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Copyright © 2002 Octogon Mistic®Marianela Garcet.

Prohibida su reproducción total o parcial. Marianela Garcet creó el Estudio de Vidas Pasadas sin Regresión® y lo ha registrado. Todos los derechos reservados.

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Casos Reales de Reencarnación


1. El pasado Dalai Lama creo identificó en un niño de 4 años a un Lama que ellos tenian de nombre Latsè. Los padres del niño son Americanos y empezaron a llegarles cartas del Tibet pidiendo les devolvieran a su ¨Lama¨. Ellos no podían enviar al Tibet a un niño tan pequeño, pero lo hicieron cuando tenia 14 años. La mama todavía llora de ver que no pudo estar mucho tiempo con su hijo. El niño aprendió el idioma como en menos de un mes y dirijìa un grupo de 50 monjes tibetanos. El se llama Tenzin y ahora se encuentra en Francia estudiando Filosofia.

 

2. Una señora en Inglaterra recordó una vida que tenía en Irlanda, donde había sido madre de 6 niños y murió cuando los niños eran aún pequeños, entre edades de 10,12 y 14 años. No vi de qué manera se dió cuenta de que había encontrado a los hijos de los que hablaba, pero ellos eran mayores que ella, ya casi ancianos y ella mucho más joven. Llamó al mayor de ellos, ya un anciano y le contó. El dice que ella recordó cosas de ese tiempo que nadie más sabia sino su madre. Ella decia que tenía una obligación de encontrarlos y decirles que siempre había pensado en ellos. Ahora se hablan como una familia pero ellos son mucho mayores que ella, sin embargo, así sintió descanso su espíritu al encontrar a esos niños que un dia sin querer abandonó.

 

3. Un niño desde que tenía 4 años les contaba a sus padres que el había sido soldado y que lo habían matado de un tiro en la garganta. El se quejaba de dolor en la garganta, hasta que lo llevaron al médico y si vieron que habia una infección que no se quitaba fácilmente con medicamentos por lo cual tuvieron que operarlo. El describe ahora que tiene 14 años como recuerda que le dispararon, el cayó y sintió el sabor salado de la sangre que corrió por su garganta. El se desangró allí en medio de un barrizal y murió. El recuerda que sus brazos dolian por llevar el arma tan pesada. Ahora que removieron el órgano de su garganta que producia el dolor, que no me di cuenta cual era, se siente mejor y dice su mamá que cambió su forma de ser. Antes sentía mucho miedo y vivia como con una paranoia. Ahora es un niño normal.

 

Increible, no?

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS 2


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- II-
2

Siempre había tenido la sensación de que mi vida, tal como la viví era una historia sin principio ni final. Me sentía como un fragmento histórico, un pasaje aislado, al que no precede ni sigue ningún texto. Po­día imaginarme perfectamente que tal vez había vivido en siglos anteriores y me ha­bía hecho preguntas que todavía no era capaz de responder; que tenía que volver a nacer porque no había cumplido la tarea que se me había asignado.
CARL JUNG

Elizabeth era una chica atractiva, alta y del­gada, rubia, de pelo largo y mirada triste. Cuan­do se sentó con aire inquieto en el sillón abatible de piel de color blanco de mi despacho, advertí que sus melancólicos ojos azules, salpicados de motas de color avellana, desmentían la impre­sión de severidad que causaba su estricto y hol­gado traje chaqueta azul marino. Elizabeth, tras haber leído Muchas vidas, muchos maestros e iden­tificarse en muchos aspectos con Catherine, la heroína del libro, sintió la necesidad de visitarme en busca de aliento.

-No acabo de entender por qué has venido a verme -le comenté para romper el hielo.
Había echado un vistazo a su historial. A los pacientes nuevos les hago rellenar un impreso: nombre, edad, antecedentes familiares, principa­les enfermedades y síntomas. Las afecciones más importantes de Elizabeth eran la aflicción, la an­gustia y el insomnio-.
A medida que iba hablando, añadí mental­ mente a su lista las relaciones personales.
-Mi vida es un caos -declaró.
Su historia empezó a salir a borbotones, co­mo si por fin se sintiera segura para hablar de es­tas cosas.

La liberación de una presión encerrada en su interior era palpable. A pesar de lo dramática que era su vida y de la profundidad de las emociones que se ocultaban detrás de lo que decía, Elizabeth trató enseguida de restarle importancia.
-Mi vida no es ni mucho menos tan dramá­tica como la de Catherine -dijo-. Nadie escri­biría un libro sobre mí.

Dramática o no, su historia seguía su curso.
Elizabeth era una mujer de negocios que diri­gía una floreciente empresa de contabilidad en Miami. Tenía treinta y dos años, y se había cria­do en Minnesota, en un ambiente rural, rodeada de animales en una enorme granja, junto a sus padres y su hermano mayor. Su padre era un tra­bajador nato, de carácter estoico. Le resultaba muy difícil expresar sus sentimientos. Cuando mostraba alguna emoción, solía ser la furia y la rabia. Perdía el control y se desahogaba brusca­mente con su familia; incluso había pegado algu­na vez a su hijo.

A Elizabeth le reprendía sólo verbalmente, pero ella se sentía muy herida.
Todavía llevaba en su corazón aquella herida de la infancia. Los reproches y críticas de su pa­dre habían dañado la imagen que tenía de sí mis­ma y un profundo dolor atenazaba su corazón. Estaba apocada y se sentía inferior, y le preocu­paba que los demás, los hombres en particular, se dieran cuenta de sus defectos.
Afortunadamente, los arrebatos de su padre no eran frecuentes; además solía encerrarse en su caparazón con la frialdad y el estoicismo que ca­racterizaban su conducta y su personalidad.

La madre de Elizabeth una mujer inde­pendiente y progresista. Fomentaba la confianza de Elizabeth en sí misma y al mismo tiempo la cuidaba con afecto. La época y los hijos hicieron que permaneciera en la granja y aguantara, no sin reproches, la severidad y el retraimiento emo­cional de su marido.
-Mi madre era una santa -continuó expli­cando Elizabeth-. Siempre estaba allí, cuidán­donos, sacrificándose por sus hijos.
Elizabeth, la pequeña, era la preferida de su madre. Tenía muy buenos recuerdos de su niñez. Los momentos más tiernos eran aquellos en los que se había sentido más cerca de su madre. Aquel amor tan especial las unía y no cesó con el paso de los años.
Elizabeth creció, terminó el bachillerato y se fue a Miami a estudiar en la universidad gracias a una generosa beca. Para ella Miami representaba ­una exótica aventura, y ejercía una gran atrac­ción sobre ella, que provenía del frío Medio Oeste. A su madre le entusiasmaban las aventu­ras de Elizabeth. Eran amigas íntimas y, aunque se comunicaban principalmente por correo y por teléfono, su relación seguía siendo sólida. Las vacaciones eran épocas de gran felicidad, pues Elizabeth casi nunca se perdía la oportuni­dad de volver a casa.
En alguna de estas visitas, su madre mencionó la posibilidad de retirarse al sur de Florida en el futuro para así estar cerca de su hija. La granja era grande y cada vez resultaba más difícil man­tenerla. La familia había ahorrado una buena cantidad de dinero que aumentaba gracias a la sobriedad del padre. Elizabeth estaba deseando vivir cerca de su madre otra vez; de esa forma sus conversaciones, casi diarias, ya no tendrían que ser telefónicas.
Elizabeth decidió quedarse en Miami tras ter­minar los estudios.

Creó su propia empresa y la fue afianzando poco a poco. La competencia era feroz y el trabajo absorbía buena parte de su tiempo. Las relaciones con los hombres no ha­cían más que aumentar su estrés.
Entonces ocurrió la catástrofe.

Aproximadamente ocho meses antes de que viniera a verme, Elizabeth se hundió en la triste­za a causa de la muerte de su madre, provocada por un cáncer de páncreas. Sentía como si su co­razón se hubiera roto en mil pedazos, como si se lo hubieran arrancado. Estaba atravesando un período de profundo dolor. N o conseguía acep­tar la muerte de su madre, no entendía por qué había tenido que ocurrir.

Angustiada, me explicó cuánto había luchado su madre contra aquel cáncer virulento que estaba devastando su cuer­po. Sin embargo, su espíritu y su amor permane­cieron intactos. Ambas sintieron una profunda tristeza. La separación física era inevitable y se acercaba lenta pero inexorablemente.

El padre de Elizabeth, quien lloraba ya la pérdida, todavía se distanció más de la familia y se encerró en su soledad. Su hermano, que vivía en California con su familia, acababa de cambiar de trabajo y esta­ba alejado de ellos. Elizabeth, por su parte, viaja­ba a Minnesota siempre que podía.
No tenía a nadie con quien compartir sus miedos y su aflicción. No quería ser una carga para su agónica madre. Se reservaba sus penas para ella y por consiguiente se sentía cada vez más apesadumbrada.

-Voy a echarte tanto de menos… Te quiero -le decía su madre-. Para mí, lo más doloroso es abandonarte. No tengo miedo a morir. No te­mo lo que me espera. Simplemente no quiero de­jarte todavía.

A medida que su salud se iba debilitando, su firme propósito de sobrevivir perdía fuerza. Sólo la muerte podría liberada de la agonía y el sufri­miento. Finalmente llegó el día.
La madre de Elizabeth se hallaba en una pe­queña habitación del hospital, rodeada de su fa­milia y sus amigos. Empezaba a respirar con di­ficultad. La sonda ya no drenaba; sus riñones habían dejado de funcionar. Iba alternando entre la conciencia y la inconsciencia.

En un momen­to en que Elizabeth se encontró a solas con su madre, ésta abrió ligeramente los ojos en un ins­tante de conciencia. -No te abandonaré -le dijo de repente con voz firme-. ¡siempre te querré!
Aquéllas fueron las últimas palabras que Elizabeth oyó pronunciar a su madre, que ensegui­da entró en coma. Su respiración era. cada vez más entrecortada, interrumpida por largos silen­cios, hasta que de pronto se iniciaron los esterto­res de la agonía.

No tardó en morirse. Elizabeth sintió un va­cío inmenso en su corazón y en su vida. Incluso sentía un dolor físico en el pecho. Tenía la sensa­ción de que siempre le iba a faltar algo. Lloró du­rante meses..
Añoraba las frecuentes conversaciones telefó­nicas con su madre. Intentó comunicarse con su padre más a menudo, pero él seguía tan intro­vertido como siempre y nunca tenía mucho que decir. Podía pasarse uno o dos minutos sin pronunciar palabra junto al auricular del teléfo­no. No era capaz de animar a su hija. Él también sufría, y esto le hacía aislarse todavía más. Su hermano, que vivía en California con su espo­sa y sus dos hijos pequeños, también se sentía muy afligido por la pérdida, pero tenía que ocu­parse de su familia y su trabajo.

El sufrimiento de Elizabeth desembocó en una depresión con unos síntomas cada vez más graves. Le costaba mucho dormir. Le resultaba difícil conciliar el sueño; se despertaba demasiado temprano por la mañana y era incapaz de vol­ver a dormirse.Perdió el apetito y empezó a adelgazar. Su energía había disminuido notable­mente. Ya no tenía interés por las amistades y su capacidad de concentración era cada vez menor.

Antes de la muerte de su madre, la ansiedad de Elizabeth se relacionaba principalmente con el trabajo: plazos de entrega y decisiones de res­ponsabilidad. A veces también la angustiaba la / relación con los hombres; no sabía cómo actuar ni cómo responderían ellos.
Sin embargo, el nivel de ansiedad de Eliza­beth aumentó espectacularmente tras la muerte de su madre. Había perdido a su confidente, consejera y amiga más íntima. Ya no podía con­tar con su principal apoyo y punto de referencia. Se sentía desorientada, sola y perdida.

Me llamó para pedir hora de visita. Vino a verme con la intención de averiguar si en una vida anterior había estado junto a su madre o para intentar comunicarse con ella a tra­vés de alguna experiencia mística. En algunas conferencias y publicaciones yo había hablado de las personas que, en un estado de meditación, habían tenido estos encuentros místicos con se­res queridos. Elizabeth había leído mi primer li­bro y sabía que se podía tener este tipo de experiencias.

A medida que la gente va aceptando que es posible, incluso probable, que la conciencia siga existiendo después de abandonar el cuerpo, em­pieza a vivir cada vez más este tipo de experien­cias místicas en los sueños y en otros estados de alteración de la conciencia. Es difícil decir si es­tos encuentros son reales o no. Pero lo que pare­ce evidente es que son intensos y muy emotivos.

A veces la persona incluso recibe información concreta, hechos o detalles que sólo eran conoci­dos por los difuntos. Estas revelaciones que se producen durante los encuentros espirituales no pueden atribuirse únicamente a la imaginación. Ahora estoy convencido de que se obtienen es­tos nuevos conocimientos y tienen lugar estos encuentros no porque las personas deseen o ne­cesiten que esto ocurra, sino porque simplemen­te así es como se establecen los contactos.

Los mensajes suelen ser muy parecidos, espe­cialmente en los sueños: «Estoy bien. Me siento perfectamente. Cuídate. Te quiero.»
Elizabeth deseaba ponerse en contacto con su madre. Necesitaba algún tipo de bálsamo para aliviar su continuo dolor.
Durante la primera sesión descubrí nuevos aspectos de su vida.

Había estado casada por poco tiempo con un contratista local que tenía dos hijos de su primer matrimonio. Era una buena persona y, a pesar de no estar locamente enamorada de él, ella pensó que aquella unión podía proporcionar cierta es­tabilidad a su vida. Sin embargo, la pasión con­yugal no se crea artificialmente. Puede haber respeto y compasión, pero la química entre .los dos tiene que existir desde el principio. Cuando Elizabeth descubrió que su marido mantenía re­laciones con otra mujer por la que sentía más pasión y entusiasmo rompió con él a regañadien­tes. Lamentó mucho la ruptura y el hecho de se­pararse de los niños, pero no sufrió por el divor­cio. La pérdida de su madre fue mucho más grave para ella.

Elizabeth era guapa, y por ello le resultó fácil establecer relaciones con otros hombres después de su divorcio, pero tampoco éstas se caracteri­zaron por la pasión. Empezó a dudar de sí mis­ma y a preguntarse qué había en ella que la inca­pacitara para establecer buenas relaciones con los hombres. «¿ Qué hay de malo en mí?», se preguntaba constantemente. Las dudas iban me­llando su autoestima.
Las mordaces y dolorosas críticas que su pa­dre le había dirigido durante su infancia le ha­bían causado unas heridas psicológicas que vol­vían a abrirse con cada fracaso en sus relaciones con los hombres.

Elizabeth empezó a salir con un profesor de una universidad cercana, pero éste no quiso comprometerse con ella debido a sus propios te­mores. Aunque en su relación había mucha ter­nura y comprensión, y a pesar de que se enten­dían bastante bien, la incapacidad de él para comprometerse y confiar en sus propios senti­mientos condenó la relación a un final desabrido e insustancial.Unos meses después, Elizabeth conoció a un I próspero banquero con quien inició una nueva : relación. Ella se sentía segura y protegida, aun­que, una vez más, no había mucha química entre ellos. Sin embargo él, que se sentía muy atraído por Elizabeth, se enfadaba mucho y sentía celos cuando ella no le correspondía con la energía y el entusiasmo que él esperaba. Empezó a beber, y su actitud se fue volviendo cada vez más agresi­va. Elizabeth también puso fin a esta relación.

Poco a poco había ido perdiendo la esperanza de encontrar un hombre con quien pudiera esta­blecer una relación íntima y satisfactoria.
Se sumergió totalmente en su trabajo, amplió su empresa y se recluyó entre números, cálculos y papeles. Su vida social se reducía básicamente a los compañeros de trabajo. Si de vez en cuando algún hombre le proponía salir, siempre se las arreglaba para que él perdiera el interés antes de que surgiera algo importante entre ellos.
Elizabeth era consciente de que se estaba ha­ciendo mayor, pero todavía tenía la esperanza de que algún día encontraría al hombre perfecto. De todas formas, había perdido mucha con­fianza.

La primera sesión, dedicada a recoger infor­mación sobre su vida, a establecer un diagnósti­co y un enfoque terapéutico y a plantar las semi­llas de la confianza en nuestra relación, había terminado. El hielo se había roto. Por el momen­to, decidí no recetarle Prozac ni ninguna otra clase de antidepresivos. Mi objetivo era curarla, no enmascarar los síntomas.En la siguiente sesión, una semana más tarde, iniciaría el arduo viaje retrospectivo hacia el pa­sado.

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LA VIDA ENTRE VIDAS


 ¿QUE ES LA VIDA ENTRE VIDAS?

 portal a rosa

Es nuestro hogar natural. Es el lugar donde nos dirigimos después de la muerte.

Aunque muchos preferiríamos permanecer allí en medio de la luz y el amor reinante, la mayoría de nosotros elige nacer para así poder continuar con el viaje del aprendizaje del alma. 

La Vida entre Vidas nos muestra que nuestro espíritu, nuestra esencia, está mas allá de nuestra propia muerte. La misma significa abandonar nuestro envase de carne y hueso para que otra etapa pueda comenzar. Este es un espacio para la reflexión y la restauración del alma.  En él se alcanza la comprensión de las circunstancias acontecidas en la encarnación anterior, el porqué de nuestras elecciones, (padres, caminos elegidos, determinaciones) que contribuyeron a nuestras alegrías y también a nuestros sufrimientos.  Entonces contemplándonos como en realidad fuimos, podremos aprender de nuestra excursión terrenal, progresar y eventualmente planificar la siguiente encarnación acorde con nuestras necesidades.

EL COMIENZO DEL VIAJE

El relato del Viaje y de todas las respuestas a los distintos interrogantes de la Vida entre Vidas provienen de las experiencias de los pacientes que en estado profundo de hipnosis pueden llegar a Recordar lo que habitualmente No es Recordado. El comienzo está dado por la recreación de la escena de la muerte.

 

Luego del primer impacto, que provoca sorpresa y a veces aflicción por vernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos en esa situación, podremos vernos flotar sobre la escena. Es como estar en una película! Toda sensación corporal se volatiliza.
Contemplamos las imágenes hasta que sentimos que nos elevamos y nos alejamos lentamente del lugar.
Generalmente se utilizan distintas técnicas para aliviar y atenuar la carga afectiva que pueden traer estos hechos.

 

La experiencia de muerte varía de persona a persona. Características particulares, desarrollo espiritual y circunstancias en que ésta tiene lugar, influencian en como la muerte es vivida. Por ejemplo si ésta ha sido violenta o brusca y repentina, algunas almas pueden permanecer en el plano terrenal por algún tiempo y no dirigirse al Espacio entre Vidas.
Estos relatos son similares a aquellos de personas que han sufrido accidentes y han sido declaradas clínicamente muertas antes que las maniobras de reanimación de equipos médicos las trajeran nuevamente al plano terrenal.

 

A ésto se refieren distintos autores que hablan sobre el tema. La diferencia que existe entre ambos grupos es que los pacientes en estado profundo de hipnosis no describen la muerte como algo temporal seguido por una “Vuelta a la Vida”, sino que pueden relatar como es la Vida después de la Muerte como algo permanente, transitando a la siguiente etapa del Espacio entre Vidas.

EL CAMINO HACIA LA LUZ

Este proceso se inicia con un sentimiento eufórico de libertad que nos expulsa fuera de nuestro cuerpo, en general por encima de la cabeza. Nos vemos rodeados de luz y nos dejamos llevar flotando, hacia una zona mucho más luminosa aún. Nos sentimos empujados, tironeados y en la medida en que nos dejamos llevar nos vamos alejando cada vez más de nuestro cuerpo.

Luego experimentamos la sensación de ser atrapados por un túnel que en realidad constituye la puerta de entrada al mundo de los espíritus. Algunos lo observan recién después que se elevan y suben muy por encima de la Tierra, mientras que otros lo ven abrirse por encima de sus cuerpos al morir. El túnel es como un pasadizo oscuro que termina en un círculo de luz y en la medida en que lo vamos atravesando, esa luz se ensancha más y más hasta llegar al final.

Durante el transcurso del viaje muchas personas oyen sonidos parecidos a un tintineo musical que en general comienza poco tiempo después del momento de la muerte. Lo cierto es que estas vibraciones musicales provocan una sensación de relajación que tranquiliza nuestro espíritu en el camino hacia la luz.

Cuando salimos finalmente del túnel nos sentimos inundados por un sentimiento de amor, bienestar, compañía y seguridad Podemos contemplar un lugar infinito, sin límites, enorme y colmado de luz. Algunos pueden ver distintos colores, construcciones gigantescas, paisajes o incluso energía pura. Todos estos factores varían con cada persona y a veces de un viaje a otro.

Cerca de la entrada al túnel observamos por lo general, que nos esperan nuestros guías y almas amigas brindándonos su amor.  Entonces podremos sentir que no estamos solos ni aislados después de morir sino que estos seres de energía nos alientan y ayudan haciendo más fácil nuestra entrada a este nuevo mundo.  

EL COMIENZO DE NUESTRO RECORRIDO EN EL MUNDO ESPIRITUAL

Después de nuestra llegada al Espacio entre Vidas, nuestra alma se prepara para ir a un lugar de “Curación”. Allí somos bañados por un flujo de energía líquida, cuyo objetivo es purificar y sanar las marcas que dejaron huella en nuestra alma. Así nos liberamos de todas las ataduras de nuestra última encarnación. Éste es el primer paso de la Rehabilitación de las Almas.

 

La etapa siguiente consiste en la Reorientación de las mismas. Es en este período en que somos asesorados por nuestros guías, analizando y trabajando juntos sobre los distintos acontecimientos acaecidos en nuestra última vida terrenal.
Los consejos que un guía nos da en la etapa de Orientación suponen un gran avance para el proceso de curación de nuestra alma.

De esta forma comenzamos nuestro proceso de auto evaluación donde los errores cometidos en nuestra última encarnación se muestran con toda su crudeza.
Nuestras motivaciones son criticadas pero nunca condenadas, ya que el perdón se extiende a todos en el mundo espiritual. Así comprenderemos que nuestro aprendizaje no tiene fin, y que ya tendremos otras oportunidades para poder avanzar más adelante en nuestro desarrollo.

¿QUE ES LA TRANSICIÓN DE LAS ALMAS?

Una vez pasada la etapa de orientación, somos conducidos a una gran área de Recepción. Ésta es en realidad una gran terminal central desde donde todas las almas parten hacia distintos destinos.  Luego, somos transportados en grandes números en una forma espiritual de transporte de masas Las almas, entonces, parecen millares de luces que se mueven en todas las direcciones. El viaje culmina cuando arribamos finalmente a nuestro sitio de origen. Es en este lugar, donde nos reencontramos con entidades muy queridas y otras que no lo son tanto, pertenecientes a nuestro grupo etario. Todas ellas, conforman grupos grandes o chicos dependiendo del desarrollo espiritual alcanzado.

Esta “agrupación de almas” reunidas según el grado de evolución constituiría el equivalente a concurrir “a clases”, en el nivel, acorde con nuestros conocimientos, en una “gran escuela” que alberga todas las almas.

LA DESIGNACIÓN DEL GRUPO

Contemplando nuestro Recorrido en el Espacio entre Vidas, es sorprendente ver como cada uno tiene un lugar asignado en el mundo espiritual. La ubicación de cada alma en un grupo se realiza según el nivel de desarrollo alcanzado. Luego de la muerte física, nuestra alma viaja a su lugar de origen, que es el espacio asignado para cada Colonia. Una excepción para este caso, sería cuando las almas son muy jóvenes o sufren algún tipo de aislamiento. Cuando arribamos al lugar, nos reunimos con almas amigas que tienen el mismo nivel de desarrollo. El número de almas en cada grupo así como el número de comunidades que ellas conforman es incontable. Los miembros de cada grupo están íntimamente relacionados por toda la eternidad. Están formados por almas que piensan en forma parecida, tienen objetivos comunes para los que trabajan en forma conjunta. Normalmente eligen reencarnar juntos como parientes o amigos durante sus Vidas en la Tierra.


En estas áreas comunales flotamos y realizamos distintas actividades. El aspecto más relevante a desarrollar en este espacio se relaciona con nuestro aprendizaje y la adquisición de distintos conocimientos necesarios para alcanzar un mayor desarrollo espiritual. Las características de estos “lugares de estudio” son muy disímiles. Varían desde un templo griego, pasando por un moderno edificio hasta un simple espacio esférico que nos rodea. Pero la característica común de todos los espacios espirituales es que sus dimensiones son enormes y parecerían no tener límite alguno.

¿COMO SE CLASIFICAN LAS ALMAS SEGÙN SU DESARROLLO EVOLUTIVO?

Las almas pueden clasificarse de acuerdo al nivel espiritual que van desarrollando. Los colores de energía de las almas están influidos por un movimiento vibratorio acorde a la armonía espiritual y grado de sabiduría alcanzada.
Podemos distinguir seis niveles de desarrollo:

 

  • Elemental: donde el tono de color cinético es blanco, brillante y homogéneo.
  • Intermedio Bajo: color blanco marfil con tonalidades amarillas y rojas.
  • Intermedio: color amarillo sin rastros de blanco.
  • Intermedio Alto: amarillo oscuro, dorado con tonalidades azules.
  • Avanzado: azul claro, sin rastros de amarillo que adquiere tonos morados.
  • Muy Avanzado: Morado, azulado oscuro

El aprendizaje y comienzo de nuestra evolución se inicia con la creación del alma y empieza a desarrollarse con nuestra primera vida física. Con cada reencarnación aumenta nuestra comprensión,

A pesar que a veces, en algunas vidas podemos tropezar y elegir el camino equivocado, decidimos retomar, encontrar el camino adecuado y seguir avanzando. De esta forma de encarnación en encarnación, nuestra alma se va desarrollando y avanzando en su nivel espiritual para así, ya no retroceder más. Luego de cada muerte en las distintas encarnaciones, transitamos el camino que nos conduce a un mundo espiritual conocido como el Espacio entre Vidas.

Para ello, nos desprendemos de nuestro antiguo cuerpo flotando por encima de él, dirigiéndonos hacia un túnel que constituye el pasaje entre el mundo terrenal y el espiritual. Así, flotando y dejándonos llevar, recorremos un oscuro trayecto con una sorprendente luz en su final. Al salir del mismo nos vemos invadidos por un profundo sentimiento de paz y amor. Hemos llegado al Espacio entre Vidas. Este constituye uno de los lugares más maravillosos que pueden ser explorados a través de la Terapia de Regresión a Vidas Pasadas.

Cuando arribamos, nos sentimos deslumbrados ante un espacio infinito, sin límites, luminoso y radiante. Algunas personas pueden llegar a observar construcciones gigantescas, hermosos paisajes, campos de flores y cielos brillantes. Otros podrán ver colores intensos o energía pura. Lo cierto es que las descripciones varían con cada persona y con cada encarnación. Después del impacto que éstas imágenes nos provocan, sentimos que la emoción nos invade nuevamente. Seres muy queridos han venido a recibirnos.

Acerca de La Vida entre Vidas

En su primer libro, La vida entre vidas, Newton compila las experiencias de 29 personas a las que indujo a un nivel de superconciencia hipnótica, que hablan acerca de qué se siente al morir, quién nos espera después de la muerte, cuál es la finalidad de la vida, cómo son y qué papel juegan los guías espirituales.

Título del libro: La Vida entre Vidas  Autor: Newton Michael

 

 

 

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Antes y después de la vida: vida


ANTES Y DESPUÉS DE LA VIDA: LA VIDA

Jorge Carvajal Posadas

 

1314

Si pudiéramos traducir el sentido de los descubrimientos de las ciencias emergentes en una metáfora cultural correspondiente, tendríamos los mejores argumentos para cambiar nuestra conciencia, y convertirnos en el cambio que el mundo necesita.

Vivimos hoy los efectos del viento huracanado de cambios acelerados que afectan desde la misma geofísica del planeta, hasta la cultura humana, incluyendo todas las expresiones de las relaciones entre la ciencia, la religión, la economía y la política.

En sólo sesenta años, a partir de la postguerra, hemos asistido a transformaciones planetarias que superan todos los cambios sucedidos en centenares de millones de años en la tierra. Para sostener el ritmo de consumo actual del llamado mundo desarrollado necesitaríamos los recursos de cuatro planetas como la tierra.

Podríamos producir alimentos para doce mil millones de seres humanos. Sin embargo de los siete mil millones actuales mil millones no alcanzan a comer el mínimo suficiente para sostener la vida dignamente. Nuestros sistemas de salud está en quiebra, los tratamientos médicos hospitalarios son una de las primeras causas de mortalidad, la economía está en cuidados intensivos, el miedo es endémico, el clima se ha vuelto impredecible. Todos los signos nos revelan que estamos en un vórtice caótico, en un punto crucial que precede a la catástrofe o a la emergencia a una nueva realidad En la cresta de la ola de la evolución, en un punto de bifurcación y de equilibrio inestable, no podremos ya nunca ser jamás lo que hemos sido. Estamos ante el desafío mayor de elegir en presente nuestro camino y, con él, nuestro destino. No se trata tanto de cuántos somos, sino de cómo vivimos, como nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

¿Habría alguna relación entre los recientes terremotos del Japón, Chile, la catástrofe nuclear de Fukushima? ¿Están relacionados la fusión de los glaciares, las grandes erupciones volcánicas que en el Norte y el Sur han puesto en jaque la aeronavegación, el cambio climático global y la fusión de antiguos separatismos y fronteras artificiosas? ¿Se relaciona todo esto con la emergencia de nuevas culturas, economías y países? ¿con el tsunami que transmuta la geopolítica al sur del mediterráneo? , con las burbujas que revientan la economía americana o espeñola? ¿con la crisis del dólar y el euro y la oscura gestación de nuevas hegemonías que no dudan en sacrificar todo atisbo de derechos humanos?.

¿ O será que simplemente sólo somos naves al garete a merced de corrientes sin sentido?

Si nos miráramos con la visión reduccionista que proyecta una progresiva emergencia de átomos y moléculas que se han ido encontrando al azar, podríamos pensar que no venimos de ninguna parte y no nos dirigimos a ningún lugar. Pero la experiencia cotidiana nos revela que cada cosa en la vida, como la vida misma, está llena de sentido. Miro ahora lo ojos de mis nietas y me parece imposible que hayan llegado hasta nosotros desde ninguna parte y por ningún camino- Adivino en su mirada la aventura de la luz que recrea la vida en el fondo mismo de su campo neuronal. Veo mi pasado y mi futuro fundidos en este segundo de ternura y descubro más allá del pensamiento y la emoción la alquimia sagrada de un presente lleno de sentido. Ni la razón ni la emoción separadas dan razón del sentimiento.. Pero en la fusión de emoción y de razón surge el sentimiento, espacio-tiempo profundo e intenso , como un agujero negro en el que morimos y estamos naciendo, instante a instante, para ser de nuevo.

Es simplemente increíble que alguien juegue a los dados con nosotros en el universo y que ninguno de nosotros tengamos nada que ver con todo esto. Buscando respuestas podríamos jugar al juego antiguo de los verdugos y las víctimas, para decirnos que han sido los otros, que la situación actual nada tiene que ver con nosotros, que hemos estado allí inocentemente, a lo mejor mirándonos el ombligo.

Pero, ¿ si fueran los gobernantes los responsables? Nosotros los hemos elegido ¿Si fueran los banqueros? En sus bancos hemos depositado nuestros ahorros, nuestra confianza, a ellos les pagamos intereses, y de ellos reclamamos los mejores intereses, sin saber que la bonanza posiblemente vendrá de la financiación de la deforestación o el tráfico de armas. A lo mejor nos podamos ahora decir que el caos de deriva de tantas injusticias cometidas por intereses oscuros. Nada más oscuro, anónimo e invisible que nuestra indiferencia, la mayor causa de injusticia y de violencia.

En un mundo interconectado, cuya esencia misma es la relación, no pudiéramos esperar cambios en la economía, sin cambios en las relaciones entre individuos, culturas y países. Pero estos cambios están simultáneamente relacionados con grandes transformaciones en el campo de las ciencias. Lo que creíamos de la materia y la energía, de la vida, del cerebro y las moléculas, se ha ido derrumbando de tal manera, que estamos asistiendo a un nuevo renacimiento.

Partimos de una concepción de la tierra como centro sometido al determinismo de leyes incomprensibles e inmutables, hasta que descubrimos que la tierra no era el centro y humanizamos la vida para que surgiera en el siglo de las luces la fecunda relación de ciencia y arte. Dejamos de ser el ombligo del mundo y, en la humildad de no ser el centro, descubrimos nuestro potencial humano en un renacimiento que nos liberaría de las cadenas de una visión trascendente que niega la inmanencia del ser. Descubrimos que, más allá de la fe, existía también la magia de la razón. Continuamos nuestro periplo descubriendo, en las leyes de la evolución, que no estábamos separados de la gran cadena de la vida y miramos con gratitud las huellas de la luz en la radiactividad y la transparencia mineral y el programa de las semillas floreciendo en propia nuestra humanidad. Y, con todo ello, vislumbramos el ascenso del hombre desde la entropía y la gravedad a la levedad de una consciencia ascendente.

Henos aquí hoy en un vórtice crucial, un cruce de caminos cósmicos que confluyen en la mota del polvo cósmico que es la tierra, para convertirnos en un agujero negro, una singularidad de la que emerge un nuevo mundo.

Estamos en el ojo del huracán. Pero podemos elegir estar en la periferia, en la que los veloces vientos nos impedirán vivir y ver con claridad.. Todo depende de nuestra actitud. ¿Podremos mantener la solidaridad, la cohesión, la unión céntrica más allá de los intereses periféricos para permanecer en ese centro humano donde podemos vivir según una escala de valores que recree la presencia participativa que da fuerza a la vida?

¿ Podemos sostenernos en ese centro de inclusividad, donde con el fuego céntrico del amor cinocndicional derritamos los intereses mezquinos y exclusivistas, para ser simplemente lo que somos: humanos, hermanos, partícipes de esa quintaesencia del alma colectiva, a la que vamos surgiendo sin tener que renunciar a lo sagrado de nuestra individualidad, nuestra unicidad?

¿ Podremos. al fin de cuentas, tenernos en cuenta y ser partícipes de una contabilidad humana en la que todos cuentan, para que entre todos generemos la verdadera economía de la abundancia: la libertad?.

¿Será posible conservar la paz del centro, en medio del cambio vertiginoso de los eventos, y sentir que somos nosotros mismos los que emergemos a un nuevo nivel de la conciencia.?

Somos únicos, si, pero no podemos ser humanos si no consagramos nuestra unicidad irrepetible al concierto de la humanidad. Que cada uno de la nota. Que cada uno sea, como decía Gandhi, el cambio que quiere para el mundo. Que cada uno se rebele contra toda forma de dependencia, para alcanzar en la interdependencia responsable la genuina expresión de una libertad con responsabilidad, esencia creadora de la nueva tierra.

Si pudiéramos traducir el sentido de los descubrimientos de las ciencias emergentes en una metáfora cultural correspondiente, tendríamos los mejores argumentos para cambiar nuestra conciencia. En los últimos 20 años la neurociencia y la epigenética han barrido todos nuestros viejos conceptos del ser humano que somos. La física nos habla de múltiples universos, de la plenitud del vacío, de la no localidad, de la superposición de estados y el profundo misterio del observador que, no sólo cambia lo observado, sino que también lo puede recrear. La biología nos conduce al poema de la autopoiesis , una vida que se auto-recrea, desde patrones de información y de conciencia que dirigen cascadas ordenadas de moléculas, participando en un concierto de cooperatividad.

Nos inventamos la vida, el cerebro mimetiza el mundo externo y lo reconstruye adentro: el mundo que vemos se refleja y se inventa al interior. Es ese mundo que proyectamos en nuestro modo de consumir, de ser, de vivir. Lo que sentimos de los otros es lo que en el fondo sentimos de nosotros. La emoción y el pensamiento integrados producen el mundo del sentir, la fuerza más poderosa para transformar nuestro modo de vivir. Ser en el mundo es un asunto de sentimientos.

¿Cómo nos sentimos? ¿Qué sentimos acerca del otro y de nosotros? ¿Nos sentimos queridos? ¿Amamos de verdad? ¿ Podemos sentir el árbol, la mirada, el hambre, la necesidad? Cuando de veras sentimos, somos, nos removemos por dentro, y así, conmovidos, renacemos a un mundo que ahora es también interior. El universo, todos los universos interpenetrados como un multiverso, se convierten en la singularidad del presente en uno mismo. El lugar donde al ser únicos damos nuestra nota, para que la sinfonía del cosmos resuene al interior. Si, más allá del conocer, sintiéramos en vivo hoy que el cerebro se reconstruye a si mismo, que la vida es un invento de la vida que se va renovando permanentemente, y que además del cuerpo y las moléculas vivimos en nuestra cultura, ya seríamos el cambio que el mundo necesita hoy.

Emergemos de la materia, si, pero al mismo tiempo la fuerza del espíritu desciende y su interacción es esta corriente de conciencia que somos. Estamos naciendo en cada momento. En cada instante morimos. Entre el nacimiento y la muerte como dos orillas, la gran corriente de la vida. No tendríamos porqué temer la muerte . No tendríamos porqué temer el renacer. Morir y renacer son las dos riberas de la vida. Y la vida es la corriente que nos conecta a la creación.

Antes y después de la vida, ni más ni menos que la vida.

Articulo difundido por

Ciudad Virtual de la Gran Hermandad Blanca – http://hermandadblanca.org/

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