LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS cap- VI


LAZOS DE AMOR – BRIAN WEISS
cap- VI
Creo que cuando alguien muere su alma regresa a la tierra, engalanada con algún nuevo disfraz  humano;otra madre le trae al mundo.
Con miembros más robustos y un cerebro más brillante  la vieja alma emprende de nuevo su camino.
 JOHN MASEFIELD

Una semana más tarde Pedro acudió a mi consulta por segunda vez. El dolor seguía ator­mentándole. La tristeza le impedía disfrutar de los placeres más simples y no le dejaba dormir. Me empezó a contar un extraño sueño que se le había repetido dos veces en la .última semana.
-Mientras soñaba, de repente se me apareció  una mujer mayor -me explicó.
-¿ La reconociste? -le pregunté.
-No -contestó rápidamente-. Tenía entre sesenta y setenta años. Llevaba un traje blanco precioso, pero no parecía feliz. En su cara se re­flejaba la angustia. Se acercó a mí y empezó a re­petir lo mismo una y otra vez.
-¿Qué te decía?
-«Dale la mano… dale la mano. Ya verás. Al­cánzala. Dale la mano.» Esto es lo que decía- me explicó Pedro.
-¿Que le dieras la mano a quién?
-No lo sé. Solamente decía: «Dale la mano.» -¿ Pasaba algo más en tu sueño?
-No. Pero recuerdo que llevaba una pluma blanca en la mano.
-¿Qué significa? -le pregunté.
-Tú eres el médico -me recordó.
Sí, pensé. Yo soy el médico. Sabía que los símbolos pueden representar casi cualquier cosa, dependiendo de las experiencias de la persona que sueña, de los arquetipos universales descri­tos por Carl Jung o de los famosos símbolos de Sigmund Freud. Sin embargo, este sueño no me parecía freudiano.
Debido a su comentario («Tú eres el médi­co») y a su implícita necesidad de respuesta con­testé con sinceridad:
-No estoy seguro. Podría significar muchas cosas distintas. La pluma blanca puede simboli­zar la paz, un estado espiritual y bastantes otras cosas. Tendremos que analizar el sueño -añadí, postergando la interpretación para el futuro.
-Volví a soñar lo mismo ayer por la noche- dijo Pedro.
-¿ y salía la misma mujer?
-La misma mujer, las mismas palabras y la misma pluma -me aclaró-. «Dale la mano… dale la mano. Alcánzala. Dale la mano.»
-Tal vez obtengamos una respuesta con las regresiones -le sugerí-. ¿ Estás preparado?
Pedro asintió y pusimos manos a la obra. Yo ya sabía que él era capaz de alcanzar un profun­do estado hipnótico, porque había examinado sus ojos previamente.
La capacidad de poner en blanco los ojos al mirar hacia arriba, como intentando verse la co­ronilla, y parpadear lentamente mientras los ojos siguen mirando hacia arriba está muy relaciona­da con la capacidad de llegar a un estado hipnóti­co profundo. Calculo la cantidad de blanco del ojo o esclerótica que asoma cuando la córnea lle­ga a su punto más alto. También examino cuánta parte blanca se ve a medida que los párpados se van cerrando. Cuanto más visible es la escleróti­ca, más profundo es el estado hipnótico al que la persona puede llegar.
Al examinar los ojos de Pedro advertí que lo único que podía verse era una pequeñísima parte del contorno inferior del iris, la parte coloreada del ojo. Mientras parpadeaba, el iris no cambiaba de posición. Pedro era capaz de alcanzar un pro­. fundo estado de trance.
Me sorprendí un poco al comprobar que le costaba relajarse. Como la prueba de la escleróti­ca era muy fiable para medir la capacidad física de relajarse intensamente y de llegar a estados hipnóticos profundos, me di cuenta de que su mente estaba interfiriendo en el proceso. Algu­nos pacientes que están acostumbrados a con­trolado todo, al principio se muestran reticentes a abandonarse.
-Simplemente relájate -le aconsejé-. No importa lo que te venga a la mente. No te preo­cupes si hoy no tienes ninguna experiencia. Es cuestión de práctica -añadí tratando de elimi­nar la tensión que sentía. Yo sabía que estaba de­sesperado por encontrar a su hermano.
Mientras yo hablaba, Pedro se iba apaciguan­do hasta que empezó a entrar en un estado de trance cada vez más profundo. Su respiración se calmó y se le aflojaron los músculos. Parecía que se hundía cada vez más en el sillón abatible. Sus ojos, bajo los párpados cerrados, empezaron a visualizar imágenes. Poco a poco, lo fui llevando hacia atrás en el tiempo.
-Para empezar, recuerda la última vez que comiste realmente bien. Utiliza todos tus senti­dos. Recuérdalo todo: quién estaba contigo, qué sentías -le indiqué.
Lo consiguió pero recordaba varias comidas en lugar de sólo una. Todavía estaba tratando de mantener el control.
-Intenta relajarte más -insistí-. La hipno­sis sólo es un estado de profunda concentración. No perderás el control. Siempre mandarás en la situación. Todas las hipnosis son autohipnosis- añadí.
Su respiración era cada vez más profunda. -No vas a perder el control-le repetí-. Si en algún momento te sientes inquieto mientras tienes un recuerdo o una experiencia, trata de flotar por encima de la escena y de distanciar­te de ella, como si vieras una película. También puedes abandonar por completo el recuerdo y trasladarte a cualquier otro sitio. Imagina una playa, tu casa u otro lugar en el que te sientas se­guro. Si estás muy intranquilo, incluso puedes abrir los ojos y despertarte, y habrás regresado aquí otra vez, si así lo deseas.
»Esto no es Star Trek -añadí-. No tienes que seguir ningún rumbo predeterminado. Se trata sólo de evocaciones, de simples recuerdos, es como si recordaras una buena comida. Tú mandas en la situación -le repetí.
_Finalmente se dejó llevar. Volvió a su infancia y en su rostro se dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
-Veo perros y caballos en la granja-dijo. Su familia tenía una hacienda no muy lejos de la ciudad a la que iban durante las vacaciones y los fines de semana.
Veía a toda su familia reunida. Su hermano es­taba vivo, rebosante de alegría y de vitalidad. Permanecí en silencio durante unos segundos y dejé que Pedro disfrutara de sus recuerdos de la niñez.
-¿ Estás preparado para retroceder todavía más? -le pregunté.
-Sí.
-Perfecto. Vamos a ver si puedes recordar algún acontecimiento de una vida pasada -dije.
Empecé la cuenta atrás de cinco a uno, y Pe­dro se visualizó atravesando la inmensa puerta del pasado, para entrar en otro espacio, en otro tiempo, en una vida anterior.
Nada más llegar al número uno advertí que parpadeaba con inquietud.
De repente, se asustó. Empezó a sollozar.
-Es horrible… espantoso! -dijo jadean­do-. Los han matado… están todos muertos.
Había restos de cadáveres esparcidos por to­das partes. Un incendio había destrozado todo el pueblo, con sus extrañas tiendas de campaña cir­culares. Sólo una de ellas estaba intacta, y se le­vantaba de un modo incongruente en la periferia de aquella matanza y destrucción. En aquel día soleado de invierno, el viento agitaba violenta­mente las banderas de colores y unas grandes plumas blancas hincadas en las tiendas.
Mataron a los caballos, las vacas y los bueyes. Al parecer, nadie había sobrevivido a aquella ma­sacre. Los «cobardes» del este eran los responsa­bles de la tragedia.
-Ni murallas ni jefes militares los protege­rán de mí -juró Pedro.
Ya llegaría la hora de la venganza, pero en ese momento se sentía desesperado, aturdido, deso­lado. .
Con los años he aprendido que la gente, en su primera regresión, suele evocar los aconteci­mientos más traumáticos de una vida anterior. Esto sucede porque las emociones ligadas al trauma quedan registradas en su psique con tan­ta fuerza que el alma las arrastra a futuras encarnaciones.
Yo quería saber más. ¿Qué había ocurrido an­tes de aquella horrible experiencia? ¿ Y qué ocu­rrió después?
-Intenta retroceder todavía más en esta vida -insistí-. Regresa a tiempos más felices. ¿ Re­cuerdas algo?
-Hay muchas viviendas… tiendas. Somos un pueblo poderoso -contestó-. Me siento feliz aquí.
Pedro describió un pueblo nómada de caza­dores y ganaderos. Sus padres eran los jefes y él era un corpulento y experto cazador y jinete.
-Los caballos son muy veloces. Son peque­ños y tienen grandes colas -dijo.
Estaba casado con la mujer más bella de su pueblo. Con ella había jugado .de pequeño y siempre la había deseado, desde que tuvo uso de razón. Podía haberse casado con la hija del jefe vecino, pero prefirió casarse por amor.
-¿Cuál es el nombre de esa región? -le pre­gunté.
-Creo que se llama Mongolia –contestó dubitativo.
Yo sabía que Mongolia probablemente se lla­maba de otro modo en los tiempos en que Pedro vivió allí. Además, hablaban una lengua muy di­ferente. Entonces, ¿ cómo era posible que Pedro conociera el nombre de Mongolia en aquel tiem­po? Como estaba recordando, su mente actual filtraba sus recuerdos.

El proceso es parecido al hecho de ver una película. La mente actual es absolutamente cons­ciente, observa y hace comentarios, compara a los personajes y temas de la película con los de su vida. El paciente es el espectador de la película, su crítico y su protagonista al mismo tiempo.
Puede emplear sus conocimientos de historial y geografía actuales para datar y localizar los luga­res y acontecimientos, y puede permanecer en un estado hipnótico profundo a lo largo de toda la película.
Pedro recordaba perfectamente la Mongolia que existió hace muchos siglos. Sin embargo, ha­blaba inglés y respondía a mis preguntas a medi­da que iba recordando.
-¿ Sabes cómo te llamas?
-No, no me acuerdo -dijo de nuevo titu­beante.
No recordó mucho más. Tenía un hijo, y su nacimiento fue una gran alegría no sólo para él y su mujer, sino también para sus padres y el resto de su pueblo. Los padres de su mujer habían muerto varios años antes de que se casaran, por lo que ella no sólo era una esposa para él sino también una hija para sus suegros.

Pedro estaba exhausto. No quería volver al pueblo devastado para enfrentarse una vez más a lo que quedaba de aquella vida hecha pedazos. Así que le desperté.
Cuando el recuerdo de una vida anterior es traumático y rebosa de emociones, puede ser muy útil regresar por segunda vez a aquel mo­mento, e incluso una tercera vez. En cada uno de los retornos la emoción negativa se va suavizan­do y el paciente recuerda con más precisión.
Puede emplear sus conocimientos de historia’ y geografía actuales para datar y localizar los luga­res y acontecimientos, y puede permanecer en un estado hipnótico profundo a lo largo de toda la película.
Pedro recordaba perfectamente la Mongolia que existió hace muchos siglos. Sin embargo, ha­blaba inglés y respondía a mis preguntas a medi­da que iba recordando.
-¿ Sabes cómo te llamas?
-No, no me acuerdo -dijo de nuevo titu­beante.

No recordó mucho más. Tenía un hijo, y su nacimiento fue una gran alegría no sólo para él y su mujer, sino también para sus padres y el resto de su pueblo. Los padres de su mujer habían muerto varios años antes de que se casaran, por lo que ella no sólo era una esposa para él sino también una hija para sus suegros.
Pedro estaba exhausto. No quería volver al pueblo devastado para enfrentarse una vez más a lo que quedaba de aquella vida hecha pedazos. Así que le desperté. .
Cuando el recuerdo de una vida anterior es traumático y rebosa de emociones, puede ser muy útil regresar por segunda vez a aquel mo­mento, e incluso una tercera vez. En cada uno de los retornos la emoción negativa se va suavizan­do y el paciente recuerda con más precisión.

También aprende más, ya que los bloqueos emo­cionales y las confusiones disminuyen. Yo sabía que Pedro tenía más cosas que aprender de aque­lla vida pasada.
Él pensaba quedarse aún dos o tres meses más para resolver sus asuntos personales de negocios en Miami.

Todavía teníamos mucho tiempo para investigar meticulosamente aquella vida que pa­só en Mongolia. También disponíamos de tiem­po para explorar otras vidas. Aún no habíamos encontrado a su hermano. Pero sí que había des­cubierto una serie de devastadoras pérdidas: su amada esposa, su hijo, sus padres y toda su co­munidad.

¿ Le estaba ayudando o lo apesadumbraba ca­da vez más? Sólo el tiempo podría decido.
En uno de mis seminarios una participante me explicó una historia maravillosa.
Desde que era pequeña, si dejaba su mano colgando a un lado de la cama, otra mano cogía la suya y le calmaba afectuosamente la angustia por muy intensa que fuera. A menudo, cuando sin darse cuenta suspendía la mano a un lado de la cama y se sorprendía al percibir que otra mano asía la suya, la retiraba de un modo reflejo y de esta forma se rompía la unión.

Siempre sabía cuándo alargar la mano para sentirse reconfortada. Evidentemente, no había nadie debajo de su cama.
Iba creciendo, y la mano permanecía a su la­do. Se casó, pero nunca le contó esta experiencia a su marido, porque pensaba que la consideraría muy infantil.

Cuando se quedó embarazada por primera vez, la mano desapareció. Echaba mucho de me­nos aquella compañía tan afectuosa y leal. Ya no tenía una mano que cogiera la suya de un modo tan tierno y reconfortante.

Nació su bebé, una hermosa niña. Poco des­pués de su nacimiento, una noche que estaban juntas en la cama, la niña cogió la mano de su madre. De repente, su mente y su cuerpo reco­nocieron aquel sentimiento tan familiar y pro­fundo. Su protector había vuelto.
Lloró de alegría y sintió una oleada de amor y una conexión que ella sabía que iba mucho más allá del ámbito físico.

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