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Estudio de Vidas Pasadas Sin Regresion por Marianela Garcet®


Todos tenemos un alma inmortal.

Estamos en un cuerpo que es como nuestro ropaje, durante un tiempo,  pero nuestra esencia no es esa cáscara, es mucho más profunda.

Gran cantidad de lo que nos ocurre en la vida actual proviene en gran medida de acontecimientos ocurridos en vidas anteriores.

Cómo puede ayudarnos el conocer nuestras vidas anteriores en nuestra vida actual?

Mucha gente al re-conocerse en alguna de sus vidas anteriores, alivian sí­ntomas, generalmente fobias, ansiedades, relaciones conflictivas con determinadas personas e incluso dolores corporales que no mejoran con tratamientos cotidianos.

El conocer vidas pasadas, por el método que fuere, permite resolver karmas, al mismo tiempo es posible borrar rastros y cortar energéticamente con situaciones que no nos permiten avanzar.

A través de este Estudio podrás saber qué actividad tuviste  en las encarnaciones pasadas, en qué  países y años has vivido, si fuiste hombre o mujer, tu personalidad, etc. 

Es un estudio muy simple, y nada convencional, ya que no es a través de una regresión.

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS VII


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- VII-

¿Eres tú la misma doncella que otrora la detestable tierra abandonó, oh, dime ,en verdad, y ha regresado una vez más a visitamos? ¿ O eres esa joven de dulce sonrisa…?
¿ O algún miembro de la prole celestial venido en un trono de nubes para hacer el bien al mundo? ¿ O perteneces a las huestes de doradas alas, que ataviadas con ropaje humano descienden a la tierra desde su asiento designado y tras una breve estancia alzan el vuelo y raudas regresan para mostrar qué suerte de criaturas engendra el cielo, y de ese modo inflamar el corazón de los hombres con el fin de que desdeñen este mundo miserable y aspiren al cielo?
JOHN MILTON

Cuando vi a Elizabeth entrar en mi consul­torio por tercera vez parecía menos desmorali­zada. Le brillaban más los ojos.
-Me siento más ligera -dijo-, más libre… Aquella breve evocación en la que era un ado­lescente que se caía de un barco había empezado a eliminar algunos de sus temores..

No sólo la fobia al agua y a la oscuridad, sino también otros miedos más profundos y básicos como el miedo a la muerte y a la desaparición.
Cuando era ese niño, había muerto; pero aquí estaba una vez más como Elizabeth. A un nivel subconsciente, su angustia parecía atenuarse por­que sabía que había vivido en otro tiempo y que viviría otra vez, que la muerte no era el final.
y si ella podía volver a nacer, con renovadas fuerzas, en un cuerpo nuevo, sus seres queridos también podían hacerla. Todos renacemos para enfrentamos nuevamente a las alegrías y triste­zas a los triunfos y las tragedias de la vida en la tierra.

Elizabeth entró rápidamente en trance. En un par de minutos sus ojos titilaban bajo sus párpa­dos cerrados hasta que empezó a visualizar un remoto panorama.

-La arena es hermosa -empezó a decir al recordar una vida como nativa americana, tal vez en la costa oeste de Florida-. Es todo tan blan­co… a veces de color rosa… la arena es tan fina, es como azúcar. -Hizo una pausa y continuó-: El sol se pone por detrás del océano. Por el este veo unas ciénagas inmensas repletas de pájaros y animales. Hay muchas islas pequeñas entre los pantanos y el mar. El agua está llena de peces. Pescamos en los ríos y en los mares que separan unas islas de otras. _Volvió a hacer una pausa y prosiguió-: Estamos en paz. Me siento muy fe­liz. Mi familia es numerosa; creo que tengo mu­chos parientes en este poblado. Conozco muy bien las raíces, las plantas y las hierbas… Elaboro medicinas con las plantas… Sé cómo curar.
En las culturas de los nativos americanos no estaba penalizado emplear pócimas curativas ni realizar ninguna otra práctica holista. Los curan­deros eran muy respetados e incluso venerados y no se los consideraba brujos ni se les ahogaba o quemaba en la hoguera.

Regresó a aquella vida pasada pero no emer­gieron recuerdos traumáticos. Su vida era pla­centera y dichosa. Murió de vieja rodeada del poblado entero.
-Mi muerte no ha provocado excesiva triste­za -observó después de flotar por encima de su cuerpo marchito y de observar la escena que se desarrollaba debajo-; a pesar de todo, parece que está todo el pueblo en pleno.
No se sinti6 en absoluto molesta por el hecho de que la gente del poblado no se afligiera por su muerte. Le tenían un enorme respeto y cariño a su cuerpo y a su alma. Lo único que faltaba era la tristeza.

-Nosotros no lloramos las muertes, porque sabemos que el espíritu es eterno. Si no ha finali­zado su tarea, el espíritu regresa de nuevo en for­ma humana -explicó-. A veces, examinando meticulosamente el cuerpo nuevo, se llega a des­cubrir la identidad del cuerpo anterior -dijo, y después de reflexionar en ello durante unos mo­mentos, añadió-: Buscamos marcas de naci­miento en donde había cicatrices y también otras señales. Del mismo modo, tampoco celebramos los nacimientos… aunque es muy agradable vol­ver a ver al espíritu otra vez –continuó explican­do, y después hizo una pausa, tal vez para buscar las palabras con las que describir el concepto.

»Aunque la tierra es muy bella y nos muestra constantemente la armonía y la interrelación que hay entre todas las cosas, lo cual es una lección magistral, la vida aquí es mucho más dura. Con el gran espíritu no existen la enfermedad, el do­lor, la separación; no hay ambición, competen­cia, odio, miedo ni enemigos; sólo paz y armo­nía. Por lo tanto, el espíritu pequeño, al regresar, no puede ser feliz después de haber abandonado ese paraíso.

No obraríamos bien si hiciéramos celebraciones cuando el espíritu está acongoja­do. Sería un acto muy egoísta e insensible -con­cluyó-. Pero esto no significa que no demos la bienvenida al espíritu que regresa -añadió rápi­damente-. Es importante que en un momento tan vulnerable como éste le demostremos nues­tro amor y afecto.
Una vez que explicó este fascinante concepto de la muerte sin tristeza y el nacimiento sin cere­monia, se quedó callada, descansando.

Una vez más, tenemos aquí el concepto de la reencarnación y la reunión en forma física de la fa­milia, los amigos y los amores de otra vida. A lo largo de la historia, en todos los tiempos y en dife­rentes culturas, este concepto surge de un modo aparentemente independiente.

El vago recuerdo de aquella vida remota qui­zá la haya ayudado a regresar a Florida, que le recordaba, en un nivel muy profundo, un hogar ancestral. Tal vez la sensación que producen la arena y el mar, las palmeras y los manglares evo­có los recuerdos de su alma, induciéndola a re­tornar mediante una seducción subconsciente, porque aquella vida había sido más’ agradable y satisfactoria que la actual.
Seguramente, al agitarse en su interior aquel pasado, se sintió impulsada a solicitar una beca para estudiar en la Universidad de Miami, la ob­tuvo y se mudó a esta ciudad. No fue casualidad. El destino requería su presencia aquí.

-¿Estás cansada? -le pregunté dirigiendo mi atención de nuevo a Elizabeth, quien seguía tranquila descansando reclinada en el sillón. -No -contestó con serenidad. -¿Quieres investigar en otra vida?
-Sí -dijo todavía más calmada.

Volvimos a retroceder en el tiempo y apareció otra vez en un Viejo paraje.
-Esta tierra está desolada -dijo Elizabeth después de haber oteado el paisaje-. Veo unas montañas altas, caminos sucios y polvorientos, los comerciantes transitan por ellos. Es una ruta para comerciantes que van del este al oeste.
-¿ Sabes en qué país estás? -le pregunté en busca de más detalles.
No me gustaba importunada con demasiadas preguntas que activaran el hemisferio izquierdo del cerebro, la parte donde reside la lógica. Este tipo de preguntas podían interferir en la inme­diatez de la experiencia, que pertenece al hemis­ferio derecho, por ser una función intuitiva.
De todas maneras, Elizabeth estaba profun­damente hipnotizada. Podía responder esas pre­guntas y aun así continuar viviendo la experien­cia. Los detalles también eran muy importantes.
-La India… creo -contestó dudosa-. Tal vez al oeste de la India… Las fronteras no están claramente delimitadas. Vivimos en las montañas y hay unos caminos que están reservados para los comerciantes -añadió, volviendo a la escena.-¿Te reconoces a ti misma?
-Sí. Soy una muchacha, tengo unos quince años. Mi piel es oscura y mi cabello es negro. La ropa que llevo está sucia. Trabajo en los establos, cuido caballos y mulas. Somos muy pobres. El clima es frío; se me enfrían tanto las manos tra­bajando aquí… -dijo Elizabeth con una mueca y frotándose las manos.
Esta muchacha tenía una inteligencia innata, pero no recibió educación alguna. Su vida era una carrera de obstáculos. Los comerciantes abu­saban de ella a menudo y a veces le daban un po­co de dinero. Su familia no podía protegerla. El frío atroz y el hambre constante la atormenta­ban. Sólo una cosa alegraba su vida.

-Hay un joven que viene a menudo por aquí con su padre y otros comerciantes. Me quiere, y yo le quiero. Es amable y divertido y nos lo pa­samos muy bien juntos. Ojalá se quedara aquí y pudiéramos estar siempre juntos.
No ocurrió así. Murió a los dieciséis años. Con el cuerpo devastado por aquel frío tan pe­netrante y aquella vida tan dura, cayó enferma y murió de una pulmonía. Su familia estuvo junto a ella en su lecho de muerte.
Elizabeth no estaba triste cuando recordaba aquella vida tan breve. Había aprendido una im­portante lección
-El amor es la fuerza más poderosa del mundo -dijo suavemente-. Crece y florece in­cluso en tierras heladas y en las condiciones más duras. Existe siempre y en todas partes. El amor es una flor que brota en las cuatro estaciones.
Una bella sonrisa iluminó su rostro.
Uno de mis pacientes, un abogado católico, acababa de hacer una regresión a una vida en la Europa medieval. Había recordado su muerte en aquella vida, caracterizada por la avaricia, la vio­lencia y la falsedad. Era consciente de que algu­nos de estos defectos seguían estando presentes en su vida actual.

Ahora, reclinado en el mullido sillón de cuero de mi consulta, se vio a sí mismo flotando fuera del cuerpo que le había albergado en la Edad Media. De golpe se encontró de pie en un entor­no diabólico, entre fuegos y demonios. Esto me sorprendió. Aunque muchas veces mis pacientes se habían referido a su muerte en vidas pasadas, nunca antes había sido testigo de una experiencia en el infierno.
Casi siempre la gente se sumerge en una luz hermosa e indescriptible que le renueva el espíri­tu y le infunde energía. Pero ¿ el infierno?

Esperé a que ocurriera algo, pero él me dijo que nadie le prestaba atención. Él también estaba esperando. Transcurrían los minutos. Finalmen­te, apareció una figura espiritual que él identificó como Jesús y se le acercó. Fue el primer ser que advirtió su presencia.
«¿No te das cuenta de que todo esto es un es­pejismo? -le dijo Jesús-. ¡Sólo el amor es real!»
Enseguida desaparecieron las llamas y los de­monios, dejando que aquella luz hermosa relu­ciera de nuevo después de haber estado oculta detrás del espejismo.
Algunas veces conseguimos lo que esperába­mos, pero puede que no sea real.

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS cap- VI


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- VI
Creo que cuando alguien muere su alma regresa a la tierra, engalanada con algún nuevo disfraz  humano;otra madre le trae al mundo.
Con miembros más robustos y un cerebro más brillante  la vieja alma emprende de nuevo su camino.
 JOHN MASEFIELD

Una semana más tarde Pedro acudió a mi consulta por segunda vez. El dolor seguía ator­mentándole. La tristeza le impedía disfrutar de los placeres más simples y no le dejaba dormir. Me empezó a contar un extraño sueño que se le había repetido dos veces en la .última semana.
-Mientras soñaba, de repente se me apareció  una mujer mayor -me explicó.
-¿ La reconociste? -le pregunté.
-No -contestó rápidamente-. Tenía entre sesenta y setenta años. Llevaba un traje blanco precioso, pero no parecía feliz. En su cara se re­flejaba la angustia. Se acercó a mí y empezó a re­petir lo mismo una y otra vez.
-¿Qué te decía?
-«Dale la mano… dale la mano. Ya verás. Al­cánzala. Dale la mano.» Esto es lo que decía- me explicó Pedro.
-¿Que le dieras la mano a quién?
-No lo sé. Solamente decía: «Dale la mano.» -¿ Pasaba algo más en tu sueño?
-No. Pero recuerdo que llevaba una pluma blanca en la mano.
-¿Qué significa? -le pregunté.
-Tú eres el médico -me recordó.
Sí, pensé. Yo soy el médico. Sabía que los símbolos pueden representar casi cualquier cosa, dependiendo de las experiencias de la persona que sueña, de los arquetipos universales descri­tos por Carl Jung o de los famosos símbolos de Sigmund Freud. Sin embargo, este sueño no me parecía freudiano.
Debido a su comentario («Tú eres el médi­co») y a su implícita necesidad de respuesta con­testé con sinceridad:
-No estoy seguro. Podría significar muchas cosas distintas. La pluma blanca puede simboli­zar la paz, un estado espiritual y bastantes otras cosas. Tendremos que analizar el sueño -añadí, postergando la interpretación para el futuro.
-Volví a soñar lo mismo ayer por la noche- dijo Pedro.
-¿ y salía la misma mujer?
-La misma mujer, las mismas palabras y la misma pluma -me aclaró-. «Dale la mano… dale la mano. Alcánzala. Dale la mano.»
-Tal vez obtengamos una respuesta con las regresiones -le sugerí-. ¿ Estás preparado?
Pedro asintió y pusimos manos a la obra. Yo ya sabía que él era capaz de alcanzar un profun­do estado hipnótico, porque había examinado sus ojos previamente.
La capacidad de poner en blanco los ojos al mirar hacia arriba, como intentando verse la co­ronilla, y parpadear lentamente mientras los ojos siguen mirando hacia arriba está muy relaciona­da con la capacidad de llegar a un estado hipnóti­co profundo. Calculo la cantidad de blanco del ojo o esclerótica que asoma cuando la córnea lle­ga a su punto más alto. También examino cuánta parte blanca se ve a medida que los párpados se van cerrando. Cuanto más visible es la escleróti­ca, más profundo es el estado hipnótico al que la persona puede llegar.
Al examinar los ojos de Pedro advertí que lo único que podía verse era una pequeñísima parte del contorno inferior del iris, la parte coloreada del ojo. Mientras parpadeaba, el iris no cambiaba de posición. Pedro era capaz de alcanzar un pro­. fundo estado de trance.
Me sorprendí un poco al comprobar que le costaba relajarse. Como la prueba de la escleróti­ca era muy fiable para medir la capacidad física de relajarse intensamente y de llegar a estados hipnóticos profundos, me di cuenta de que su mente estaba interfiriendo en el proceso. Algu­nos pacientes que están acostumbrados a con­trolado todo, al principio se muestran reticentes a abandonarse.
-Simplemente relájate -le aconsejé-. No importa lo que te venga a la mente. No te preo­cupes si hoy no tienes ninguna experiencia. Es cuestión de práctica -añadí tratando de elimi­nar la tensión que sentía. Yo sabía que estaba de­sesperado por encontrar a su hermano.
Mientras yo hablaba, Pedro se iba apaciguan­do hasta que empezó a entrar en un estado de trance cada vez más profundo. Su respiración se calmó y se le aflojaron los músculos. Parecía que se hundía cada vez más en el sillón abatible. Sus ojos, bajo los párpados cerrados, empezaron a visualizar imágenes. Poco a poco, lo fui llevando hacia atrás en el tiempo.
-Para empezar, recuerda la última vez que comiste realmente bien. Utiliza todos tus senti­dos. Recuérdalo todo: quién estaba contigo, qué sentías -le indiqué.
Lo consiguió pero recordaba varias comidas en lugar de sólo una. Todavía estaba tratando de mantener el control.
-Intenta relajarte más -insistí-. La hipno­sis sólo es un estado de profunda concentración. No perderás el control. Siempre mandarás en la situación. Todas las hipnosis son autohipnosis- añadí.
Su respiración era cada vez más profunda. -No vas a perder el control-le repetí-. Si en algún momento te sientes inquieto mientras tienes un recuerdo o una experiencia, trata de flotar por encima de la escena y de distanciar­te de ella, como si vieras una película. También puedes abandonar por completo el recuerdo y trasladarte a cualquier otro sitio. Imagina una playa, tu casa u otro lugar en el que te sientas se­guro. Si estás muy intranquilo, incluso puedes abrir los ojos y despertarte, y habrás regresado aquí otra vez, si así lo deseas.
»Esto no es Star Trek -añadí-. No tienes que seguir ningún rumbo predeterminado. Se trata sólo de evocaciones, de simples recuerdos, es como si recordaras una buena comida. Tú mandas en la situación -le repetí.
_Finalmente se dejó llevar. Volvió a su infancia y en su rostro se dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
-Veo perros y caballos en la granja-dijo. Su familia tenía una hacienda no muy lejos de la ciudad a la que iban durante las vacaciones y los fines de semana.
Veía a toda su familia reunida. Su hermano es­taba vivo, rebosante de alegría y de vitalidad. Permanecí en silencio durante unos segundos y dejé que Pedro disfrutara de sus recuerdos de la niñez.
-¿ Estás preparado para retroceder todavía más? -le pregunté.
-Sí.
-Perfecto. Vamos a ver si puedes recordar algún acontecimiento de una vida pasada -dije.
Empecé la cuenta atrás de cinco a uno, y Pe­dro se visualizó atravesando la inmensa puerta del pasado, para entrar en otro espacio, en otro tiempo, en una vida anterior.
Nada más llegar al número uno advertí que parpadeaba con inquietud.
De repente, se asustó. Empezó a sollozar.
-Es horrible… espantoso! -dijo jadean­do-. Los han matado… están todos muertos.
Había restos de cadáveres esparcidos por to­das partes. Un incendio había destrozado todo el pueblo, con sus extrañas tiendas de campaña cir­culares. Sólo una de ellas estaba intacta, y se le­vantaba de un modo incongruente en la periferia de aquella matanza y destrucción. En aquel día soleado de invierno, el viento agitaba violenta­mente las banderas de colores y unas grandes plumas blancas hincadas en las tiendas.
Mataron a los caballos, las vacas y los bueyes. Al parecer, nadie había sobrevivido a aquella ma­sacre. Los «cobardes» del este eran los responsa­bles de la tragedia.
-Ni murallas ni jefes militares los protege­rán de mí -juró Pedro.
Ya llegaría la hora de la venganza, pero en ese momento se sentía desesperado, aturdido, deso­lado. .
Con los años he aprendido que la gente, en su primera regresión, suele evocar los aconteci­mientos más traumáticos de una vida anterior. Esto sucede porque las emociones ligadas al trauma quedan registradas en su psique con tan­ta fuerza que el alma las arrastra a futuras encarnaciones.
Yo quería saber más. ¿Qué había ocurrido an­tes de aquella horrible experiencia? ¿ Y qué ocu­rrió después?
-Intenta retroceder todavía más en esta vida -insistí-. Regresa a tiempos más felices. ¿ Re­cuerdas algo?
-Hay muchas viviendas… tiendas. Somos un pueblo poderoso -contestó-. Me siento feliz aquí.
Pedro describió un pueblo nómada de caza­dores y ganaderos. Sus padres eran los jefes y él era un corpulento y experto cazador y jinete.
-Los caballos son muy veloces. Son peque­ños y tienen grandes colas -dijo.
Estaba casado con la mujer más bella de su pueblo. Con ella había jugado .de pequeño y siempre la había deseado, desde que tuvo uso de razón. Podía haberse casado con la hija del jefe vecino, pero prefirió casarse por amor.
-¿Cuál es el nombre de esa región? -le pre­gunté.
-Creo que se llama Mongolia –contestó dubitativo.
Yo sabía que Mongolia probablemente se lla­maba de otro modo en los tiempos en que Pedro vivió allí. Además, hablaban una lengua muy di­ferente. Entonces, ¿ cómo era posible que Pedro conociera el nombre de Mongolia en aquel tiem­po? Como estaba recordando, su mente actual filtraba sus recuerdos.

El proceso es parecido al hecho de ver una película. La mente actual es absolutamente cons­ciente, observa y hace comentarios, compara a los personajes y temas de la película con los de su vida. El paciente es el espectador de la película, su crítico y su protagonista al mismo tiempo.
Puede emplear sus conocimientos de historial y geografía actuales para datar y localizar los luga­res y acontecimientos, y puede permanecer en un estado hipnótico profundo a lo largo de toda la película.
Pedro recordaba perfectamente la Mongolia que existió hace muchos siglos. Sin embargo, ha­blaba inglés y respondía a mis preguntas a medi­da que iba recordando.
-¿ Sabes cómo te llamas?
-No, no me acuerdo -dijo de nuevo titu­beante.
No recordó mucho más. Tenía un hijo, y su nacimiento fue una gran alegría no sólo para él y su mujer, sino también para sus padres y el resto de su pueblo. Los padres de su mujer habían muerto varios años antes de que se casaran, por lo que ella no sólo era una esposa para él sino también una hija para sus suegros.

Pedro estaba exhausto. No quería volver al pueblo devastado para enfrentarse una vez más a lo que quedaba de aquella vida hecha pedazos. Así que le desperté.
Cuando el recuerdo de una vida anterior es traumático y rebosa de emociones, puede ser muy útil regresar por segunda vez a aquel mo­mento, e incluso una tercera vez. En cada uno de los retornos la emoción negativa se va suavizan­do y el paciente recuerda con más precisión.
Puede emplear sus conocimientos de historia’ y geografía actuales para datar y localizar los luga­res y acontecimientos, y puede permanecer en un estado hipnótico profundo a lo largo de toda la película.
Pedro recordaba perfectamente la Mongolia que existió hace muchos siglos. Sin embargo, ha­blaba inglés y respondía a mis preguntas a medi­da que iba recordando.
-¿ Sabes cómo te llamas?
-No, no me acuerdo -dijo de nuevo titu­beante.

No recordó mucho más. Tenía un hijo, y su nacimiento fue una gran alegría no sólo para él y su mujer, sino también para sus padres y el resto de su pueblo. Los padres de su mujer habían muerto varios años antes de que se casaran, por lo que ella no sólo era una esposa para él sino también una hija para sus suegros.
Pedro estaba exhausto. No quería volver al pueblo devastado para enfrentarse una vez más a lo que quedaba de aquella vida hecha pedazos. Así que le desperté. .
Cuando el recuerdo de una vida anterior es traumático y rebosa de emociones, puede ser muy útil regresar por segunda vez a aquel mo­mento, e incluso una tercera vez. En cada uno de los retornos la emoción negativa se va suavizan­do y el paciente recuerda con más precisión.

También aprende más, ya que los bloqueos emo­cionales y las confusiones disminuyen. Yo sabía que Pedro tenía más cosas que aprender de aque­lla vida pasada.
Él pensaba quedarse aún dos o tres meses más para resolver sus asuntos personales de negocios en Miami.

Todavía teníamos mucho tiempo para investigar meticulosamente aquella vida que pa­só en Mongolia. También disponíamos de tiem­po para explorar otras vidas. Aún no habíamos encontrado a su hermano. Pero sí que había des­cubierto una serie de devastadoras pérdidas: su amada esposa, su hijo, sus padres y toda su co­munidad.

¿ Le estaba ayudando o lo apesadumbraba ca­da vez más? Sólo el tiempo podría decido.
En uno de mis seminarios una participante me explicó una historia maravillosa.
Desde que era pequeña, si dejaba su mano colgando a un lado de la cama, otra mano cogía la suya y le calmaba afectuosamente la angustia por muy intensa que fuera. A menudo, cuando sin darse cuenta suspendía la mano a un lado de la cama y se sorprendía al percibir que otra mano asía la suya, la retiraba de un modo reflejo y de esta forma se rompía la unión.

Siempre sabía cuándo alargar la mano para sentirse reconfortada. Evidentemente, no había nadie debajo de su cama.
Iba creciendo, y la mano permanecía a su la­do. Se casó, pero nunca le contó esta experiencia a su marido, porque pensaba que la consideraría muy infantil.

Cuando se quedó embarazada por primera vez, la mano desapareció. Echaba mucho de me­nos aquella compañía tan afectuosa y leal. Ya no tenía una mano que cogiera la suya de un modo tan tierno y reconfortante.

Nació su bebé, una hermosa niña. Poco des­pués de su nacimiento, una noche que estaban juntas en la cama, la niña cogió la mano de su madre. De repente, su mente y su cuerpo reco­nocieron aquel sentimiento tan familiar y pro­fundo. Su protector había vuelto.
Lloró de alegría y sintió una oleada de amor y una conexión que ella sabía que iba mucho más allá del ámbito físico.

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS cap- V-


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS

 Y su dolor no remitía. Finalmente dio a luz a otro niño, y fue grande la alegría del padre, que exclamaba: «¡Un varón!»

Aquel día sólo él sintió ese júbilo.

La madre, postrada y abatida, estaba pálida y exánime… Lanzó de repente un grito de angustia, pensando en el ausente, no en el recién nacido…

«¡ Yace mi niño en la tumba y no estoy a su lado!»

Oye de nuevo la amada voz del difunto en boca del bebé que ahora tiene en sus brazos:

«Soy yo, ¡pero no lo digas!», susurra mirándola a los ojos.

VICTOR HUGO

Pedro era un joven mexicano extraordinaria­mente guapo, mucho más agradable de lo que me pareció en un primer momento. Tenía el ca­bello castaño y unos hermosos ojos azules que adquirían un tono verdoso según el día. Su en­canto y su facilidad de palabra ocultaban el dolor que sentía por la muerte de su hermano, que ha­bía perdido la vida diez meses antes en un trági­co accidente de coche en la ciudad de México.

Muchas de las personas que acuden a mi con­sulta sienten una profunda aflicción y necesitan entender el porqué de la muerte. En algunos ca­sos también vienen a visitarse porque desean volver a encontrarse con sus seres amados que han fallecido. Este encuentro puede tener lugar en una vida anterior y puede producirse durante el estado espiritual que hay entre una vida y otra. La reunión también puede celebrarse en un con­texto místico, más allá de los confines del cuerpo y la geografía físicos.

Tanto si los encuentros espirituales son reales como si no, el paciente experimenta intensamen­te el gran poder que poseen, y su vida cambia.

La precisión y el detalle con que se recuerdan las vidas pasadas no es un logro ‘voluntario. El paciente que evoca las imágenes no lo hace sim­plemente porque necesite hacerla o porque gra­cias a ellas vaya a sentirse mejor. Lo que recuerda es lo que ha ocurrido.

La precisión de los datos, la intensidad de las emociones que afloran, la resolución de los sín­tomas clínicos y el poder de transformar la vida que tienen los recuerdos, determinan la realidad. de lo que se recuerda.

Lo que más me llamó la atención del caso de Pedro fueron los diez meses que habían transcu­rrido desde la muerte de su hermano. En ese tiempo, normalmente una persona puede sobre­ponerse de un duro golpe. Aquella larga época de aflicción indicaba que en su caso había una desesperación subyacente más profunda.

Su tristeza no sólo se debía a la muerte de su hermano. En las sesiones posteriores averigüé que Pedro había perdido a seres queridos en mu­chas otras vidas pasadas y que era especialmente sensible a la pérdida de un ser amado. La repen­tina muerte de su hermano despertó en los reco­vecos más remotos de su inconsciente el recuer­do de otras pérdidas todavía más dolorosas y más trágicas que se habían producido milenios atrás.

Según algunas teorías psiquiátricas, cada vez que experimentamos una pérdida, se avivan sen­timientos reprimidos u olvidados y recuerdos de muertes pasadas. Nuestra aflicción es mayor de­bido al dolor acumulado de pérdidas anteriores.

En mis investigaciones sobre vidas pasadas fui descubriendo que hay que ampliar el escena­rio de estas pérdidas. No basta con regresar a nuestra infancia. Debemos incluir las pérdidas sufridas en tiempos más remotos, en vidas ante­riores. Algunas de nuestras pérdidas más trágicas y de nuestras mayores desgracias se produjeron con anterioridad a nuestro nacimiento.

Antes de seguir adelante tenía que reunir más datos sobre la historia de Pedro. Era necesario que conociera los hechos más importantes de su vida para encarar las futuras sesiones.

-Háblame de ti -le pedí-, de tu infancia, tu familia y todo lo que creas importante. Cuén­tame todo lo que creas que debo saber de ti.

Pedro suspiró profundamente y se arrellanó en el mullido sillón. Se aflojó el nudo de la cor­bata y se desabrochó el botón del cuello de la ca­misa. A juzgar por su lenguaje corporal, aquello no le iba a resultar fácil.

Provenía de una familia adinerada y política­mente influyente. Su padre era el propietario de una gran empresa y de varias fábricas. Vivían en una fastuosa casa de una zona residencial en las colinas de las afueras de la ciudad.

Pedro se había educado en los mejores colegios privados. Estudió inglés desde pequeño, y después de vivir en Miami varios años, lo habla­ba a la perfección. Era el menor de tres herma­nos. Se mostraba muy protector con su hermana a pesar de que ella le llevaba cuatro años. Su her­mano era dos años mayor que él y estaban muy unidos.

Su padre trabajaba mucho y normalmente no llegaba a casa hasta entrada la noche. Su madre, las niñeras y las criadas se ocupaban de la casa y del cuidado de los niños.

Pedro estudió empresariales en la universi­dad. Tuvo varias novias, pero no formalizó rela­ciones con ninguna de ellas. .

-Creo que a mi madre nunca le gustaron de­masiado las chicas que salían conmigo -me con­tó-. Siempre veía en ellas un defecto u otro y no cesaba de recordármelo.

En aquel momento Pedro empezó a mirar a su alrededor con un aire de incomodidad.

-¿ Qué te ocurre? -le pregunté.

Tragó saliva varias veces antes de empezar a  hablar.

-Durante el último año en la universidad tu­ve relaciones con una mujer mayor… -me dijo despacio-. Era mayor que yo… y estaba casada.

Pedro se calló.

-Está bien -respondí al cabo de unos mo­mentos, más que nada para llenar el silencio. Percibía su tensión y, a pesar de tantos años  de experiencia, aquel sentimiento seguía resul­tándome desagradable.

-¿ Lo sabía su marido? -le pregunté.

-No -contestó-, no sabía nada.

-Podría haber sido peor -señalé, diciendo una obviedad para intentar reconfortarle.

-Pero todavía no he acabado -añadió en un tono que presagiaba algo terrible.

Yo asentí con la cabeza para darle pie a que continuara.

-La dejé embarazada… y ella abortó. Mis pa­dres no saben nada de todo esto -dijo bajando la vista.

Años después, todavía se sentía culpable y avergonzado.

-Entiendo -dije-. ¿Me dejas que te expli­que lo que he aprendido sobre el aborto? .

Asintió con la cabeza. Él sabía que yo era es­pecialista en el campo de la hipnosis y de las vi­das pasadas.

-Una interrupción del embarazo o un abor­to natural suele estar relacionado con el pacto que se establece entre la madre y el alma que va a entrar en el bebé.  El cuerpo del bebé carecía de la salud suficiente para llevar a cabo su tarea en la vida que le esperaba -continué-, o aquel no era el momento oportuno para sus objetivos, o la situación externa había cambiado, en este caso debido a la desaparición del padre en el momen­to en que los planes del bebé o de la madre nece­sitaban la figura paterna. ¿ Comprendes?

-Sí -asintió, pero no parecía muy conven­cido.

Yo sabía que su estricta educación católica acentuaba su sentimiento de culpabilidad y su vergüenza. A veces nuestras creencias fijas son un obstáculo para la adquisición de nuevos conocimientos.

Volví a lo fundamental.

-Te hablaré sólo de mi propia experiencia como investigador y terapeuta -le expliqué-, y no de lo que he leído o de lo que otros me han contado. Se trata de la información que me transmiten mis pacientes cuando están profun­damente hipnotizados. A veces las palabras son suyas, y en otros casos por lo visto provienen de una fuente superior.

Pedro asintió de nuevo sin decir palabra. -Mis pacientes explican que el alma no entra en el cuerpo enseguida. Aproximadamente du­rante la concepción, el alma reserva el cuerpo. Entonces, ninguna otra alma puede disponer de ese cuerpo. El alma que ha reservado el cuerpo de un determinado bebé puede entrar y salir de él cuando lo desee. N o está confinada. Es algo parecido a estar en coma -añadí.

Pedro movía la cabeza en señal de haber en­tendido mis palabras. Seguía sin hablar, pero me escuchaba atentamente.

-Durante el embarazo, el alma se va uniendo gradualmente al cuerpo del bebé -continué-, pero la unión no es completa hasta que se acerca el nacimiento. Puede producirse un poco antes, durante el parto o nada más nacer.

Para ilustrar este concepto junté mis manos desde la base de las palmas y las separé formando un ángulo de noventa grados. Poco a poco las fui cerrando hasta que se unieron las dos palmas y los dedos simbolizando el gesto universal de la oración y mostrando el vínculo gradual que se produce entre el alma y el cuerpo.

-Un alma no puede ser nunca dañada ni tampoco se la puede matar -dije-. El alma es inmortal e indestructible. Siempre encontrará un camino de regreso si así ha sido dispuesto.

-¿ Qué quieres decir? -preguntó Pedro.

-Me he topado con casos en que la misma alma, después de un aborto, provocado o espon­táneo, regresa a los mismos padres en el siguien­te bebé que procrean.

-¡Increíble! -respondió Pedro.

Su rostro se iluminó, mientras su sentimiento de culpabilidad y su vergüenza se iban desvane­ciendo.

-Nunca se sabe -añadí.

Tras unos segundos de reflexión, Pedro suspi­ró y cruzó las piernas mientras se ajustaba los pantalones. Volvimos a la primera parte de la se­sión.

-¿ Qué pasó después de aquello? -le pre­gunté.

-Después de licenciarme volví a casa. Al principio trabajé en las fábricas de mi padre y aprendí cómo funcionaba el negocio. Más ade­lante vine a Miami para dirigir la sucursal de aquí y ocuparme de las exportaciones. Desde entonces vivo aquí -explicó.

-¿ Cómo va el negocio? -le pregunté. -Muy bien, pero tengo que dedicarle dema­siado tiempo.

-¿Eso es un gran problema?

-Perjudica mi vida amorosa -dijo Pedro esbozando una media sonrisa.

No bromeaba del todo. Tenía veintinueve años y sentía que se le estaba escapando el mo­mento de encontrar el amor, casarse y crear una familia. Se le estaba escapando y no había” nada en perspectiva.

-¿Te relacionas con mujeres actualmente? -Sí -contestó-, pero no hay nada especial.

No me enamoro… espero que me ocurra algún día -añadió con cierta preocupación en su voz-, Dentro de poco tendré que regresar a México y quedarme a vivir allí -dijo pensati­vo-, para ocuparme de los asuntos de mi hermano. Tal vez allá conozca a alguna mujer -añadió sin demasiada convicción.

Me pregunté si el hecho de que su madre siempre criticara a sus novias y la experiencia con aquella mujer casada que decidió abortar eran lo que bloqueaba psicológicamente a Pedro a la hora de establecer una relación amorosa. Pensé que lo mejor era dejar estas cuestiones pa­ra más tarde.

-¿Cómo está tu familia en México? -pre­gunté para aligerar el ambiente al tiempo que se­guía recogiendo información.

-Están bien. Mi padre tiene más de setenta años y mi hermano y yo… -Pedro se detuvo bruscamente, tragó saliva e hizo una profunda inspiración antes de proseguir-: En fin, ahora tengo más responsabilidad en el negocio -con­cluyó en voz baja-. Mi madre también está bien.

Hizo una pausa antes de rectificar lo que ha­bía dicho:

-Pero ninguno de los dos ha asumido la muerte de mi hermano. Les ha dejado destroza­dos. Han envejecido mucho.

-¿Y tu hermana?-

-Está muy triste, pero tiene a su marido y a sus hijos -me explicó.

Asentí con la cabeza en señal de haberle entendido: su hermana disponía de más recursos para combatir el dolor que él.

Pedro tenía una salud de hierro. Solamente sentía un dolor esporádico en el cuello y en el  hombro izquierdo. Esta molestia le incomodaba  desde hacía mucho tiempo, pero los médicos nunca le encontraron nada fuera de lo normal.

-Me he acostumbrado a vivir con ello –me dijo.

Al pensar en el tiempo que quedaba consulté el reloj y vi que ya habían pasado veinte minutos de la hora. Normalmente mi alarma interna no falla. «La dramática historia de Pedro debe de haberme absorbido por completo», me dije, sin saber que me esperaban dramas mucho más im­pactantes que no habían hecho más que empezar a revelarse.

Thich Nhat Hanh, un filósofo y monje bu­dista vietnamita, escribe sobre cómo disfrutar de una buena taza de té. Debemos estar completa­mente atentos al presente para disfrutar de una taza de té. Sólo siendo conscientes del presente nuestras manos sentirán el calor de la taza. Sólo en el presente aspiraremos el aroma del té, sabo­rearemos su dulzura, y llegaremos a apreciar su exquisitez. Si estamos obsesionados por el pasa­do o preocupados por el futuro, dejaremos esca­par la oportunidad de disfrutar de una buena ta­za de té. Cuando miremos el interior de la taza, su contenido ya habrá desaparecido.

Con la vida ocurre lo mismo. Si no vivimos plenamente el presente, en un abrir y cerrar de ojos la vida se nos habrá escapado. Habremos perdido sus sensaciones, su aroma, su exquisitez y su belleza, y sentiremos que ha transcurrido a toda velocidad.

El pasado ya ha pasado. Aprendamos de él y dejémoslo atrás. El futuro ni tan siquiera ha lle­gado. Hagamos planes para el futuro, pero no perdamos el tiempo preocupándonos por él. Preocuparse no sirve para nada. Cuando deje­mos de pensar en lo que ya ha ocurrido, cuando dejemos de preocupamos por lo que todavía no ha pasado, estaremos en el presente. Sólo enton­ces empezamos a experimentar la alegría de vivir.

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LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS -IV-


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- IV-

“De modo que la idea de la reencarnación explica de forma muy reconfortante la rea­lidad, permitiendo con ello que el pensa­miento hindú venza aquellas dificultades que dejan paralizados a los pensadores eu­ropeos.” ALBERT SCHWEITZER

La primera vez que Elizabeth experimentó una regresión fue una semana después. No me costó provocarle un estado hipnótico mediante el rápido método de inducción cuyo objetivo es evitar los bloqueos y las barreras de la mente consciente.
La hipnosis es un estado de gran concentra­ción, pero el ego, la mente, tienen la capacidad de interferir en esta concentración con pensamien­tos perturbadores. Mediante la rápida técnica de inducción, logré que Elizabeth entrara en un es­tado de hipnosis profunda en un minuto.
Le había dado una cinta magnetofónica de re­lajación para que la escuchara durante la semana anterior al inicio de estas sesiones. La había gra­bado para ayudar a mis pacientes a practicar las técnicas de auto hipnosis. Me di cuenta de que cuanto más ensayaban en casa, más profundo era el estado al que llegaban en mi consulta. Esta cinta les ayuda a relajarse y muy a menudo tam­bién a dormirse.
Cuando llegó a casa, Elizabeth intentó escu­charla, pero no conseguía relajarse. Estaba de­masiado ansiosa. ¿ Y si pasaba algo? Ella tenía miedo, porque estaba sola y nadie podría ayu­darla.
Su mente la “protegía» dejando que la inunda­ran pensamientos cotidianos para distraer así su atención de la cinta de relajación. El nerviosismo y los pensamientos le impedían concentrarse.

Cuando me explicó lo que le había pasado, decidí llevar a la práctica otro método de hipno­sis más rápido con el fin de superar los obstácu­los y temores que bloqueaban su mente.
El método más utilizado para provocar un trance hipnótico se llama «relajación progresi­va». En primer lugar hay que conseguir que el paciente respire lentamente. A continuación el terapeuta le suscita un estado de relajación indi­cándole con suavidad que distienda los músculos poco a poco. Después le pide que intente visuali­zar imágenes agradables y relajantes. Mediante técnicas como la de contar hacia atrás, el tera­peuta ayuda al paciente a llegar a un estado de re­lajación todavía más profundo.

En ese momento, el paciente está en un trance hipnótico entre ligero y moderado, y el terapeu­ta puede intensificado si lo desea. El proceso en­tero dura unos quince minutos.
Sin embargo, durante este cuarto de hora, es posible que la mente del paciente piense, analice o delibere en lugar de dejarse llevar por la suges­tión. En ese caso, se interrumpe el proceso hip­nótico,

Los contables y otras personas cuyas profe­siones les obligan a pensar de un modo lógico, li­neal y muy racional, suelen dejar que su mente interrumpa el proceso. Aunque estaba convenci­do de que Elizabeth podía llegar a un estado de hipnosis profundo fuera cual fuera la técnica que usara, decidí emplear un método más rápido pa­ra asegurarme.
Le indiqué que se sentara inclinada hacia de­lante, que no apartara la vista de mis ojos y que hiciera presión con la palma de su mano derecha sobre la mía. Yo estaba de pie frente a ella.
A medida que la palma de su mano presiona­ba la mía, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, empecé a hablarle. Sus ojos no se apartaban de los míos.
De repente, sin avisarla, retiré la mano de de­bajo de la suya. Su cuerpo, entonces sin apoyo alguno, se tambaleó hacia delante. En aquel pre­ciso momento, le dije en voz muy alta: «¡Duér­mete!»
Su cuerpo se desplomó al instante sobre el respaldo del sillón. Entró en un profundo trance hipnótico. Mientras su mente se concentraba en no perder el equilibrio del cuerpo, la orden que acababa de darle pasó directamente y sin interfe­rencia alguna a su subconsciente. Elizabeth en­tró en un estado de «sueño» consciente equiva­lente a la hipnosis.
-Puedes recordado todo, cada experiencia que hayas vivido -le dije.
Ahora ya podíamos emprender el viaje hacia atrás. Quería asegurarme de cuál de sus sentidos predominaba en sus recuerdos y le pedí que pen­sara en la última vez que había comido bien. Le indiqué que empleara todos sus sentidos al re­cordar comida. Elizabeth recordó el olor, el sa­bor, la imagen y la sensación de que la comida estaba recién hecha, y de este modo comprobé que era capaz de evocar recuerdos vívidos. Al parecer, el sentido que predominaba en su caso era la vista.
Seguidamente hice que se trasladara a la infan­cia para ver si recuperaba algún recuerdo placen­tero de sus primeros años en Minnesota. Sonrió como una niña pequeña, llena de satisfacción.
-Estoy en la cocina con mi madre. Parece muy joven. Yo también lo soy. Soy pequeña. Tengo unos cinco años. Hacemos pasteles… y galletas. Es divertido. Mi madre se siente feliz. Lo veo todo, el delantal, su pelo recogido. Me encanta cómo huele aquí.
-Pasa a otra habitación y dime lo que ves -le sugerí.
Entró en el salón. Empezó a describir un gran mueble de madera oscura. El suelo estaba des­gastado. También vio un retrato de su madre. Era una foto enmarcada que estaba sobre una mesa de madera oscura situada junto a un amplio y cómodo sillón.
-Es mi madre -continuó Elizabeth-. Es guapa… y tan joven Lleva un collar de perlas.
Ella adora esas perlas. Sólo las lleva en ocasiones especiales. Su hermoso vestido blanco… su pelo oscuro… y sus ojos, tan brillantes y vivos.
-Bien -dije-. Me alegra que la recuerdes y que la veas con tanta nitidez.
El hecho de recordar una comida reciente o una escena de la infancia ayuda a consolidar la confianza del paciente en su capacidad para evo­car recuerdos. A Elizabeth, estos recuerdos le de­muestran que la hipnosis funciona y que no es un proceso peligroso, sino que puede ser incluso pla­centero. Los pacientes descubren que los recuer­dos que evocan suelen ser más vívidos y detalla­dos que los que surgen de la mente consciente.
Nada más abandonar el estado de trance, casi siempre recuerdan conscientemente lo que han evocado durante la hipnosis. Raras veces los pa­cientes experimentan un estado de trance de tal profundidad que después no recuerden nada. Aunque suelo grabar las sesiones de regresión pa­ra más seguridad y para poder recurrir a la cinta en caso necesario, la grabación sólo la utilizo yo. Los pacientes lo recuerdan todo perfectamente.
-Ahora vamos a ir todavía más lejos. No im­porta si lo que te viene a la mente es imaginación, fantasía, metáfora, símbolo, un recuerdo real o cualquier combinación posible entre estos ele­mentos -le dije-. Dedícate sólo a experimen­tar. Intenta que tu mente no juzgue, ni critique ni comente lo que experimentes. Simplemente ví­velo. Lo único que tienes que hacer es experi­mentar. Puedes criticado y analizado todo des­pués. Pero por el momento déjate llevar y vive la experiencia.
»Vamos a retroceder hasta el útero, hasta tu período uterino, justo antes de que nazcas. Sea lo que fuere lo que irrumpa en tu mente, es bueno. Déjate llevar por esta experiencia. Empecé a contar hacia atrás desde cinco hasta uno para que su estado hipnótico se hiciera más profundo.
Elizabeth se trasladó al útero materno. Sentía seguridad y calor, y el amor de su madre. De sus ojos cerrados brotaron dos lágrimas.
Recordó lo mucho que sus padres la querían, especialmente su madre. Eran lágrimas de felici­dad y nostalgia.
Evocó el amor con que se la recibió al nacer, y esto la hizo muy feliz.
La experiencia que vivió dentro del útero ma­terno no es una prueba fehaciente de que el re­cuerdo fuera preciso o completo. Pero las sensa­ciones y emociones que tuvo fueron tan intensas, poderosas y reales que hicieron que se sintiera mucho mejor. ­
En una ocasión, una de mis pacientes recordó bajo hipnosis que había nacido con una hermana gemela que murió en el parto. Sin embargo, mi paciente no lo había sabido hasta entonces por­que sus padres nunca se lo habían dicho. Cuan­do ella les explicó la experiencia que tuvo du­rante la hipnosis, su,: padres le confirmaron la exactitud de su recuerdo. Efectivamente, había tenido una hermana gemela.
Por lo general, no obstante, los recuerdos del útero materno son difíciles, de verificar.
-¿ Estás preparada para ir todavía más lejos? -le pregunté, con la esperanza de que no se hu­biera asustado demasiado después de haber sen­tido aquellas emociones tan intensas.
-Sí -me contestó tranquilamente-. Estoy preparada.
-Perfecto -dije-. Ahora vamos a ver si puedes evocar algún recuerdo anterior a tu naci­miento, ya sea en un estado místico o espiritual, en otra dimensión o en una vida pasada. Sea lo que sea lo que irrumpa en tu mente, es bueno. No emitas juicios. No te preocupes. Sólo déjate llevar y vive el momento.
Conseguí que empezara a imaginar cómo en­traba en un ascensor y apretaba el botón mientras yo iniciaba la cuenta hacia atrás de cinco a uno. El ascensor retrocedía en el tiempo y viajaba a través del espacio, y la puerta se abrió en el momento en que yo pronuncié el número uno. Le indiqué que saliera y que se enfrentara a la persona, escena o experiencia que la aguardaba al otro lado de la puerta. Pero no sucedió lo que yo esperaba.
-Está todo muy oscuro -dijo con voz ate­rrorizada-. Me he caído del barco. Hace mucho frío. Es horrible.
-Si empiezas a sentirte incómoda -dije in­terrumpiéndola-, flota por encima de la escena y contémplala como si se tratara de una película. Pero si no te sientes mal, quédate ahí. Observa lo que ocurre. Vive los acontecimientos.
La experiencia la aterrorizó y empezó a flotar por encima de la escena. Se veía a sí misma como un adolescente. Después de haberse caído de un barco en mitad de una noche tormentosa, se ha­bía ahogado en esas oscuras aguas. De repente, la respiración de Elizabeth se tranquilizó conside­rablemente, y pareció recuperarse. Se había sepa­rado del cuerpo.
-He salido de este cuerpo -dijo con bas­tante naturalidad.
Todo esto había ocurrido con gran rapidez. Antes de que pudiera examinar aquella vida, ella ya había abandonado el cuerpo. Le pedí que re­cordara lo que acababa de experimentar y que me dijera lo que podía ver y entender al respecto.
-¿ Qué estabas haciendo en el barco? -le pregunté, intentando retroceder en el tiempo aunque ya hubiera salido de aquel cuerpo.
-Iba de viaje con mi padre -dijo-. De re­pente, estalló una tormenta. El barco empezó a llenarse de agua y a tambalearse. Las olas eran enormes y salí despedido por la borda.
-¿Qué ocurrió con los demás pasajeros? -le pregunté.
-No lo sé -dijo-, las olas me arrastraron por el barco hasta que caí al agua. No sé qué les pasó a los demás.
-¿Qué edad tenías aproximadamente cuan­do sucedió esto?
-No lo sé, alrededor de doce o trece años. Era un adolescente -respondió.
No parecía muy deseosa de darme más deta­lles. Había abandonado aquella vida muy rápi­do, tanto la vida en sí como el hecho de recordarla en mi consulta. Ya no podíamos obtener más datos. Siendo así, la desperté.
Una semana más tarde Elizabeth estaba me’:’ nos deprimida a pesar de que no le había receta­do antidepresivos para aliviar los síntomas de la aflicción y la depresión.
-Me siento más ligera, más libre, y ya no es­toy tan inquieta en la oscuridad -me dijo.
Nunca le había gustado la oscuridad y trataba de no salir sola de noche. En su casa siempre ha­bía alguna luz encendida. Sin embargo, la sema­na anterior había notado una mejoría en este sín­toma. Yo no lo sabía, pero tampoco le gustaba nadar, porque le producía angustia. Me explicó que aquella semana se había pasado horas en la piscina y en el jacuzzi de la urbanización donde vivía.
Aunque eso no era lo que más la preocupaba, el progreso que había experimentado respecto a aquellos síntomas la reconfortó.
Muchos de nuestros temores se basan en el pasado, y no en el futuro. A menudo, lo que más miedo nos da son hechos que nos han ocurrido en la infancia o en una vida pasada. Como los he­mos olvidado o sólo los recordamos muy vaga­mente, tenemos miedo de que esos hechos trau­máticos tengan lugar en el futuro.
Aun así, Elizabeth se sentía triste porque sólo habíamos encontrado a su madre en un remoto recuerdo de la infancia. La búsqueda debía con­tinuar.
La historia de Elizabeth es fascinante. La de Pedro también. Pero sus casos no son los únicos. Muchos de mis pacientes padecen una profunda aflicción, miedos y fobias, y su vida amorosa es un fracaso. Muchos de ellos encuentran a su amor perdido en otro tiempo y otro lugar. Mu­chos otros consiguen aliviar su dolor recordan­do vidas pasadas y experimentando estados espi­rituales.
Algunas de las personas que se han sometido a la terapia de regresión son famosas. Otras son gente corriente con un pasado apasionante. Sus experiencias son un reflejo de los temas univer­sales expresados en el revelador viaje de Pedro y Elizabeth a medida que se aproximaban a la en­crucijada de sus destinos.
Todos seguimos el mismo camino.
En noviembre de 1992 viajé a Nueva York con el fin de someter a una terapia de regresión a Joan Rivers, para su programa de televisión. Ha­bíamos quedado en que grabaríamos la sesión en la habitación de un hotel unos días antes de que se retransmitiera el programa en directo. Joan llegó tarde porque el periodista de radio Ho­ward Stern, su invitado especial en el programa de aquel día, la había entretenido. Joan, que ve­nía del plató, no estaba demasiado relajada. To­davía llevaba el maquillaje que le habían hecho para el programa, iba enjoyada y lucía un jersey rojo muy bonito.

Antes de iniciar la sesión, me contó que últi­mamente estaba muy afligida por la muerte de su madre y de su marido. Se sentó en un sillón de felpa estampado de color beige. Estaba tensa. Las cámaras empezaron a grabar lo que iba ser una escena extraordinaria.
Joan se arrellanó en el sillón y dejó que su mentón reposara ligeramente sobre la palma de su mano. Su respiración se tranquilizó y entró en un estado de hipnosis profunda. «El trance que alcancé era muy intenso», afirmó más tarde. Iniciamos la regresión, el viaje hacia el pasa­do. Su primera parada se produjo a la edad de cuatro años. Recordaba un día muy agobiante en su casa porque su abuela había venido a visitar­les. Joan la veía con una claridad total.

-Llevo un vestido a cuadros, calcetines blan­cos y unas sandalias Mary Jane.

Continuamos indagando en un pasado más remoto. Era 1835 y Joan vivía en Inglaterra. Per­tenecía a la nobleza.
-Tengo el pelo muy oscuro. Soy alta y del­gada -dijo.
Tenía tres hijos.
-Veo con mucha claridad que uno de ellos es mi madre -añadió.
-¿Cómo sabes que es ella? -le pregunté.
-Simplemente lo sé. Es ella -contestó con firmeza.
No reconoció a su marido, al igual que ella al­to y delgado, como una persona presente en su vida actual.

-Lleva un sombrero de copa de piel de castor -dijo, concentrada-. Va bien vestido. Estamos paseando por un gran parque lleno de jardines.
Joan empezó a llorar y dijo que quería aban­donar aquella vida. Uno de sus hijos se estaba muriendo.
-¡Es ella! -dijo sollozando, refiriéndose a la hija a la que había reconocido como su madre en la vida actual-. ¡Qué desgracia! ¡Es terrible­mente triste! -añadió.
Nos adentramos todavía más en sus vidas pa­sadas hasta remontamos al siglo XVIII.
-Es el año mil setecientos y algo… Soy un hombre. Soy granjero -dijo sorprendida por el cambio de sexo.

Esta vida parecía más dichosa. -Soy muy buen granjero porque amo la tie­rra profundamente -explicó.
Joan, en su vida actual, adora trabajar en su jardín, la relaja y con esa actividad descansa de su estresante vida profesional en la televisión.

La desperté con suavidad. Su aflicción ya ha­bía empezado a aliviarse. Descubrió que su ama­da madre, que en 1835 fue su hija pequeña en In­glaterra, había sido una de sus almas gemelas a través de los siglos. Aunque ahora estaban otra vez separadas, Joan sabía que volverían a reunir­se, en otro tiempo y en otro lugar.
Elizabeth, que no sabía nada de la experiencia de Joan, vino a verme buscando una cura similar. ¿ Encontraría ella también a su querida madre?
Mientras tanto, en la misma consulta y en el mismo sillón, separado de Elizabeth por el insig­nificante lapso de tres días, otro drama se estaba desarrollando.

Pedro sufría mucho. Su vida era un valle de lágrimas, de secretos sin compartir y de deseos ocultos. El momento del encuentro más signifi­cativo de toda su vida se iba acercando, silencio­samente pero con rapidez. .
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