilidad que sintió en su vida an­terior no es importante. Lo que cuenta es apren­der del pasado, y no seguir pensando en ello y sintiéndose culpable.
Según una encuesta de USA Today/CNN/ Gallup realizada el 18 de diciembre de 1994, la creencia en la reencarnación está aumentando en Estados U nidos, un país que no se caracteriza por ir a la zaga en estos fenómenos. El porcentaje de estadounidenses adultos que cree en la reencarna­ción es del 27 %, cuando en 1990 era del 21 %.

Pero todavía hay más. El porcentaje de los que creen que puede establecerse contacto con los muertos ha aumentado del 18 % en 1990 al .28 % en diciembre de 1994. El 90 % cree en la existencia del cielo y el 79 % en los milagros. Hasta me parece oír a los espíritus aplaudiendo.

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