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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS III


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- III

¡Hace tanto tiempo! Y todavía sigo sien­do la misma Margaret. Lo único que envejecen son nuestras vidas. Donde estamos, los siglos sólo son como segundos, y después de vivir mil vidas, nuestros ojos empiezan a abrirse. EUGENE O’NEILL

Antes de iniciar el tratamiento de Catherine, nunca había oído hablar de la terapia de regre­sión a vidas pasadas. En la época en que yo estu­diaba, el programa de enseñanza no incluía esta materia, ni en la Facultad de Medicina de Yale ni en ninguna otra. Todavía recuerdo perfectamen­te la primera vez que apliqué este método. Había indicado a Catherine que retrocediera en el tiem­po con el objetivo de descubrir traumas de la infancia que tenía reprimidos ti olvidados, y que yo pensaba que eran los responsables de su an­siedad y su depresión.

Ella había llegado a un estado de hipnosis profunda que yo le había provocado hablándo­le con voz suave y relajante. Muy concentrada, atendía a mis instrucciones.
En la primera sesión de terapia realizada una semana antes habíamos practicado la hipnosis por primera vez. Catherine había recordado al­gunos traumas de su infancia con bastante deta­lle y emoción. Normalmente, en la terapia de re­gresión, si los traumas olvidados que se evocan van acompañados de emociones, un proceso que recibe el nombre de «catarsis», el paciente em­pieza a mejorar.

Pero los síntomas de Catherine seguían siendo graves y supuse que lo mejor era que continuara recordando episodios de su ni­ñez aún más reprimidos. De esta manera podría mejorar.
Conseguí que se trasladara a la edad de dos años, pero no fue capaz de recordar nada significativo.
-Regresa al punto en donde tus síntomas empiezan a manifestarse -le ordené claramente y con firmeza.

Me quedé atónito al oír su respuesta.
-Veo unas escaleras de peldaños blancos que conducen a un edificio, un edificio blanco con columnas, abierto. N o hay puerta de entrada. Llevo un vestido largo… y un saco de tela tosca. Tengo el pelo rubio y largo, y lo llevo trenzado.
Era una mujer joven llamada Aronda que vi­vió hace unos cuatro mil años. Murió inespera­damente en una inundación o un maremoto que arrasó su pueblo.

-Unas olas enormes arrancan los árboles. N o hay escape posible. Hace frío, el agua está helada. Tengo que salvar a mi bebé, pero no pue­do… sólo puedo apretado bien fuerte entre mis brazos. Me ahogo; el agua me asfixia. No pue­do respirar, no puedo tragar… agua salada. Me arrancan a mi hija de las manos.
Durante este trágico y emotivo recuerdo, Catherine jadeaba y tenía dificultad para respi­rar. De repente, su cuerpo se relajó por completo y empezó a respirar profunda y regularmente.
-Veo nubes… Mi hija está conmigo. Y tam­bién otras personas de mi pueblo. Veo a mi her­mano.

Estaba descansando. Aquella vida había ter­minado. Aunque ni ella ni yo creíamos en otras vidas, acabábamos de vivir intensamente una ex­periencia ancestral.
De un modo increíble, el miedo al ahogo y a la asfixia prácticamente desapareció de la vida de Catherine después de aquella sesión. Yo sabía que la fantasía y la imaginación no podían curar aquellos síntomas crónicos, tan profundamente arraigados. Pero la memori4 catártica sí.

A medida que pasaban las semanas, Catherine iba recordando más vidas anteriores. Sus sínto­mas desaparecieron. Se curó sin la ayuda de me­dicamentos. Juntos descubrimos el poder curati­vo de la terapia de regresión.

Debido a mi escepticismo y a mi rigurosa for­mación científica, me costó mucho aceptar la existencia de vidas pasadas. Dos factores aca­baron minando mi escepticismo: uno rápido y I muy emotivo, y otro gradual e intelectual. En una de las sesiones, Catherine acababa de I recordar que en una vida anterior había muerto víctima de una epidemia que había asolado la re­gión. Cuando todavía se hallaba en profundo es­tado de trance, consciente de que flotaba por en­cima de su cuerpo, fue atraída hacia un hermoso rayo de luz. Empezó a hablar:
-Me dicen que hay muchos dioses, porque Dios está en cada uno de nosotros.
Entonces empezó a revelarme detalles muy íntimos sobre la vida y la muerte de mi padre y de mi hijo pequeño. Ambos habían muerto años atrás, muy lejos de Miami. Catherine, que era ayudante de laboratorio del Mount Sinai Hospi­tal, no sabía absolutamente nada de ellos. Nadie podía haberle proporcionado todos aquellos da­tos. En ningún lugar podía haber conseguido to­da aquella información. La precisión de sus deta­lles fue impresionante.
Yo estaba sobresaltado y me estremecía a me­dida que ella iba revelando aquellas ocultas, se­cretas verdades.
-¿Quién está contigo? ¿Quién te está expli­cando todo esto? -le pregunté.
-Los Maestros -susurró-, me hablan los Espíritus Maestros. Me cuentan que he vivido ochenta y seis veces en un cuerpo físico.

En el transcurso de las sesiones restantes, Catherine transmitió muchos más mensajes que procedían de estos Maestros, unos mensajes her­mosos sobre la vida y la muerte, sobre cuestio­nes espirituales y sobre el cometido de nuestra vida en la tierra. ,
Mis ojos empezaban a abrirse al tiempo que mi escepticismo era cada vez menor.
Recuerdo que pensaba: «Puesto que Catherine no se equivoca respecto a mi padre y mi hijo, ¿po­dría entonces averiguar algo sobre las vidas pasa­das, la reencarnación y la inmortalidad del alma?»Creía que sí.
Los Maestros también hablaban de las vidas anteriores.

Elegimos el momento en que entramos en nuestro estado físico y el momento en que lo abandonamos. Sabemos cuándo hemos cum­plido la tarea que se nos encomendó realizar aquí en la tierra. Sabemos cuándo se nos aca­ba el tiempo y entonces aceptamos nuestra muerte. Pues sabemos qué esta vida que he­mos vivido ya no da más de sí. Cuando llegue el momento, cuando hayamos disfrutado del tiempo necesario para descansar y alimentar de energía nuestra alma, se nos permitirá es­coger nuestro regreso al estado físico. Aque­llos que dudan, que no están seguros de que­rer regresar aquí, es probable que pierdan la oportunidad que se les ha brindado, la opor­tunidad de cumplir con su deber cuando se hallan en estado físico.

Desde que viví esta experiencia con Catheri­ne, he sometido a la terapia de regresión a más de mil pacientes. Pocos, muy pocos, alcanzaron el nivel de los Maestros. Sin embargo, he observa­do una sorprendente mejoría clínica en la mayo­ría de estas personas. He visto cómo los pacien­tes recuerdan un nombre durante la evocación de una vida anterior reciente y después he en­contrado documentos que verifican la existencia de esa persona en el pasado, confirmando los de­talles de la rememoración. Algunos pacientes in­cluso han encontrado sus propias tumbas de vi­das anteriores.

Varios de mis pacientes han pronunciado al­gunas palabras en idiomas que nunca han apren­dido o incluso oído en su vida actual. También he examinado a algunos niños que hablan len­guas extranjeras que no han aprendido con ante­rioridad. A esta capacidad se la denomina «xeno­glosia» .

He leído artículos de otros científicos que trabajan con la terapia de regresión y que han llegado a conclusiones muy similares a las mías.
Tal como describo con detalle en mi segundo libro, A través del tiempo, este método es muy útil para pacientes de distintas patologías, espe­cialmente para aquellos que sufren trastornos emocionales y psicosomáticos.

La terapia de regresión es también muy prác­tica cuando se trata de identificar y eliminar los hábitos negativos recurrentes en un paciente, co­mo por ejemplo la drogadicción, el alcoholismo y los problemas en las relaciones.
Muchos de mis pacientes evocan hábitos, trau­mas y relaciones desequilibradas que no sólo se manifestaron en sus vidas pasadas, sino que si­guen apareciendo en su vida actual.

Pondré como ejemplo el caso de una paciente que al regresar a una de sus vidas anteriores re­cordó que tenía un marido agresivo y violento que ha aparecido de nuevo en el presente encar­nado en su padre. Una pareja muy conflictiva descubrió que se habían matado mutuamente en cuatro de sus vidas pasadas. Las historias y las pautas son interminables.
Cuando se ha identificado la pauta que se re­pite constantemente y se entienden los motivos de su manifestación, entonces puede romperse. No tiene sentido seguir sufriendo.

No es obligatorio que el terapeuta y el pa­ciente crean en la existencia de vidas anteriores para que la técnica y el proceso de la terapia de regresión funcionen. Pero si se intenta, es fre­cuente que se obtenga una mejoría.

Casi siempre se produce un crecimiento espi­ritual.

En una ocasión sometí a la terapia de regre­sión a un suramericano que recordaba haberse pasado una vida entera atormentado por los re­mordimientos, tras haber formado parte del equipo que colaboró en la elaboración y más tar­de en el lanzamiento de la bomba atómica en Hi­roshima con el objetivo de poner fin a la Segun­da Guerra Mundial. Actualmente es radiólogo en un importante hospital y utiliza la radiación y los avances tecnológicos para salvar vidas en lu­gar de exterminadas. En su vida actual este hom­bre es un ser sensible, bondadoso y solidario.

Éste es un ejemplo de cómo puede evolucio­nar el alma y transformarse aunque haya pasado por vidas deleznables. Lo más importante es aprender, no juzgarse. Él aprendió lecciones de su vida durante la Segunda Guerra Mundial y ha aplicado sus conocimientos y habilidades para ayudar a otras almas en su vida actual. El senti­miento de culpabilidad que sintió en su vida an­terior no es importante. Lo que cuenta es apren­der del pasado, y no seguir pensando en ello y sintiéndose culpable.
Según una encuesta de USA Today/CNN/ Gallup realizada el 18 de diciembre de 1994, la creencia en la reencarnación está aumentando en Estados U nidos, un país que no se caracteriza por ir a la zaga en estos fenómenos. El porcentaje de estadounidenses adultos que cree en la reencarna­ción es del 27 %, cuando en 1990 era del 21 %.

Pero todavía hay más. El porcentaje de los que creen que puede establecerse contacto con los muertos ha aumentado del 18 % en 1990 al .28 % en diciembre de 1994. El 90 % cree en la existencia del cielo y el 79 % en los milagros. Hasta me parece oír a los espíritus aplaudiendo.

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS 2


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- II-
2

Siempre había tenido la sensación de que mi vida, tal como la viví era una historia sin principio ni final. Me sentía como un fragmento histórico, un pasaje aislado, al que no precede ni sigue ningún texto. Po­día imaginarme perfectamente que tal vez había vivido en siglos anteriores y me ha­bía hecho preguntas que todavía no era capaz de responder; que tenía que volver a nacer porque no había cumplido la tarea que se me había asignado.
CARL JUNG

Elizabeth era una chica atractiva, alta y del­gada, rubia, de pelo largo y mirada triste. Cuan­do se sentó con aire inquieto en el sillón abatible de piel de color blanco de mi despacho, advertí que sus melancólicos ojos azules, salpicados de motas de color avellana, desmentían la impre­sión de severidad que causaba su estricto y hol­gado traje chaqueta azul marino. Elizabeth, tras haber leído Muchas vidas, muchos maestros e iden­tificarse en muchos aspectos con Catherine, la heroína del libro, sintió la necesidad de visitarme en busca de aliento.

-No acabo de entender por qué has venido a verme -le comenté para romper el hielo.
Había echado un vistazo a su historial. A los pacientes nuevos les hago rellenar un impreso: nombre, edad, antecedentes familiares, principa­les enfermedades y síntomas. Las afecciones más importantes de Elizabeth eran la aflicción, la an­gustia y el insomnio-.
A medida que iba hablando, añadí mental­ mente a su lista las relaciones personales.
-Mi vida es un caos -declaró.
Su historia empezó a salir a borbotones, co­mo si por fin se sintiera segura para hablar de es­tas cosas.

La liberación de una presión encerrada en su interior era palpable. A pesar de lo dramática que era su vida y de la profundidad de las emociones que se ocultaban detrás de lo que decía, Elizabeth trató enseguida de restarle importancia.
-Mi vida no es ni mucho menos tan dramá­tica como la de Catherine -dijo-. Nadie escri­biría un libro sobre mí.

Dramática o no, su historia seguía su curso.
Elizabeth era una mujer de negocios que diri­gía una floreciente empresa de contabilidad en Miami. Tenía treinta y dos años, y se había cria­do en Minnesota, en un ambiente rural, rodeada de animales en una enorme granja, junto a sus padres y su hermano mayor. Su padre era un tra­bajador nato, de carácter estoico. Le resultaba muy difícil expresar sus sentimientos. Cuando mostraba alguna emoción, solía ser la furia y la rabia. Perdía el control y se desahogaba brusca­mente con su familia; incluso había pegado algu­na vez a su hijo.

A Elizabeth le reprendía sólo verbalmente, pero ella se sentía muy herida.
Todavía llevaba en su corazón aquella herida de la infancia. Los reproches y críticas de su pa­dre habían dañado la imagen que tenía de sí mis­ma y un profundo dolor atenazaba su corazón. Estaba apocada y se sentía inferior, y le preocu­paba que los demás, los hombres en particular, se dieran cuenta de sus defectos.
Afortunadamente, los arrebatos de su padre no eran frecuentes; además solía encerrarse en su caparazón con la frialdad y el estoicismo que ca­racterizaban su conducta y su personalidad.

La madre de Elizabeth una mujer inde­pendiente y progresista. Fomentaba la confianza de Elizabeth en sí misma y al mismo tiempo la cuidaba con afecto. La época y los hijos hicieron que permaneciera en la granja y aguantara, no sin reproches, la severidad y el retraimiento emo­cional de su marido.
-Mi madre era una santa -continuó expli­cando Elizabeth-. Siempre estaba allí, cuidán­donos, sacrificándose por sus hijos.
Elizabeth, la pequeña, era la preferida de su madre. Tenía muy buenos recuerdos de su niñez. Los momentos más tiernos eran aquellos en los que se había sentido más cerca de su madre. Aquel amor tan especial las unía y no cesó con el paso de los años.
Elizabeth creció, terminó el bachillerato y se fue a Miami a estudiar en la universidad gracias a una generosa beca. Para ella Miami representaba ­una exótica aventura, y ejercía una gran atrac­ción sobre ella, que provenía del frío Medio Oeste. A su madre le entusiasmaban las aventu­ras de Elizabeth. Eran amigas íntimas y, aunque se comunicaban principalmente por correo y por teléfono, su relación seguía siendo sólida. Las vacaciones eran épocas de gran felicidad, pues Elizabeth casi nunca se perdía la oportuni­dad de volver a casa.
En alguna de estas visitas, su madre mencionó la posibilidad de retirarse al sur de Florida en el futuro para así estar cerca de su hija. La granja era grande y cada vez resultaba más difícil man­tenerla. La familia había ahorrado una buena cantidad de dinero que aumentaba gracias a la sobriedad del padre. Elizabeth estaba deseando vivir cerca de su madre otra vez; de esa forma sus conversaciones, casi diarias, ya no tendrían que ser telefónicas.
Elizabeth decidió quedarse en Miami tras ter­minar los estudios.

Creó su propia empresa y la fue afianzando poco a poco. La competencia era feroz y el trabajo absorbía buena parte de su tiempo. Las relaciones con los hombres no ha­cían más que aumentar su estrés.
Entonces ocurrió la catástrofe.

Aproximadamente ocho meses antes de que viniera a verme, Elizabeth se hundió en la triste­za a causa de la muerte de su madre, provocada por un cáncer de páncreas. Sentía como si su co­razón se hubiera roto en mil pedazos, como si se lo hubieran arrancado. Estaba atravesando un período de profundo dolor. N o conseguía acep­tar la muerte de su madre, no entendía por qué había tenido que ocurrir.

Angustiada, me explicó cuánto había luchado su madre contra aquel cáncer virulento que estaba devastando su cuer­po. Sin embargo, su espíritu y su amor permane­cieron intactos. Ambas sintieron una profunda tristeza. La separación física era inevitable y se acercaba lenta pero inexorablemente.

El padre de Elizabeth, quien lloraba ya la pérdida, todavía se distanció más de la familia y se encerró en su soledad. Su hermano, que vivía en California con su familia, acababa de cambiar de trabajo y esta­ba alejado de ellos. Elizabeth, por su parte, viaja­ba a Minnesota siempre que podía.
No tenía a nadie con quien compartir sus miedos y su aflicción. No quería ser una carga para su agónica madre. Se reservaba sus penas para ella y por consiguiente se sentía cada vez más apesadumbrada.

-Voy a echarte tanto de menos… Te quiero -le decía su madre-. Para mí, lo más doloroso es abandonarte. No tengo miedo a morir. No te­mo lo que me espera. Simplemente no quiero de­jarte todavía.

A medida que su salud se iba debilitando, su firme propósito de sobrevivir perdía fuerza. Sólo la muerte podría liberada de la agonía y el sufri­miento. Finalmente llegó el día.
La madre de Elizabeth se hallaba en una pe­queña habitación del hospital, rodeada de su fa­milia y sus amigos. Empezaba a respirar con di­ficultad. La sonda ya no drenaba; sus riñones habían dejado de funcionar. Iba alternando entre la conciencia y la inconsciencia.

En un momen­to en que Elizabeth se encontró a solas con su madre, ésta abrió ligeramente los ojos en un ins­tante de conciencia. -No te abandonaré -le dijo de repente con voz firme-. ¡siempre te querré!
Aquéllas fueron las últimas palabras que Elizabeth oyó pronunciar a su madre, que ensegui­da entró en coma. Su respiración era. cada vez más entrecortada, interrumpida por largos silen­cios, hasta que de pronto se iniciaron los esterto­res de la agonía.

No tardó en morirse. Elizabeth sintió un va­cío inmenso en su corazón y en su vida. Incluso sentía un dolor físico en el pecho. Tenía la sensa­ción de que siempre le iba a faltar algo. Lloró du­rante meses..
Añoraba las frecuentes conversaciones telefó­nicas con su madre. Intentó comunicarse con su padre más a menudo, pero él seguía tan intro­vertido como siempre y nunca tenía mucho que decir. Podía pasarse uno o dos minutos sin pronunciar palabra junto al auricular del teléfo­no. No era capaz de animar a su hija. Él también sufría, y esto le hacía aislarse todavía más. Su hermano, que vivía en California con su espo­sa y sus dos hijos pequeños, también se sentía muy afligido por la pérdida, pero tenía que ocu­parse de su familia y su trabajo.

El sufrimiento de Elizabeth desembocó en una depresión con unos síntomas cada vez más graves. Le costaba mucho dormir. Le resultaba difícil conciliar el sueño; se despertaba demasiado temprano por la mañana y era incapaz de vol­ver a dormirse.Perdió el apetito y empezó a adelgazar. Su energía había disminuido notable­mente. Ya no tenía interés por las amistades y su capacidad de concentración era cada vez menor.

Antes de la muerte de su madre, la ansiedad de Elizabeth se relacionaba principalmente con el trabajo: plazos de entrega y decisiones de res­ponsabilidad. A veces también la angustiaba la / relación con los hombres; no sabía cómo actuar ni cómo responderían ellos.
Sin embargo, el nivel de ansiedad de Eliza­beth aumentó espectacularmente tras la muerte de su madre. Había perdido a su confidente, consejera y amiga más íntima. Ya no podía con­tar con su principal apoyo y punto de referencia. Se sentía desorientada, sola y perdida.

Me llamó para pedir hora de visita. Vino a verme con la intención de averiguar si en una vida anterior había estado junto a su madre o para intentar comunicarse con ella a tra­vés de alguna experiencia mística. En algunas conferencias y publicaciones yo había hablado de las personas que, en un estado de meditación, habían tenido estos encuentros místicos con se­res queridos. Elizabeth había leído mi primer li­bro y sabía que se podía tener este tipo de experiencias.

A medida que la gente va aceptando que es posible, incluso probable, que la conciencia siga existiendo después de abandonar el cuerpo, em­pieza a vivir cada vez más este tipo de experien­cias místicas en los sueños y en otros estados de alteración de la conciencia. Es difícil decir si es­tos encuentros son reales o no. Pero lo que pare­ce evidente es que son intensos y muy emotivos.

A veces la persona incluso recibe información concreta, hechos o detalles que sólo eran conoci­dos por los difuntos. Estas revelaciones que se producen durante los encuentros espirituales no pueden atribuirse únicamente a la imaginación. Ahora estoy convencido de que se obtienen es­tos nuevos conocimientos y tienen lugar estos encuentros no porque las personas deseen o ne­cesiten que esto ocurra, sino porque simplemen­te así es como se establecen los contactos.

Los mensajes suelen ser muy parecidos, espe­cialmente en los sueños: «Estoy bien. Me siento perfectamente. Cuídate. Te quiero.»
Elizabeth deseaba ponerse en contacto con su madre. Necesitaba algún tipo de bálsamo para aliviar su continuo dolor.
Durante la primera sesión descubrí nuevos aspectos de su vida.

Había estado casada por poco tiempo con un contratista local que tenía dos hijos de su primer matrimonio. Era una buena persona y, a pesar de no estar locamente enamorada de él, ella pensó que aquella unión podía proporcionar cierta es­tabilidad a su vida. Sin embargo, la pasión con­yugal no se crea artificialmente. Puede haber respeto y compasión, pero la química entre .los dos tiene que existir desde el principio. Cuando Elizabeth descubrió que su marido mantenía re­laciones con otra mujer por la que sentía más pasión y entusiasmo rompió con él a regañadien­tes. Lamentó mucho la ruptura y el hecho de se­pararse de los niños, pero no sufrió por el divor­cio. La pérdida de su madre fue mucho más grave para ella.

Elizabeth era guapa, y por ello le resultó fácil establecer relaciones con otros hombres después de su divorcio, pero tampoco éstas se caracteri­zaron por la pasión. Empezó a dudar de sí mis­ma y a preguntarse qué había en ella que la inca­pacitara para establecer buenas relaciones con los hombres. «¿ Qué hay de malo en mí?», se preguntaba constantemente. Las dudas iban me­llando su autoestima.
Las mordaces y dolorosas críticas que su pa­dre le había dirigido durante su infancia le ha­bían causado unas heridas psicológicas que vol­vían a abrirse con cada fracaso en sus relaciones con los hombres.

Elizabeth empezó a salir con un profesor de una universidad cercana, pero éste no quiso comprometerse con ella debido a sus propios te­mores. Aunque en su relación había mucha ter­nura y comprensión, y a pesar de que se enten­dían bastante bien, la incapacidad de él para comprometerse y confiar en sus propios senti­mientos condenó la relación a un final desabrido e insustancial.Unos meses después, Elizabeth conoció a un I próspero banquero con quien inició una nueva : relación. Ella se sentía segura y protegida, aun­que, una vez más, no había mucha química entre ellos. Sin embargo él, que se sentía muy atraído por Elizabeth, se enfadaba mucho y sentía celos cuando ella no le correspondía con la energía y el entusiasmo que él esperaba. Empezó a beber, y su actitud se fue volviendo cada vez más agresi­va. Elizabeth también puso fin a esta relación.

Poco a poco había ido perdiendo la esperanza de encontrar un hombre con quien pudiera esta­blecer una relación íntima y satisfactoria.
Se sumergió totalmente en su trabajo, amplió su empresa y se recluyó entre números, cálculos y papeles. Su vida social se reducía básicamente a los compañeros de trabajo. Si de vez en cuando algún hombre le proponía salir, siempre se las arreglaba para que él perdiera el interés antes de que surgiera algo importante entre ellos.
Elizabeth era consciente de que se estaba ha­ciendo mayor, pero todavía tenía la esperanza de que algún día encontraría al hombre perfecto. De todas formas, había perdido mucha con­fianza.

La primera sesión, dedicada a recoger infor­mación sobre su vida, a establecer un diagnósti­co y un enfoque terapéutico y a plantar las semi­llas de la confianza en nuestra relación, había terminado. El hielo se había roto. Por el momen­to, decidí no recetarle Prozac ni ninguna otra clase de antidepresivos. Mi objetivo era curarla, no enmascarar los síntomas.En la siguiente sesión, una semana más tarde, iniciaría el arduo viaje retrospectivo hacia el pa­sado.

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Almas Gemelas


Almas Gemelas. “La Convicción en tu Corazón de que tu Alma Gemela existe”

Almas Gemelas. ¿Como Contactar con tu Alma Gemela?

Compartido por Susana Peralta

ALMAS GEMELAS

ACLARACION SOBRE EL TERMINO “ALMAS GEMELAS”

 El tema de las almas gemelas ha suscitado siempre un especial interés.

Es un tema generalmente envuelto por una aureola romántico folclórica que poco tiene que ver con la realidad.

La realidad es que almas gemelas es lo que define a la humanidad: todos somos almas gemelas de todos, todos estamos aquí formando una unidad de evolución. Somos el género humano: generamos, creamos, nos relacionamos. El avance de uno de nosotros involucra el avance de todos sus demás congéneres.

Sin embargo, la ley de afinidad es una de las más poderosas que operan en nuestra trayectoria evolutiva, tanto de misión como de aprendizaje.

En ese sentido, encarnamos en la tercera dimensión dentro de una familia energética que incluye el entorno familiar, social, laboral y sentimental.

Somos y pertenecemos a una especie de “tribu” energética formada por muchas, muchas almas, encarnadas en cuerpos y unidas por un sistema de red lumínica que nos enlaza todos.

Esta tribu energética amalgama a todas las personas con la que nos vayamos encontrando a lo largo de cada existencia, de cada vida: serán todas las personas con las que vayamos a mantener una relación, ya sea esta relación corta, larga, positiva, intensa, superficial, dolorosa, momentánea o duradera, familiar, sentimental, de compromiso.. . ni una sola de nuestras relaciones es casual sino causal. Ni siquiera lo aparentemente sin importancia deja de ser importante.

Un solo cruce de miradas con un desconocido que jamás volveremos a ver puede ser importante, de vital importancia, ya que no solo nos comunicamos e intercambiamos experiencias con el trato, las palabras o los gestos, existe otros tipos de intercambios y ayudas: los energéticos.

Permanentemente vivimos dentro de un campo energético llamado aura. Este campo energético está compuesto por miles y miles de filamentos o canales que están permanentemente activos. En estos canales se encuentra multitud de información y gran cantidad de posibilidades de información, intercambio, conexiones, posibilidades, limitaciones, atributos, dones, capacidades, etc.

A nivel frecuencia, una simple mirada con un desconocido que pase por nuestro lado puede tener una trascendental importancia para nuestro proceso evolutivo. Este proceso no es intelectual, es más, apenas podemos comprenderlo con la mente, ni siquiera llegar a atisbar la importancia del posible intercambio de información recibido.

Se puede decir que cada persona con la que nos relacionamos es un enlace más de posibilidad para la propia evolución, ya que se dan intercambios energéticos que van abriendo puntuales oportunidades de aprendizaje, de enseñanza, de ayudas, de facilidades.

Cuanto más íntima sea la relación, cuanto más frecuente sea la unión y más circunstancias y vivencias se compartan, más conexión se intercambia, más afinidad o rechazo se establece.

Este es el motivo por el cual algunas de nuestras relaciones permanecen para siempre y otras solo son transitorias: a nivel energético, el intercambio que se tenía que dar cumple su cometido y los enlaces se debilitan, no siendo ya necesario que siga existiendo la conexión en el plano físico; a nivel sutil, energético, de sistema de red lumínica, esta conexión seguirá estando.

Es como, por ejemplo, un complicadísimo, delicado y precioso sistema de luz eléctrica: la instalación de grandes dimensiones para abastecer una Amplísima zona puede contar con cientos de cables, montones de interruptores e infinidad de terminales. Sin embargo, aunque dichas conexiones siempre están relacionadas entere sí, no todas lo hacen a la vez ni cumplen el mismo cometido.

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KARMA


KARMA

ADN cosmico 4


LA LEY DEL KARMA

La Ley del Karma es una de las verdades más antiguas que se conoce y ha sido revelada a la humanidad por los Grandes Maestros y las Grandes Almas que han vivido a lo largo de la historia, desde tiempos muy remotos, desde Buda y Krishna, Lao Tse y Confucio, Platón y Sócrates, el mismo Jesucristo lo predicó en muchas enseñanzas, inclusive en Mateo 17 admite a sus discípulos que Juan el Bautista es la reencarnación de Elías el profeta.
 
Los cristianos de los primeros siglos creían en la Reencarnación fielmente, hay numerosas citas biblicas que así lo demuestran, pero en el siglo III cuando la Iglesia adquiridió poder en Roma y se hizo religión oficial se expurgaron textos y se hicieron innumerables correcciones porque la entonces naciente Iglesia que llegaría a ser una institución política muy fuerte temía que si las personas creían en la Reencarnación
no le tendrían miedo al Infierno y la única manera que tenía la Iglesia de poder mantenida a la población a su poder era con el constante miedo de un Infierno eterno a donde irían las almas de los que no se bautizaban o los que no seguían lo que la Iglesia enseñaba.
 
De ahí surgieron tantos males: la intolerancia, la arrogancia, la Inquisición, el dominar otros países destruyendo las creencias de los naturales para imponer la nueva religión, la esclavitud en la que se esclavizaban seres humanos encadenados en Africa y luego se les obligaba a renunciar a sus creencias porque si no iban al infierno.
Hoy día inclusive, en aquellos países donde la religión es oficial como en Afghanistan por ejemplo y ciertos países fundamentalistas, hay una gran intolerancia y un fanatismo exacerbado que causa dolor, muerte y tristeza.
 
En el nombre de la religión se han asesinado millones de seres humanos y a otros se han torturado y esclavizado. Sin embargo, en el fondo, en esencia, todas las religiones enseñan lo mismo y cuando las personas de buena fe se unen para encontrar los puntos comunes en todas las religiones surgen los hermosos movimientos espirituales como los que ahora florecen en la Nueva Era, las enseñanzas de la Yoga, de Maestros como Paramahansa Yogananda, Sai Baba, del mismo San Francisco de Asis y la Madre Teresa de Calcutta que no se aprovechaba de sus pobres personas moribundas para convertirlas al Catolicismo que ella practicaba con fe… sino que a la que había sido hindú toda su vida la ayudaba a morir en las creencias de su religión, y lo mismo hacía con la musulmana.
 
La Ley del Karma es la Ley de la Justicia Divina, de las oportunidades… cuando hacemos algo positivo, bueno en el sentido universal (no porque esté escrito en una constitución o una ley, sino porque sea bueno por naturaleza ya que hay leyes injustas) entonces estamos generando buen Karma de lo contrario atraemos mal Karma.
Hay personas que nacen ya con un Karma muy lindo porque han evolucionado mucho y cuando entramos en contacto con ellas recibimos sus vibraciones de amor, tolerancia y respeto… hay otras que lamentablemente traen sus Karmas negativos y lo que emiten por su aura es sentimientos de frustraciones, negativismos, maldiciones, quejas, tristezas, derrotismo, dolor, angustia, celos, envidias, murmuraciones, pobreza de espíritu.
 
En ese caso esto debe inspirarnos siempre compasión, no lástima sino compasión y no creernos superiores ni juzgar a los demás sino tratar de ser cada día nosotros mejores seres humanos con la convicción de que mientras mejor seamos mejor será el mundo que nos rodea, al fin y al cabo, esto lo expresó en los dos grandes mandamientos el sublime Maestro Jesús “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, pero para amar al prójimo como a uno mismo uno tiene que empezar por amarse uno de la manera espiritual no egoica no del Ego Falso ni del Yo arrogante sino el amor que surge de saber que Tú Yo y todos somos Uno con el Todo y que de la misma manera que todos los ríos conducen al mar, todos los caminos positivos de evolución espiritual conducen a Dios y que al final de la jornada, como gotas de agua nos incorporaremos al océano.
 
La gota no evolucionada pensaría… que horror dejaré de ser gota, pero la gota evolucionada dirá… que maravilla voy a convertirme en océano. Solamente cuando tengamos la segunda actitud es que estamos listos para entrar en el Gran Link donde el tiempo no existe y la eternidad es la única realidad… entonces ya habremos aprendido porque para eso pasamos tantas evoluciones y tantas escuelas en la tierra y como dice la Biblia: Seremos como Dioses… lo mismo que enseñan las Grandes Religiones y Filosofías ya que en la Verdad no hay contradicción.
 
 
 
AMOR

Amor y karma

 
 EL AMOR Y EL KARMA
 
El amor es la fuerza más poderosa del universo. Ni siquiera el tiempo, el nacimiento, la muerte pueden destruir los lazos del amor.
 
La separación física de los seres queridos es transitoria, la comunicación siempre continúa en otros niveles. Aquellas personas que se conocieron y amaron en el pasado reencarnan en el futuro. Aunque no recuerden sucesos de sus vidas pasadas se sentirán fuertemente atraídos el uno al otro.
 
En cada nueva reencarnación el amor se profundiza y poco a poco va creciendo para ser cada vez menos egoísta, más desinteresado hasta que después de muchas, muchas vidas, es perfecto.
 
Generalmente las personas con las cuales uno se relaciona en esta vida han estado muy cerca de nosotros en vidas anteriores.
 
 Las relaciones pudieron haber sigo de padre a hijo, esposo a esposa, amigos íntimos, parientes, etc.
 
El sexo no importa, pero cuando en esta vida uno está muy enamorado de alguien y el amor perdura y tiene características singulares lo más probable es que hayan estado juntos en el pasado, en otras vidas anteriores.

Consulta por el Estudio de Vidas Pasadas

From Vidas Pasadas, post KARMA


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Antes y después de la vida: vida


ANTES Y DESPUÉS DE LA VIDA: LA VIDA

Jorge Carvajal Posadas

 

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Si pudiéramos traducir el sentido de los descubrimientos de las ciencias emergentes en una metáfora cultural correspondiente, tendríamos los mejores argumentos para cambiar nuestra conciencia, y convertirnos en el cambio que el mundo necesita.

Vivimos hoy los efectos del viento huracanado de cambios acelerados que afectan desde la misma geofísica del planeta, hasta la cultura humana, incluyendo todas las expresiones de las relaciones entre la ciencia, la religión, la economía y la política.

En sólo sesenta años, a partir de la postguerra, hemos asistido a transformaciones planetarias que superan todos los cambios sucedidos en centenares de millones de años en la tierra. Para sostener el ritmo de consumo actual del llamado mundo desarrollado necesitaríamos los recursos de cuatro planetas como la tierra.

Podríamos producir alimentos para doce mil millones de seres humanos. Sin embargo de los siete mil millones actuales mil millones no alcanzan a comer el mínimo suficiente para sostener la vida dignamente. Nuestros sistemas de salud está en quiebra, los tratamientos médicos hospitalarios son una de las primeras causas de mortalidad, la economía está en cuidados intensivos, el miedo es endémico, el clima se ha vuelto impredecible. Todos los signos nos revelan que estamos en un vórtice caótico, en un punto crucial que precede a la catástrofe o a la emergencia a una nueva realidad En la cresta de la ola de la evolución, en un punto de bifurcación y de equilibrio inestable, no podremos ya nunca ser jamás lo que hemos sido. Estamos ante el desafío mayor de elegir en presente nuestro camino y, con él, nuestro destino. No se trata tanto de cuántos somos, sino de cómo vivimos, como nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

¿Habría alguna relación entre los recientes terremotos del Japón, Chile, la catástrofe nuclear de Fukushima? ¿Están relacionados la fusión de los glaciares, las grandes erupciones volcánicas que en el Norte y el Sur han puesto en jaque la aeronavegación, el cambio climático global y la fusión de antiguos separatismos y fronteras artificiosas? ¿Se relaciona todo esto con la emergencia de nuevas culturas, economías y países? ¿con el tsunami que transmuta la geopolítica al sur del mediterráneo? , con las burbujas que revientan la economía americana o espeñola? ¿con la crisis del dólar y el euro y la oscura gestación de nuevas hegemonías que no dudan en sacrificar todo atisbo de derechos humanos?.

¿ O será que simplemente sólo somos naves al garete a merced de corrientes sin sentido?

Si nos miráramos con la visión reduccionista que proyecta una progresiva emergencia de átomos y moléculas que se han ido encontrando al azar, podríamos pensar que no venimos de ninguna parte y no nos dirigimos a ningún lugar. Pero la experiencia cotidiana nos revela que cada cosa en la vida, como la vida misma, está llena de sentido. Miro ahora lo ojos de mis nietas y me parece imposible que hayan llegado hasta nosotros desde ninguna parte y por ningún camino- Adivino en su mirada la aventura de la luz que recrea la vida en el fondo mismo de su campo neuronal. Veo mi pasado y mi futuro fundidos en este segundo de ternura y descubro más allá del pensamiento y la emoción la alquimia sagrada de un presente lleno de sentido. Ni la razón ni la emoción separadas dan razón del sentimiento.. Pero en la fusión de emoción y de razón surge el sentimiento, espacio-tiempo profundo e intenso , como un agujero negro en el que morimos y estamos naciendo, instante a instante, para ser de nuevo.

Es simplemente increíble que alguien juegue a los dados con nosotros en el universo y que ninguno de nosotros tengamos nada que ver con todo esto. Buscando respuestas podríamos jugar al juego antiguo de los verdugos y las víctimas, para decirnos que han sido los otros, que la situación actual nada tiene que ver con nosotros, que hemos estado allí inocentemente, a lo mejor mirándonos el ombligo.

Pero, ¿ si fueran los gobernantes los responsables? Nosotros los hemos elegido ¿Si fueran los banqueros? En sus bancos hemos depositado nuestros ahorros, nuestra confianza, a ellos les pagamos intereses, y de ellos reclamamos los mejores intereses, sin saber que la bonanza posiblemente vendrá de la financiación de la deforestación o el tráfico de armas. A lo mejor nos podamos ahora decir que el caos de deriva de tantas injusticias cometidas por intereses oscuros. Nada más oscuro, anónimo e invisible que nuestra indiferencia, la mayor causa de injusticia y de violencia.

En un mundo interconectado, cuya esencia misma es la relación, no pudiéramos esperar cambios en la economía, sin cambios en las relaciones entre individuos, culturas y países. Pero estos cambios están simultáneamente relacionados con grandes transformaciones en el campo de las ciencias. Lo que creíamos de la materia y la energía, de la vida, del cerebro y las moléculas, se ha ido derrumbando de tal manera, que estamos asistiendo a un nuevo renacimiento.

Partimos de una concepción de la tierra como centro sometido al determinismo de leyes incomprensibles e inmutables, hasta que descubrimos que la tierra no era el centro y humanizamos la vida para que surgiera en el siglo de las luces la fecunda relación de ciencia y arte. Dejamos de ser el ombligo del mundo y, en la humildad de no ser el centro, descubrimos nuestro potencial humano en un renacimiento que nos liberaría de las cadenas de una visión trascendente que niega la inmanencia del ser. Descubrimos que, más allá de la fe, existía también la magia de la razón. Continuamos nuestro periplo descubriendo, en las leyes de la evolución, que no estábamos separados de la gran cadena de la vida y miramos con gratitud las huellas de la luz en la radiactividad y la transparencia mineral y el programa de las semillas floreciendo en propia nuestra humanidad. Y, con todo ello, vislumbramos el ascenso del hombre desde la entropía y la gravedad a la levedad de una consciencia ascendente.

Henos aquí hoy en un vórtice crucial, un cruce de caminos cósmicos que confluyen en la mota del polvo cósmico que es la tierra, para convertirnos en un agujero negro, una singularidad de la que emerge un nuevo mundo.

Estamos en el ojo del huracán. Pero podemos elegir estar en la periferia, en la que los veloces vientos nos impedirán vivir y ver con claridad.. Todo depende de nuestra actitud. ¿Podremos mantener la solidaridad, la cohesión, la unión céntrica más allá de los intereses periféricos para permanecer en ese centro humano donde podemos vivir según una escala de valores que recree la presencia participativa que da fuerza a la vida?

¿ Podemos sostenernos en ese centro de inclusividad, donde con el fuego céntrico del amor cinocndicional derritamos los intereses mezquinos y exclusivistas, para ser simplemente lo que somos: humanos, hermanos, partícipes de esa quintaesencia del alma colectiva, a la que vamos surgiendo sin tener que renunciar a lo sagrado de nuestra individualidad, nuestra unicidad?

¿ Podremos. al fin de cuentas, tenernos en cuenta y ser partícipes de una contabilidad humana en la que todos cuentan, para que entre todos generemos la verdadera economía de la abundancia: la libertad?.

¿Será posible conservar la paz del centro, en medio del cambio vertiginoso de los eventos, y sentir que somos nosotros mismos los que emergemos a un nuevo nivel de la conciencia.?

Somos únicos, si, pero no podemos ser humanos si no consagramos nuestra unicidad irrepetible al concierto de la humanidad. Que cada uno de la nota. Que cada uno sea, como decía Gandhi, el cambio que quiere para el mundo. Que cada uno se rebele contra toda forma de dependencia, para alcanzar en la interdependencia responsable la genuina expresión de una libertad con responsabilidad, esencia creadora de la nueva tierra.

Si pudiéramos traducir el sentido de los descubrimientos de las ciencias emergentes en una metáfora cultural correspondiente, tendríamos los mejores argumentos para cambiar nuestra conciencia. En los últimos 20 años la neurociencia y la epigenética han barrido todos nuestros viejos conceptos del ser humano que somos. La física nos habla de múltiples universos, de la plenitud del vacío, de la no localidad, de la superposición de estados y el profundo misterio del observador que, no sólo cambia lo observado, sino que también lo puede recrear. La biología nos conduce al poema de la autopoiesis , una vida que se auto-recrea, desde patrones de información y de conciencia que dirigen cascadas ordenadas de moléculas, participando en un concierto de cooperatividad.

Nos inventamos la vida, el cerebro mimetiza el mundo externo y lo reconstruye adentro: el mundo que vemos se refleja y se inventa al interior. Es ese mundo que proyectamos en nuestro modo de consumir, de ser, de vivir. Lo que sentimos de los otros es lo que en el fondo sentimos de nosotros. La emoción y el pensamiento integrados producen el mundo del sentir, la fuerza más poderosa para transformar nuestro modo de vivir. Ser en el mundo es un asunto de sentimientos.

¿Cómo nos sentimos? ¿Qué sentimos acerca del otro y de nosotros? ¿Nos sentimos queridos? ¿Amamos de verdad? ¿ Podemos sentir el árbol, la mirada, el hambre, la necesidad? Cuando de veras sentimos, somos, nos removemos por dentro, y así, conmovidos, renacemos a un mundo que ahora es también interior. El universo, todos los universos interpenetrados como un multiverso, se convierten en la singularidad del presente en uno mismo. El lugar donde al ser únicos damos nuestra nota, para que la sinfonía del cosmos resuene al interior. Si, más allá del conocer, sintiéramos en vivo hoy que el cerebro se reconstruye a si mismo, que la vida es un invento de la vida que se va renovando permanentemente, y que además del cuerpo y las moléculas vivimos en nuestra cultura, ya seríamos el cambio que el mundo necesita hoy.

Emergemos de la materia, si, pero al mismo tiempo la fuerza del espíritu desciende y su interacción es esta corriente de conciencia que somos. Estamos naciendo en cada momento. En cada instante morimos. Entre el nacimiento y la muerte como dos orillas, la gran corriente de la vida. No tendríamos porqué temer la muerte . No tendríamos porqué temer el renacer. Morir y renacer son las dos riberas de la vida. Y la vida es la corriente que nos conecta a la creación.

Antes y después de la vida, ni más ni menos que la vida.

Articulo difundido por

Ciudad Virtual de la Gran Hermandad Blanca – http://hermandadblanca.org/

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